26 de septiembre de 2022

Cosas que pasanAlfonso Ussía

Guapo

Un hombre o una mujer pueden gustar a cualquiera. Lo malo es que les guste un cualquiera, que es el caso de la portavoz del Gobierno.

Días llevo luchando contra mi ímpetu. Hoy me rindo. Tiene mucha razón Isabel Rodríguez García, ministra de Política Territorial y portavoz del Gobierno, cuando afirma, sin titubeos, que su Pedro Sánchez «es guapo y hay gente a la que le molesta eso». No me incluya entre esa gente, preciosa mía. Estoy feliz de tener un presidente del Gobierno guapo, no como Cánovas, Sagasta, Dato, Suárez, Calvo Sotelo, González, Aznar, Rajoy o Zapatero. Ya era hora. Los ingleses terminaron hasta las cocochas de Churchill, por feo y gordo, los alemanes de Adenauer, por más de lo mismo, y los italianos proclamaron la República porque el Rey Víctor Manuel era muy bajito. Los españoles somos sumisos y en un alto porcentaje, imbéciles –yo, el primero de los silenciosos y de los imbéciles– y nos conformamos con tener a otro imbécil de presidente del Gobierno gracias a su guapeza, su guapura o su guapidad, es decir, la cualidad de ser guapo. No discuto a la enamorada ministra la belleza de su Pedro. Para una sapa lo más hermoso que existe sobre la tierra es un sapo. En cuestiones de gustos no existen fronteras. Decía mi amigo y maestro Santiago Amón que la mayor desgracia de un español era la de ser alto y tener pinta de hortera. Si yo fuera mujer, que todavía no lo soy hasta que me convenga transferirme al sexo femenino para pagar la factura de la luz, jamás le pediría un beso a Pedro Sánchez. Se le nota, brota de su piel, un origen de baja estofa. De mí, como hombre, jamás se dijo que soy guapo, pero sí muy atractivo. No tanto como Don Mendo que, camuflado de trovador, consigue que todas las mujeres se pirren por él. Magdalena, la Duquesa de Toro, la Reina Berenguela, la mora Azofaifa, y hasta la marquesa de Tarrasa, que al verlo no puede reprimir su emoción poética.
¡Qué preciós, Mare de Deu!
Non vi doncel mes hermós,
Ni en Sitges, ni en Palamós,
Ni en San Feliú, ni en Manlléu!
La guapura, guapeza y guapidad de Don Mendo terminan por cansar al propio guapo.
Estoy por tirarle un lapo.
¡Ay, infeliz del varón
Que nace, cual yo, tan guapo!
Sin olvidar al malvado Don Juan Tenorio, que seduce a doña Inés con la ayuda de Ciutti, su criado italiano –el gran seductor– y de Brígida, la dueña. Previamente, Tenorio se lo había pasado de cine mudo, como le confiesa a su rival y víctima, don Luis Mejía.
De la princesa Real
A la hija de un pescador,
Ha recorrido mi amor
Toda la escala social.
A Don Mendo, a Tenorio, a Don Juan de Austria les gustaba lo difícil. Al guapo Sánchez, lo fácil, y eso está demostrado, como a Espartaco Santoni, que en paz descanse. «Lo mejor de Espartaco haciendo el amor era cuando dejaba de hacerlo. Se apoderaba de él un profundo sueño y dejaba de decir cursilerías venezolanas, como 'mi princesa' o 'mi jaguara'», me confesó una de sus chicas. Sánchez, de ser guapo, es más guapo Santoni que guapo Mountbatten, el último Virrey de la India asesinado por el IRA, que atontaba con su atractivo personal. Sánchez no es guapo de monumento o estatua. A lo más, de figura de porcelana de Lladró. Pero es cierto que gusta mucho a sus chicas, la Batet, la Rodríguez, la Díaz, la Lastra y la Villacastín. Kennedy se ajustaba unas gafas de sol Ray-Ban y era un presidente con unas Ray-Ban. Lo hace Sánchez y sale un hortera desprestigiando la marca de las gafas. La belleza está en el atractivo, no en el molde. Sánchez podría ser confundido por su asesor jefe de seguridad.
«¿A quién protege usted?»; «a Sánchez»; «Y ¿cómo se llama usted?», «Sánchez».
En mi infancia donostiarra había un chulopiragua que remaba desde Ondarreta a Santa Clara y vuelta, y era idéntico a Sánchez. De cuando en cuando descansaba de bogar, contemplaba con arrobo sus hombros bronceados y retornaba al uso del remo después de encremarse con la soltura de los profesionales chulosplaya y chulospiragua, que eran seis, más o menos.
Pero los gustos son respetables. Un hombre o una mujer pueden gustar a cualquiera. Lo malo es que les guste un cualquiera, que es el caso de la portavoz del Gobierno.
Pues eso.
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