08 de febrero de 2023

Pecados capitalesMayte Alcaraz

Kirchner e Irene, tal para cual

La ministra nefanda del 'solo sí es sí' tiene un motivo añadido para admirar a Cristina: ambas han llegado al poder por vía marital

Como periodista uno tiene la oportunidad de conocer a personas extraordinarias, privilegio que agradece; pero este curro tiene también una cara b, que consiste en cruzarte con personajes abyectos, que las naciones vomitan más frecuentemente de lo aconsejable. Es el caso de Cristina Fernández de Kirchner. La conocí hace nueve años en Roma, con motivo del cónclave que eligió al Papa Francisco. Fui enviada allí para cubrir el momento histórico de la retirada de Benedicto XVI, al que sucedió el argentino Bergoglio, que fue felicitado in situ por la entonces presidenta de su país.
Lo recuerdo bien: decenas de periodistas internacionales tuvimos que esperar dos horas sentados en el suelo en una salita del hotel cinco estrellas gran lujo donde la peronista se alojaba. La demora no se debió a que la reunión con el Papa se hubiera alargado ni a problemas de tráfico sino a que la señora presidenta… decidió echarse más kilos de maquillaje al rostro, acicalarse de nuevo y descansar del duro trabajo de saludar al Pontífice. Los periodistas europeos y norteamericanos hicimos un intento de plante que en seguida fue boicoteado por los profesionales argentinos, que intentaron convencernos de que su presidenta tenía la potestad de hacernos esperar cuanto quisiera. El populismo y sus corifeos son así. Aquí también hay un auténtico orfeón de compañeros defendiendo lo indefendible en las tertulias. Por eso, cada vez estamos más cerca de los regímenes bolivarianos.
La dirigente argentina no contestó ni a una sola de las preguntas comprometidas que quisimos hacerle. Cada vez que lo intentábamos, sentados en la alfombra como si fuéramos sus súbditos, nos miraba con ganas de sacarnos los ojos, y sus servicios de prensa nos retiraban el micrófono. Marca de la casa. Entonces solo lo intuíamos, pero ese día ya era una gran aficionada a quedarse con dinero público, como lo había hecho su marido. Por eso ha sido condenada a seis años de prisión e inhabilitación perpetua. Todavía le esperan más tormentos judiciales: con chóferes escribiendo en cuadernos el dinero que recibían de mordidas, lavado de fondos y hasta negociaciones con Irán. Una joyita esta criatura.
Pero como todos los de su cuerda, esta líder de la izquierda sudamericana ha arremetido para desviar la atención de la corrupción contra la justicia, a la que considera facha y antidemocrática. Otra como Pedro Castillo (del que los podemitas dijeron que era una brizna de esperanza), el presidente peruano que acaba de intentar dar un autogolpe para perpetuarse en el poder: los de esta ralea vacían las arcas públicas, engañan a los electores con promesas falsas de igualdad e intentan acabar con la democracia para quedarse a vivir en el Gobierno. Con esos mimbres, en España había de tener un partido hermano, que no podía ser otro que Podemos. Pablo Iglesias, Irene Montero e Ione Belarra se han apresurado a insultar a la justicia argentina como hacen con la nuestra, con la especial circunstancia de que las dos últimas lo hacen desde el Gobierno de España en lo que es una intromisión clara en la política de otro país. La ministra nefanda del 'solo sí es sí' tiene un motivo añadido para admirar a Cristina: ambas han llegado al poder por vía marital. Bueno dos motivos: la señora de Kirchner y la señora de Iglesias tienen la misma mala educación, prepotencia e indigencia intelectual. Tal para cual.
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