Una votante rellena este martes su papeleta de voto en su Centro de Votación del Condado de Fairfax en Fairfax, Virginia
Los candidatos importan. Y el precio de las cosas también
La magnitud de la victoria se entiende mejor con un poco de perspectiva histórica
A las 0:00 de la costa este (6 am en España), la Cámara de Representantes y el Senado ya son demócratas. Me confundí. Creí que los republicanos mantendrían el control del Senado. Nunca esperé que perdieran estados como Carolina del Sur, Kansas u Ohio.
Las proyecciones de NBC, CNN, Bloomberg y Decision Desk sitúan a los demócratas con una mayoría cómoda, probablemente por encima de los 240 escaños y en algunos modelos cerca de los 250. El Senado, que parecía el muro republicano, se está abriendo con una sucesión de vuelcos. Ohio, Kansas, Texas y Carolina del Sur, junto a Carolina del Norte, están entregando el control de la cámara alta a los demócratas. The Economist proyecta ya 51 escaños demócratas con varios vuelcos confirmados.
La magnitud de la victoria se entiende mejor con un poco de perspectiva histórica. En 2010, Obama sufrió una derrota demoledora: los republicanos ganaron 63 escaños en la Cámara y se quedaron con el control del Congreso, y sumaron seis en el Senado, aunque los demócratas retuvieron la mayoría. En 2014, el partido del presidente volvió a perder terreno y perdió el Senado. Trump, en su primer midterm de 2018, perdió unos cuarenta escaños en la Cámara y el control de esa Cámara, aunque retuvo el Senado. La noche de 2026 se parece más a 2010 en la Cámara y supera a Biden y a 2018 en el Senado: no solo se pierde la Cámara con una mayoría sustancial, sino que se entregan escaños en estados que Trump ganó por márgenes amplios en 2024. No es una corrección ordinaria. Es un castigo serio. Y las encuestas a pie de urna indican que la raíz del vuelvo está concentrada en el bolsillo.
La elección de los candidatos
Ken Paxton no era un candidato cualquiera. Era el fiscal general de Texas, el hombre que personificaba la línea más dura del trumpismo en el Estado. James Talarico, pastor y legislador estatal sin el bagaje de los grandes nombres demócratas, le está ganando con márgenes que en Tarrant County (el condado que Trump ganó por cinco puntos en 2024) se acercan a los veinte puntos. Tarrant no es Austin. Es el corazón del cinturón conservador del área Dallas-Fort Worth. Allí los demócratas no solo están ganando el Senado; también barren cargos locales que llevaban décadas en manos republicanas.
En Carolina del Sur ocurre algo parecido. Lindsey Graham murió en julio. Su hermana Darline, nombrada para ocupar el escaño y respaldada personalmente por Trump en varios mitines, ha perdido ante Annie Andrews, una pediatra sin experiencia política. El Estado votó a Trump por casi dieciocho puntos en 2024. Andrews no es una estrella nacional. Es una candidata competente que ha hablado de costes sanitarios y de corrupción. La combinación de un candidato republicano débil y un electorado cansado ha bastado.
Kansas y Ohio confirman el patrón. En Kansas, el pastor metodista Adam Hamilton ha derrotado al senador Roger Marshall. El Estado no elegía un demócrata al Senado desde 1932; Trump lo ganó por más de dieciséis puntos en 2024. Hamilton no es un radical de las costas. Es un pastor de la mayor congregación metodista del país que ha capitalizado el malestar con el precio de la gasolina y el coste de la vida. En Ohio, Sherrod Brown, que perdió su escaño en 2024, regresa al
Senado tras derrotar a Jon Husted, el hombre nombrado para sustituir a J.D. Vance. Brown vuelve porque el electorado de un Estado que Trump ganó por más de diez puntos ha decidido que el precio de las cosas pesa más que la lealtad partidaria.
Michigan ofrece el contrapunto necesario. Abdul El-Sayed, candidato claramente situado a la izquierda del partido, mantiene el escaño abierto por la retirada de Gary Peters frente a Mike Rogers. Aquí el electorado no castiga solo a los candidatos débiles del trumpismo; también acepta a un demócrata más progresista cuando el tema dominante es el bolsillo. No es lo mismo que en Texas o Kansas, y conviene no mezclarlo.
En Maine, la carrera entre Susan Collins y Troy Jackson sigue abierta. Collins, la republicana que lleva décadas distanciándose del trumpismo puro y que representa el único escaño del partido en un Estado que Harris ganó en 2024, mantiene su historial de superar a su partido, pero con poco más del 40 % escrutado, el resultado no está decidido. No se puede ser tajante. Lo que sí se ve es que el electorado que castiga el estilo bombástico de Trump no castiga, en la misma medida, a quien se ha mantenido al margen de él. Los candidatos importan, y la distancia respecto al presidente también.
El voto latino
El voto latino añade un matiz que convendría no ignorar. El supuesto castigo al partido de Trump parece haber sido real en el mundo chicano: en Texas, en el suroeste y en los condados con fuerte presencia mexicana-americana, los márgenes de 2024 se han estrechado o invertido de forma clara. Tarrant es solo el ejemplo más visible. En cambio, entre las comunidades cubanas y sudamericanas —especialmente en el sur de Florida— el movimiento ha sido más contenido. Allí el voto republicano se sostiene mejor, menos permeable al malestar económico que en el resto del electorado hispano. No es un bloque monolítico. El precio de las cosas mueve más a unos que a otros.
Trump recoge velas
Trump lo ha dicho él mismo esta noche: «No estaba en la papeleta, y si lo hubiera estado, habríamos ganado por goleada». La frase es más reveladora de lo que parece. Durante la campaña pidió a sus votantes que «fingieran» que sí estaba. El resultado sugiere que una parte importante de su coalición no quiso fingir. Los más leales se quedaron en casa. Los moderados cambiaron de bando o, en Maine, optaron por la disidente.
Las encuestas de salida lo confirman. La aprobación de Trump ronda el 38 %, la más baja de un presidente en un midterm en décadas. El coste de la vida y la inflación son el primer problema para una mayoría amplia; la mayoría de esos votantes culpa a sus políticas. Entre los latinos, el precio de la gasolina, la comida y la vivienda domina con claridad sobre cualquier otro tema. No es un rechazo abstracto a «los republicanos». Es un rechazo concreto al bolsillo que se asigna a esta administración y al estilo insufrible del monstruo naranja.
Los encuestadores se salvan
Los encuestadores parecen haber aprendido la lección de 2016, 2020 y 2024. En años presidenciales con Trump en la papeleta, subestimaron sistemáticamente su apoyo. En las midterms, el error ha sido mucho menor. Los modelos que apuntaban a una mayoría demócrata clara en la Cámara y a un Senado competitivo o incluso demócrata no se han estrellado contra una ola oculta de votantes trumpistas.
Consecuencias inmediatas
Nada de esto significa que los demócratas hayan recuperado la iniciativa política. Si entienden la victoria como un rechazo al precio de las cosas y a las formas de Trump, tienen una oportunidad real en 2028. Si la leen como una validación de su giro a la izquierda y de la agenda de los socialistas demócratas, especialmente cuando un candidato como El-Sayed gana en Michigan, estarán poniendo la alfombra a J.D. Vance o a Marco Rubio.
El electorado que ha castigado a Paxton, a Marshall y a Graham no ha votado por una transformación radical del país. Ha votado contra el dolor de codos y contra las formas histrionicas de la administración. Saber entender la victoria puede ser más importante para el partido demócrata que para los republicanos. Estos últimos llegan al 2028 con una tabula rasa, dado que el trumpismo será un mero mosquito en el retrovisor. A los demócratas, los electores los juzgarán por su conducta en los próximos dos años. Si se dejan llevar por el ala extrema del partido, pagarán las consecuencias.