28 de septiembre de 2022

Cosas que pasanAlfonso Ussía

El Rey, cojonudo

Con sólo un gesto, el Rey Felipe VI ha vuelto a poner de acuerdo a todos los españoles que se sienten orgullosos de serlo, y que, aunque silenciosos, somos abrumadora mayoría

Repito el título del texto. El Rey, cojonudo.
El artículo en El Debate de Ramón Pérez-Maura, inmejorable. Pocos conocen como él a Colombia y los colombianos. Meses atrás, donó al Museo Naval de Cartagena de Indias la réplica de las dos pistolas que el almirante inglés derrotado Vernon, regalo a su vencedor, don Blas de Lezo, en señal de gratitud por el buen trato recibido durante su cautiverio. Las originales, donadas por el descendiente de Lezo, el actual marqués de Tabalosos, se exponen en el Museo Naval de Madrid, dirigido en la actualidad por un almirante ejemplar, don Marcial Gamboa.
El paseíto de la presumible espada de Simón Bolívar no estaba previsto en el programa. Simón Bolívar no fue sólo un asesino inmisericorde. Fue un traidor a España. Y el Rey de España no puede incorporarse al paso de la espada de un traidor a España. Por otra parte, hay más espadas originales de Simón Bolívar que bacalaos en Terranova. Ramón nos muestra sus pasos. Esa espada de Bolívar fue robada en 1974 por el grupo terrorista al que perteneció el presidente entrante. Y llegó a manos de Fidel Castro, que se la entregó al jefe del M-19 Antonio Navarro Wolf, el cual se la devolvió al entonces presidente de Colombia, César Gaviria. De no existir dudas sobre su originalidad, Fidel Castro no habría procedido a su obsequio. Y también hay espadas originales del sanguinario traidor en Venezuela. Los partidarios del criollo tendrían que haber aprendido de los vendedores de «banderillas con sangre de toro» que vendían como rosquillas a los turistas cuando finalizaban las corridas. Se lidiaban seis toros, se ponían 18 pares de banderillas, y se vendían doscientas parejas de garapullos y rehiletes con pintura roja de sangre de toro en sus puntas. Propongo a Petro que instale una cadena de tiendas de «souvenirs» en las que se ofrezcan «espadas originales de Simón Bolívar». Se puede forrar más que con la cocaína.
Se han enfadado con el Rey los homínidos de siempre. Iglesias, la Belarra, los separatistas y, muy probablemente, Pilar Rahola y su sobrina Neus. Pasó la espada atribuida a Bolívar ante la tribuna de autoridades y el Rey se mantuvo sentado. El Rey de España, como buen militar, desprecia a los traidores. Y un Rey de España no puede incorporarse con respeto al paso de un cachivache que presumiblemente perteneció a un traidor. El Rey representaba a España, y España se mantuvo con su trasero sobre la silla. Estoy seguro de que, en Abu Dabi, el Rey alejado también ovacionó a su hijo. Lo más divertido que aconteció después del gran gesto del Rey ante la grosería de Petro fue la imposición de la Gran Cruz de San Carlos al ministro Albares, Napoleonchu, que ha posado feliz con su nueva condecoración. Los diplomáticos conceden gran importancia a esas distinciones alejadas del mérito y ceñidas al protocolo. Pero la banda o cinta de la Gran Cruz de San Carlos que le impusieron a Napoleonchu no había sido previamente acondicionada a la estructura corporal del condecorado, y le llegaba a sus zonas íntimas anteriores, perdiendo con ello prestancia y seriedad.
Con sólo un gesto, el Rey Felipe VI ha vuelto a poner de acuerdo a todos los españoles que se sienten orgullosos de serlo, y que, aunque silenciosos, somos abrumadora mayoría. Un objeto no es una bandera. Y menos aún si el objeto en cuestión está sujeto a toda suerte de interpretaciones en lo que respecta a su valor original. He leído en las redes la propuesta de un internauta de elevar a símbolos del Estado la Tizona del Cid, y las espadas de Hernán Cortés y Don Juan de Austria. Es de esperar que sigan donde están para ser admiradas sin la cursilería de la veneración indigenista.
Bravo por el Rey. Decía César González Ruano que un artículo es como una morcilla. Bien atado al principio, nutrido en su interior, y bien atado al final. De ahí que proceda a su fin tal como lo titulé e inicié.
El Rey, cojonudo.
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