Lionel Jospin
Lionel Jospin (1937-2026)
Una izquierda íntegra
Psicológicamente rígido y de gran exigencia ética, gobernó de forma razonable, si bien no pudo impedir que Jean-Marie Le Pen le arrebatase la plaza en la segunda vuelta de las presidenciales de 2002
El 17 de abril de 2002, el reportero televisivo John Paul Lepers se atrevió a preguntar –a diferencia de los principales columnistas y editorialistas galos– a Lionel Jospin, primer ministro en ejercicio y candidato socialista a la elección presidencial, qué actitud adoptaría si no se clasificaba para la segunda vuelta. Respuesta, tras una sonora carcajada: «Tengo una imaginación normal, pero atemperada por la razón». Insiste Lepers: «¿Imposible, por lo tanto?». Réplica, un tanto incómoda de Jospin: «Imposible, no; pero me parece poco verosímil, si le parece podemos pasar a la siguiente pregunta».
Lionel Jospin
Ex primer ministro francés
Protestante ateo según sus propias palabras, alumno de la Escuela Nacional de Administración, trotskista en los sesenta, fue parlamentario de 1981 a 1997, líder socialista desde 1981 a 1986 y de 1995 a 1997, ministro de Educación desde 1988 a 1992 y primer ministro desde 1997 a 2002.
Cinco días después, Jospin, favorito durante la campaña, quedaba apeado de la segunda vuelta: en contra de todos los pronósticos –empezando por los demoscópicos–, el presidente del Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen, le sacaba 200.000 votos. Sería él quien terminaría enfrentándose a Jacques Chirac en la segunda vuelta. Un terremoto en la historia de la V República.
Las primeras culpas recayeron en los candidatos (Jean-Pierre Chevènement, Christiane Taubira o el comunista Robert Hue) por haber fragmentado el voto de la izquierda. Era verdad en clave estrictamente aritmética. Sin embargo, Jospin, en los dos meses de campaña, cometió tres errores garrafales. El primero, durante una conversación informal con periodistas, fue tildar a Chirac de candidato «desgastado, envejecido y cansado». Un comentario que se le volvió en su contra. El segundo: ignorar la creciente preocupación de los franceses por el repunte de la criminalidad. El tercero: haber dicho que su proyecto presidencial no era socialista.
Un desperdicio político si se tiene en cuenta que su balance tras un lustro al frente del Gobierno, desde una perspectiva de centro izquierda, era globalmente aceptable: aprobación de las 35 horas –pese a que la medida ha terminado lastrando a la productividad–, creación de 700.000 empleos para jóvenes, institución de una unión civil de parejas –pero no «matrimonio» homosexual– y, en materia institucional, la aprobación del mandato presidencial de cinco años. También medidas económicamente más liberales, como la privatización de alrededor de un millar de empresas públicas.
Un conjunto de iniciativas llevadas a cabo bajo el concepto de izquierda plural, o, dicho de otra manera, en nombre de una alianza «rosa, roja y verde» que llegó al poder en junio de 1997 a raíz de la disolución de la Asamblea Nacional –la más inoportuna hasta la promovida por Emmanuel Macron en 2024– decretada por Chirac. La izquierda según Jospin –que regía los destinos de su Gobierno con autoridad natural– nunca pretendió asemejarse a la 'Tercera Vía' que practicaban simultáneamente Tony Blair y Gerhard Schröder en sus respectivos países, sino que hizo lo posible por preservar cierta tradición intervencionista.
De ahí que, cuando tras el anuncio por parte de Michelin de la supresión de 7.500 empleos, Jospin declarase que «el Estado no lo podía todo», ese arrebato de sinceridad causara estragos en su base electoral, con inevitables consecuencias en la elección presidencial de 2002.
Este acontecimiento significó el final de una trayectoria iniciada en el trotskismo –una incómoda militancia que se vio obligado a reconocer en 2001– cuando ya era diplomático de carrera y que fue abandonando paulatinamente hasta adherirse al Partido Socialista (PS). François Mitterrand le incorporó a mediados de los setenta a su 'guardia pretoriana' de treintañeros y cuarentañeros –Pierre Joxe, Laurent Fabius, Louis Mermaz, Jacques Attali o Michel Charasse–, encargada de diseñar el asalto al poder. En 1981, el nuevo presidente le cedió su puesto como líder del PS. Todo funcionaba según lo previsto hasta que Mitterrand nombró primer ministro a Fabius.
Desde ese momento se desató una enconada rivalidad entre ambos que emponzoñó el segundo mandato del viejo mandatario, que optó por Fabius. Tanto este último como Jospin quedaron desprestigiados por la lucha fratricida. Mas Jospin, ministro de Educación entre 1988 y 1992 –periodo en que se deterioraron irremisiblemente sus relaciones con Mitterrand, principalmente por los escándalos del Elíseo–, tuvo la habilidad de apartarse de la primera línea –y del fango– y de resurgir cual Ave Fénix de cara a las presidenciales de 1995 cuando Jacques Delors, en un acto de cobardía política, se negó a ser candidato.