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20 de abril de 2024

Un mundo felizJaume Vives

Cosas grandes

No seremos reconocidos por nadie, pero en la intimidad de la oración viviremos el amor infinito del Creador que nos ama a cada uno de nosotros personalmente

Actualizada 01:41

Decía el otro día en Misa el sacerdote que si ponemos nuestra alegría en las cosas pequeñas, las tristezas serán muy grandes. ¡Y cuánta razón tenía! Toda la homilía fue una preciosa reflexión sobre la alegría cristiana, intentando descubrir de dónde nacía. Lanzó una batería de preguntas que resonaban en los corazones de los que escuchábamos. Eran de esas preguntas que a uno le obligan a mirar dentro con algo de miedo. No porque la pregunta sea incómoda, sino porque la respuesta es lo que puede incomodarnos.
«¿Qué te alegra? ¿Qué te entristece?». En esas dos preguntas podrían resumirse todas las demás que nos hizo. Y estas dos preguntas son suficientes para descubrir qué tipo de vida llevamos. ¿Me alegra la fama, el dinero, el éxito o la salud? ¿Me entristezco cuando pierdo todo lo anterior? Decía el sacerdote que el que encuentra la alegría cristiana puede perder la salud pero no por eso perderá la alegría. El que vive verdaderamente alegre no necesita tampoco amasar grandes cantidades de dinero para conservar la alegría. Ni siquiera necesita amasar pequeñas cantidades de dinero. Podría incluso no cobrar más de 800 euros al mes. Su alegría sería la misma.
Podría ser también alguien completamente irrelevante, como decía el otro día David Cerdá en un precioso artículo publicado en La Iberia, y seguiría estando alegre. Y es que la alegría cristiana no es una alegría de carcajadas. No es una euforia que llega hoy para desaparecer mañana. La alegría cristiana es una corriente de fondo, como el río que no cesa, que discreto sortea los obstáculos de la montaña para llegar al mar, su destino. En algunos puntos el río hace mucho ruido, pero en la mayor parte del trayecto solo se oye de fondo. Sabes que está, y su ruido es agradable, pero no es protagonista.
La alegría cristiana la tiene aquel que pone su corazón en cosas grandes. ¿Y qué hay más grande que Dios? Y es que cuando uno pone su corazón en cosas grandes, las tristezas que vienen son pequeñas. Nos faltará la salud, como a Jordi Sabaté, pero nuestro corazón será un manantial del que brota una alegría incomprensible a ojos del mundo. Nos faltará el dinero como a tantas familias numerosas que conozco, pero el corazón no nos cabrá en el pecho viendo a tantos hijos de Dios corretear por el salón. No seremos reconocidos por nadie, pero en la intimidad de la oración viviremos el amor infinito del Creador que nos ama a cada uno de nosotros personalmente.
Si ponemos nuestro corazón en cosas grandes, las tristezas, que vendrán seguro, más pronto que tarde, nos harán derramar lágrimas, pero incluso esas lágrimas ayudarán a hacer crecer el caudal del río, que seguirá bajando tranquilamente, sorteando piedras y obstáculos, hasta su destino final, el mar, que curiosamente en el horizonte se funde con el cielo.
Y en eso consiste la alegría cristiana: en empezar a disfrutar en esta vida de los placeres celestiales.
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