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Carlos OrtizCEU

Carlos Ortiz (1983-2026)

Un hombre bueno y un magnífico profesional

Los peldaños grandes que escalaba Carlos son los de la humanidad, la entrega, la vocación, el servicio desde un liderazgo natural, el no perder de vista al otro y el cuidado de las personas y de las causas

Nació en Madrid el 18 de mayo de 1983 y falleció en la tragedia ferroviaria de Urda (Toledo) el 28 de octubre de 2026

Carlos Ortiz Sanchidrián

Era licenciado en Filología Hispánica. En la actualidad, era director del Área de Colegios CEU. Compaginaba esta responsabilidad con su labor como director de colegio, profesor universitario y con la dirección del Máster Universitario en Formación del Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato de la Universidad CEU San Pablo.

Todavía desde la conmoción escribo estas líneas que ni de lejos lograrán reflejar quién ha sido Carlos Ortiz Sanchidrián y lo que para tantos supone su pérdida.

Hemos perdido a un hombre bueno. En los tiempos que corren solo eso es ya decir mucho. Pero esa bondad de Carlos es solo el primer escalón de una escalera que sube hasta el cielo y que él iba recorriendo peldaño a peldaño.

Director del Colegio CEU San Pablo Sanchinarro y director del área de colegios del CEU, yo le conocí cuando él era un profesor de ese colegio y yo madre de tres alumnos que en sus aulas aprendían a crecer.

Carlos era un magnífico profesional, que contaba en su haber los títulos que acreditaban su capacitación para las tareas que se le iban encomendando, y los años en los que había ido ocupando, poco a poco, mayores responsabilidades que le habían llevado a esa dirección del área de colegios del CEU. Y eso es otro peldaño. Que no es fácil. Y con todo, es un peldaño pequeñito.

Porque los peldaños grandes que escalaba Carlos son los de la humanidad, la entrega, la vocación, el servicio desde un liderazgo natural, el no perder de vista al otro y el cuidado de las personas y de las causas.

Para Carlos Ortiz su trabajo no era un desarrollo profesional, sino una auténtica vocación. Soy testigo privilegiado de la ayuda humana, del apoyo a tantos alumnos, familias, profesores y personas que han pasado por el colegio y que hoy nos hacen llegar sus testimonios agradecidos por lo que Carlos había hecho por ellos.

Propagandista también por convicción y por vocación, estaba convencido de que nuestra tarea, allí donde Dios nos pone, es llevar las almas a Cristo. Que la presencia en la vida pública se desarrolla desde muchos ámbitos. Y que el colegio era un lugar privilegiado para ello. Tantas conversaciones, tantos proyectos, tantas acciones. Que se hacen patentes en toda la labor que ha desarrollado el colegio, y los colegios del CEU como obras de la Asociación Católica de Propagandistas.

Su celo apostólico se hacía perfectamente compatible con el cuidado de las personas. Siempre atento y sabiendo qué palabra decir y qué gesto tener. Lo cual no hacía que su carácter disminuyera. Mayor mérito, porque sabía como encauzarlo para ser firme sin ser autoritario, comprensivo sin ser condescendiente, batallador sin ser hostil.

Carlos desbordaba pasión. Pasión por los suyos, pero con un corazón tan grande que los suyos eran tantos… En primer lugar, su familia. Y en ella Mónica en un lugar absolutamente destacado. Y con todo, tantas veces se dolía de que le faltaba tiempo para ella.

Pero los dos, codo con codo, corazón con corazón, habían hecho que el colegio (profesores, alumnos, personal, APA...) también fuera su familia. Con sus éxitos, sus penas, sus alegrías. Porque solo con Mónica compartiendo con él, podía desarrollar su tarea. Creo que el mejor ejemplo lo vivimos el jueves pasado en la vigilia de oración por Carlos y por las víctimas del accidente. Era imposible que cupiera más gente en aquella capilla, en la que todos queríamos rezar donde tantas veces habíamos rezado con Carlos.

En ella, junto al Santísimo, la imagen de la Virgen nos abrazaba a todos, porque Carlos era profundamente mariano. Y en esos brazos abiertos de la Virgen, donde él acudía tantas veces, nos refugiábamos todos, buscando consuelo en el dolor.

Pasión por sus alumnos en la Universidad, con quien compartía consejos, inquietudes, proyectos, más allá del contenido de la asignatura, son otra muestra de los frutos que es capaz de dar una vida en la que domina la entrega a los demás.

Y pasión por las grandes causas. Hoy me escriben directores de otras instituciones, responsables de la marcha por la vida (donde hizo tanto sin ningún protagonismo), personalidades del mundo educativo y de diversas instituciones donde él colaboraba, para mostrar su afecto, su dolor, su gratitud.

Estos son los escalones que subía Carlos. Porque creo que, con san Pablo, podemos decir de él que era el siervo bueno y fiel, y que ha corrido su carrera, ha llegado a la meta, ha conservado la fe. Nada mejor.

Doloridos, y al mismo tiempo agradecidos, damos gracias a Dios por Carlos. Y pedimos porque, alejando otros sentimientos, en esa gratitud Dios nos conforte, como siempre le confortaba a él.