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14 de abril de 2024

Enrique García-Máiquez

Ius suum cuique tribuendi

Me pregunto por qué nuestros políticos embarran tanto el juego usando las leyes para su beneficio y para ganarse el favor de otros

Actualizada 01:30

En invierno me siento Henry David Thoreau en la soledad de los bosques. Me olvido que tengo vecinos. En parte porque no los tengo, ya que vienen sólo de verano en verano y, en parte, porque salimos menos afuera y no escucho a los que también son aborígenes. Éstos, además de aborígenes, son abuelos, y en verano llenan su casa de nietos. Ahora leo en el jardín, a la sombra, y oigo perfectamente las conversaciones de los chicos que gritan a seis metros.
No me quejo. Lo disfruto. Están jugando un buen puñado de primos de varias edades a algo con un balón entre un laberinto de macetas (ay, la abuela) y bajo un complicado sistema de puntación. En realidad, no juegan al balón, a poco que uno ponga el oído, sino al Derecho. Están creando las normas de un nuevo deporte. Es probable que no tenga mucho porvenir, pero el goce creativo de la norma lo están viviendo intensamente. Quizá yo, que podría haber formado parte del Poder Legislativo tras las elecciones, donde me presenté al honorable Senado, esté más sensibilizado, lo reconozco, pero es bellísimo ver (¡oír!) cómo la Justicia se encarna en unas normas jurídicas, con su exposición de motivos, sus sesiones deliberativas y hasta su código penal.
No todo es melancolía. A finales de mes tengo que hablar de una novela juvenil maravillosa, que les recomiendo vivamente: Los muchachos de la calle Pal, del húngaro Ferenc Molnar. En ella se ve hasta qué punto son naturales en los muchachos el heroísmo, el patriotismo, la virtud… y también el gusto exacerbado por las normas jurídicas y los reglamentos, los usos y las costumbres.
Mis vecinos de temporada deben de tener entre 8 años y 15, quizá. Se nota en las voces y en los argumentos. Santo Tomás de Aquino estaría contento con ellos porque no usan la fuerza para imponer una norma, sino la racionalidad y la prudencia. Ni a los primos más fuertes cuando van perdiendo se les pasa por la cabeza dar un golpe de estado. Se trata de que el juego sea más divertido, más equilibrado y más emocionante. Van cambiando las normas sobre la marcha, pero rige el principio de irretroactividad. Una nueva norma no cambia la puntuación conseguida con la norma anterior. Si alguno argumenta que la nueva disposición le perjudica particularmente, se quedan callados, sopesan y o le explican que realmente no es así o anulan la norma discriminatoria.
Si hay un atisbo de conflicto entre dos contendientes, tampoco dejan que lo resuelva la fuerza bruta o la votación mayoritaria, sino que estudian el caso, y resuelven, jurisprudentes, muy sesudos. Es fácil imaginar que así se afinarían los reglamentos del fútbol o del baloncesto o del rugby en los patios de los colegios de antaño. Por momentos, el deporte en sí parece secundario, un pretexto para el regodeo en la labor legislativa; aunque a medida que se logra un buen reglamento, el juego gana protagonismo.
Me pregunto por qué nuestros políticos, sin embargo, embarran tanto el juego, usan las leyes para su beneficio y para ganarse el favor de otros, malvendiéndolas a plazos, sin preocuparse por la justicia ni por la seguridad jurídica ni por el bien común. ¿Por qué se olvidan enseguida de los principios generales del Derecho y del marco general de convivencia? Aquél que dijo que teníamos que ser como niños, todo lo hizo y lo dijo bien. No daba puntada sin hilo. Mejores políticos y legisladores tendríamos si fuesen como niños.
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