Alejandro Royo-Villanova
Alejandro Royo-Villanova (1941-2026)
Generosidad es la palabra que mejor le define
Despedimos a un hombre íntegro, culto y profundamente bueno. Nos quedan sus enseñanzas, su ejemplo y la inmensa gratitud de haber compartido la vida con alguien que entendió el éxito no como un reconocimiento personal, sino como la oportunidad de servir, proteger y acompañar a los demás
Alejandro Royo-Villanova Payá
Empresario y político
Entre 1977 y 1986 representó a Valladolid en las Cortes Generales, primero como senador y después como diputado. fue durante más de medio siglo presidente del periódico «El Norte de Castilla». Estuvo al frente de Sociedad General Azucarera de España. Estaba en posesión de la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica.
Despedimos con la tristeza egoísta de no volver a disfrutar en vida de Alejandro Royo-Villanova Payá, pero le despedimos también con la alegría eterna de su legado. Nació un 7 de abril de 1941, en un Madrid profundamente marcado por los asedios de la Guerra Civil, una ciudad herida que quería reconstruirse de entre la escasez. El esfuerzo, la precariedad y el sentido de la responsabilidad marcaron aquella generación y también a Alejandro.
Los valores y especialmente la lealtad que aprendió en su infancia siempre le acompañarían. Y así lo demostró como jurista y servidor público, ejerciendo de senador durante los primeros años de la Transición, con una visión dialogante y reformista. Ese mismo espíritu de superación ante las adversidades, sin renunciar nunca al sentido de la justicia, lo demostró durante más de medio siglo como presidente y miembro del consejo de administración de El Norte de Castilla, periódico del que fue gran custodio. Su compromiso con Valladolid y con Castilla y León fue constante, pero siempre desde la discreción y la humildad que sólo tienen las grandes personas. Sus innumerables discursos tenían un punto en común, las instituciones y los medios de comunicación debían estar al servicio de la sociedad.
Sus padres, Don Segismundo y Doña Guillermina, fueron siempre su estandarte y ejemplo, y también eso supo transmitir a las generaciones venideras; el amor incondicional por la familia y los amigos. La generosidad que aprendió de sus padres es la palabra que mejor le define. Generoso en los consejos que impartía con su propio ejemplo, convencido de que la mejor autoridad es la que nace de la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Escuchaba antes de hablar, con su mirada de interés, aunque quizá fuera banal lo que atendía. Sabía enseñar sin alarde de sabiduría, aun siendo culto entre los cultos. Inculcaba el amor por la lectura, la inquietud para abordar lo desconocido y el hábito de pensar con libertad.
Generoso en el tiempo, que, aun ocupado, tenía para quien lo necesitara. Generoso en el sentido más amplio de la palabra, porque la generosidad era su forma natural de vivir. La paz y la tranquilidad que transmitía eran oxígeno generador de armonía.
Deportista incansable y arqueólogo subacuático junto a los hermanos Espín, cuyos descubrimientos en la costa cartagenera, contribuyeron a la creación del Patronato de Excavaciones Arqueológicas Submarinas de Cartagena. Muchas de las piezas que hallaron pueden verse en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática de la ciudad. Tenía devoción por su querido Cabo de Palos.
Viudo de Mercedes Almagro, con quien tuvo dos hijos, Segismundo y Alejandro y casado en segundas nupcias con Leticia Cortés, con quien tendría tres hijos, Guillermo, Mariana y Leticia, fue Alejandro un padre pendiente, pero también divertido y disfrutón. Refugio para sus cinco hijos, cuatro hermanos, diecisiete sobrinos y cientos de amigos. Su afecto nunca fue ostentoso, pero sí profundo y permanente. Apoyo constante y referente familiar. Siempre supimos que estabas ahí, y siempre estarás ahí, porque crecimos aprendiendo el valor de la fortaleza serena. Tu mayor grandeza es, y será, que hiciste mejores personas a todos quienes tuvieron la suerte de tratarte.
Despedimos a un hombre íntegro, culto y profundamente bueno. Nos quedan sus enseñanzas, su ejemplo y la inmensa gratitud de haber compartido la vida con alguien que entendió el éxito no como un reconocimiento personal, sino como la oportunidad de servir, proteger y acompañar a los demás.
Ése será su legado más valioso y el recuerdo que permanecerá para siempre en quienes tuvimos el privilegio de quererle.
Descansa en paz, querido tío Alejandro.