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19 de abril de 2024

Enrique García-Máiquez

Hay que explicarse

Las lenguas, que son herramientas de comunicación y de creación, pueden convertirse en instrumentos ciegos de poder

Actualizada 01:20

El uso en el Congreso de las múltiples lenguas españolas que se hablan en distintas regiones nos alarma instintivamente. Sentimos un reparo automático a la propuesta que ahora ha hecho Yolanda Díaz. La intención de este artículo es dar las razones de esa resistencia subconsciente y demostrar que son más profundas y fundadas de lo que a primera vista pudiera parecernos.
A primera vista nos parece una cesión más de un Ejecutivo claudicante dispuesto a bailar la conga para que Sánchez siga en su Falcon y en su colchón monclovita. Percibimos la burla a una institución tan axial del Reino de España como es su presidencia de Gobierno, que se saca en almoneda y se negocia en un zoco. Ahí estaremos casi todos de acuerdo, incluyendo a un buen puñado de votantes del PSOE, que viven en una doble realidad.
Mucho más instintivamente, porque hay quien se ha olvidado ya del barón de Montesquieu tras el entierro que le organizó Alfonso Guerra, hay otro motivo de incomodidad. La separación de poderes brilla por su más absoluta ausencia. Se negocia el reglamento interno de las Cortes desde la dirección de los partidos políticos para conseguir hacerse con el Ejecutivo. (Del Judicial también hablarán.)
Hay más: un desprecio intencionado a los que no hablamos las múltiples lenguas. Las Cortes son la sede de la soberanía nacional y tenemos, por fortuna y riqueza cultural, un buen puñado de lenguas españolas, pero sólo una que se habla y se tiene el derecho (ay) y el deber (ay) de hablar por todos. No usar en el Congreso en esa lengua común es burlar a la institución. Incluso aunque uno saliese elegido diputado por Cádiz, una vez en las Cortes, representa a toda la soberanía nacional.
Hay mucho más. La medida es un signo del desplazamiento del centro de gravedad de nuestra democracia. Ha dejado de ser importante qué se dice, lo que se responde y, en consecuencia, a qué acuerdos se llega. Para esos entendimientos hay que hablar en un idioma donde la comunicación fluya mucho y bien. Ahora ha dejado de importar que nadie entienda a nadie. Lo que vale es el conteo de los votos que se negocian a la espalda de la luz y los taquígrafos (supongo que a partir de ahora también plurilingües). La incomodidad de nuestro instinto quizá no captó al principio lo que esto significa; pero, una vez visto, su gravedad se percibe inmediatamente. Como sociedad vamos renunciando –paso a paso– a hacernos entender y a tratar de entender al otro. Se pretende imponer y punto. La violencia latente –que ojalá no estalle nunca– es, en todo caso, palpable.
Y todavía hay más, aunque ya parezca mentira. Las lenguas, que son herramientas de comunicación y de creación, pueden convertirse en instrumentos ciegos de poder. El otro día me contaba un amigo que trabaja en el Derecho Internacional Público que lo fácil es hablar en inglés, pero la orden es que si los francesas se emperran en hablar en francés, los representantes de España lo hagan en español por no ser menos. Naturalmente, en un ámbito de política internacional, lo entiendo y admiro la batalla quijotesca que los franceses dan para que su idioma no se quede atrás. Y cualquier gesto para defender nuestro hermoso y potente idioma español es oportuno. Pero obsérvese que esta dinámica brutal de rivalidad extrema y desconfianza mutua de las relaciones internacionales más tensas, justo ésa, es la que se incorpora al organismo supremo del diálogo entre los españoles, sede de la soberanía del pueblo español.
Este artículo habrá cumplido su misión si entendemos mucho mejor por qué nos sentimos personalmente agraviados cada vez que Yolanda Díaz o cualquiera haga el gesto fenicio de ofrecer un Congreso donde cada cual hable como le plazca. No se trata de un gesto menor ni simbólico ni amable de estos urdidores de los pactos absurdos.
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