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AnálisisInocencio Arias

Trump goleado

Los pocos americanos con los que he hablado esta noche –muchos están ya en la cama–, se frotan los ojos ante la inusitada e infrecuente situación del país. Una oposición que domina las dos cámaras legislativas y que viene con ganas de gresca antitrumpista

Carteles de campaña, incluyendo uno con la imagen del presidente estadounidense Donald Trump y el representante Byron Donalds, en FloridaAFP

Hacia las 11 de la noche de Nueva York, 5 de la mañana en España y tres horas después de que se cerraran los colegios electorales de Estados Unidos, Donald Trump recibía el primer y decisivo gol, el Partido Republicano perdía la mayoría en la Casa de Representantes que se renovaba por completo este primer martes de noviembre. Se intuía que recibiría más goles en esta velada.

Veinte minutos más tarde, vino el segundo golpe definitivo. Los candidatos demócratas, el partido de la oposición , ganaban las elecciones al Senado en las dos Carolinas, luego otra victoria apoteósica e insólita en Texas, con lo cual ya empataban en la Cámara Alta con el partido de Trump y, antes de la medianoche, conseguían otros goles para el senado en Iowa y Kansas. Los republicanos, que hasta hoy poseían la mayoría en las dos cámaras legislativas, pasan a ser la minoría lo que crea una situación comprometedora, explosiva con Trump para gobernar.

Es muy probable –es medianoche en Estados Unidos donde me encuentro–, que entren más tantos, Maine, Minnesota, Míchigan, con un candidato demócrata musulmán que irrita especialmente al presidente. En resumen, el país vive una revolución en su Congreso que no se veía aquí desde hace bastantes años aunque no sea raro que haya un presidente del Gobierno con una las dos cámaras controladas por la oposición. Ahora serán las dos.

Las razones del terremoto son diversas: el aumento del coste de la vida especialmente de la gasolina. El americano medio resiste cualquier privación, pero la subida de la gasolina le subleva especialmente, la guerra de Irán que, como otros conflictos en los que ha entrado Estados Unidos, son soportados con resignación e incluso aprobación hasta que el ciudadano se percata de que esa guerra no tiene salida visible, entonces crece brutalmente el rechazo. Por otra parte, una porción –no despreciable de la población– se ha vuelto contra Trump , incluido un porcentaje de sus votantes. En cierto sentido, estas elecciones legislativas se han caracterizado por haber votado en contra de algo más que a favor de algo.

Los candidatos republicanos, por otra parte, no han sido especialmente brillantes. Trump, que ha llamado hace unos minutos a la cadena que lo mima la Fox y ha dado una larga entrevista telefónica, ha aludido a estas carencias de sus correligionarios, se ha desmarcado de ellos ostensiblemente y ha ocultado que alguno de los que se han dado un batacazo, como el texano Ken Paxton barrido por el demócrata James Talarico, habían sido impuestos por el propio Trump en detrimento de un candidato mejor.

El presidente ha dado una entrevista resignada, pero como siempre triunfalista, él no se presentaba, si lo hubiera hecho el resultado sería diferente. Posee un balance inigualable, ha sellado la frontera y ya no se cuelan los miles de «delincuentes» que lo hacían antes de su llegada al poder, y ha dado una lección a los iraníes que estaban «a dos semanas» de conseguir el arma nuclear, la economía estadounidense va como un bólido (este hombre imita a Sánchez o Sánchez a él, porque se parecen un disparate) y se compara con la situación económica en Europa que es «un desastre».

Acaba, hace minutos, de terminar diciendo que él puede colaborar con las dos cámaras demócratas, pero que si se empeñan en aprobar tonterías, por ejemplo, que los transexuales masculinos puedan participar en pruebas atléticas femeninas, o en tomar medidas de dudosa legitimidad, ¿tratar de inhabilitarlo?, él dispone de algo maravilloso que se llama el veto. No vacilara en aplicarlo, ha remachado, hasta que la oposición entre en razón.

No ha hablado de Ucrania, ni de Rusia ni de China, temas que han estado ausentes de la campaña electoral. Por supuesto que ha ignorado que él llegó al poder diciendo que iba a abaratar la vida y a terminar con las guerras de Estados Unidos. Ha fallado en los dos cosas aunque ahora subraya que la gente no ha entendido que la carestía de la gasolina era breve y coyuntural, que pronto vendría la bajada de precios y la felicidad. No lo han creído.

Los pocos americanos con los que he hablado esta noche – muchos están ya en la cama–, se frotan los ojos ante la inusitada e infrecuente situación del país. Una oposición que domina las dos cámaras legislativas y que viene con ganas de gresca antitrumpista por los excesos del líder de la nación y un presidente que se puede volver peligroso antes de perder el poder (no sé a quién me recuerda). Muchos se hacen cruces con que Elon Musk haya donado 474 millones de dólares para la campaña republicana, no exagero las cifras con los pobres resultados que describo. Los comentaristas de varias televisiones apuntan a que los jóvenes y los hispanos, estos son holgadamente la minoría más numerosa en el país, han inclinado la balanza.

Ahora surgen las incógnitas. ¿Reanudará Trump la guerra con Irán que ahora sería más devastadora ? ¿Seguirá dando la razón al invasor Vladimir Putin y ninguneando a la víctima, Volodimir Zelenski, al que se complace en humillar porque el ucraniano se niega rendirse para que el fatuo de Trump pueda pregonar que ha terminado otra guerra? ¿Seguirá insultando a sus aliados europeos dado que acaba de manifestar en su perorata en la tele que Groenlandia es suya? Lamentablemente es capaz de cualquiera de esas cosas y es dudoso que la derrota de esta madrugada lo calme.