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19 de abril de 2024

VertebralMariona Gumpert

España, mujer maltratada

¿Qué tiene que pasar para que diga «Hasta aquí hemos llegado»?

Actualizada 01:30

Imagino que a ustedes, como a media España, les llegan memes y clips de vídeo al móvil. Hace unos días me enviaron uno de una política española que hacía una solicitud a la presidenta de la mesa (no me pregunten de cuál ni de qué zona, porque no he podido averiguarlo). Comentaba la señora que a todos sus compañeros –incluyendo ella, presupongo– se les escapan comentarios fuera de micrófono, observaciones que suelen versar sobre política. Le parecía bien y natural el asunto. A continuación, a nuestra protagonista comenzó a quebrársele la voz: uno de sus compañeros se había extralimitado al hablar off the record. No es que no se limitara a hablar sobre asuntos profesionales, no; cruzó todos los límites, perdió todo el decoro: se refirió a ella de una forma que, de sólo recordarlo e informar a su presidente sobre el asunto, se le quebró la voz, sus lagrimales amenazaban con desbordarse.
«Señora presidenta, le quiero rogar al señor de [inserte aquí partido político] que se abstenga de hacer comentarios que nos violentan a las mujeres». Tal y como narraba la cosa, cómo le afectaba en lo más profundo de su ser, me imaginé al señor en cuestión como un despojo humano escupiendo algo así como «la boba ésta, mucho mostrar pechamen, mucha melena rubia, pero es más tonta que un cercau. Y en su casa no tie’n botijo. Está ahí por cupo femenino». O «va a ser difícil debatir con esta mujerzuela, se le ve la cara de zorra implacable a tres kilómetros». En esas circunstancias me reiría si fuera yo la señora en cuestión. Le metería más caña a mi dialéctica, Cicerón y sus catilinarias se quedarían en regañina de guardería a mi lado. Pero ésa soy yo. Entiendo que a otras mujeres pueda llegar a molestarles según qué comentarios, sobre todo los referidos al cupo femenino.
El político mencionado, el supuesto hijo de un chacal, respondió sorprendido. Profundamente sorprendido. No diré «alucinando en colores» porque me pagan por parecer ilustrada y docta en el uso de la palabra. Teniendo en cuenta que su compañera estaba a punto de derrumbarse esperé que el estupefacto señor dijera algo así como «A ver, que sólo he comentado que si no estuviera casado le pediría el teléfono a esta buena moza, que está de muy buen ver». Mi gozo en un pozo ante la diversión que parecía avecinarse. El señor protestó «¡Pero si sólo me he referido a ella como la chavala ésa!». Ahí ya no supe qué pensar: o hemos perdido una grandísima actriz o la doña estaba afectada sinceramente en lo más profundo de su ser.
No insistiré en cómo este atajo de pobres almas en desgracia hace flaco favor a las auténticas víctimas de machismo y de violencia de género. Esto es tan viejo como la historia de Pedro y el lobo: al final, cuando tenemos a las verdaderas víctimas delante no se las toma en serio. Entre otras cosas porque no se entiende la psicología y circunstancias que hay detrás. «¿Por qué no abandonan al marido, si las maltrata?» Quien dice esto no ha conocido una víctima en su vida. No hablo sólo de la casuística familiar y económica, hay que tener en cuenta también que suele haber un proceso de violencia psicológica previo que hace que la mujer (u hombre) maltratados resulten ciegos a lo que a los demás nos parece obvio.
La mitad de España –su ciudadanía más bien– es una mezcla entre estos dos tipos de víctima. Son la primera cuando ejercen la ley del embudo: ancho para mí, estrecho para los demás. Los políticos y gente de la no-progresía tienen que andar con pies de plomo: cualquier cosa que digan o hagan será utilizada en su contra. Son la segunda porque han perdido por completo el norte, aguantan carros y carretas de sus dirigentes porque son de izquierdas, son su marido, el que la quiere de verdad, aunque tenga sus cosillas. Y ahora díganme qué tiene que pasar para que este tipo de mujer maltratada se indigne con la víctima de pacotilla, la que insiste en este papel porque le conviene y, por tanto, es el auténtico agresor. ¿Qué tiene que pasar para que diga «Hasta aquí hemos llegado»?
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