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16 de junio de 2024

Agua de timónCarmen Martínez Castro

Reconciliación «manu militari»

Esta amnistía es tan antidemocrática como aquellas famosas leyes de desconexión que aprobó el Parlamento de Cataluña en 2017

Actualizada 01:30

Apenas habían transcurrido unos minutos desde que Félix Bolaños pusiera el patio del Congreso perdido de almíbar, autobombo y mentiras sobre la amnistía, cuando Miriam Nogueras sacó la manguera y volvió a poner las cosas en orden. Donde Bolaños había hecho un canto a la convivencia, la comercial de Puigdemont en Madrid se recreó en sus amenazas a los jueces. Si Bolaños presumía de diálogo, Nogueras dejó claro que estamos ante el enésimo pago de un chantaje interminable. Otra infranqueable línea roja del PSOE ha pasado a adornar la sala de trofeos del fugado Puigdemont; así luce de orondo y satisfecho.

El primer día del gozoso advenimiento de la Era de la Reconciliación ha resultado ser diáfano para todos. La ley aun no ha sido aprobada pero ya está dando sus primeros frutos en forma de acoso a la justicia y regreso del independentismo al origen del procés. Ya estamos hablando de pacto fiscal y de autodeterminación y esto no hecho más que empezar. Auguro que la aprobación de la ley en pleno dentro de unos días va a constituir todo un festival de ataques al poder judicial y de nuevas extorsiones a Pedro Sánchez. Ya nos lo adelantó el senador Cleríes con la habitual empatía que se gasta el independentismo: «Esto es la reconciliación y a quien no le guste, que se aguante».

El principal debate que nos plantea la amnistía no es de contenido legislativo sino de fundamentos democráticos. Como explica el famoso, manoseado y tergiversado borrador de la Comisión de Venecia, el problema de esta amnistía no reside tanto en el qué sino el cómo. Acaso el argumento de la reconciliación pudiera ser admisible pero solo si hubiera ido acompañado de un amplísimo acuerdo social plasmado en una tramitación escrupulosa, con mayorías reforzadas y de forma preferente, en una reforma constitucional previa. Sin esas condiciones el «edificio de convivencia», del que habló el cursi de Bolaños, se viene abajo con estrépito y solo queda en pie el famoso muro de Sánchez.

Los atropellos que se han sucedido en la redacción de esta ley demuestran mejor que el propio contenido del texto su carácter ajeno a los principios del Estado de Derecho. Se ha mentido hasta el aburrimiento, se ha hurtado el debate sosegado y se han evitado los informes de los órganos consultivos en un asunto de tantísima trascendencia. Se han acelerado los trámites y retorcido los reglamentos de forma obscena; el texto se ha ido modificando a medida de las urgencias procesales de Puigdemont y todo se negociado a oscuras, lejos del parlamento. Así no se tramita una ley de reconciliación; así se pagan los chantajes y se mercadea con la impunidad.

Esta amnistía es tan antidemocrática como aquellas famosas leyes de desconexión que aprobó el Parlamento de Cataluña en 2017. Los socialistas, que entonces sufrieron los abusos de una mayoría independentista, hoy encabezan este obsceno atropello a la separación de poderes y a la voluntad de la gran mayoría de españoles. Además, esta felonía solo es un aperitivo de lo que les espera. Ya veo a Conde-Pumpido, a todos los dirigentes socialistas y al equipo de opinión sincronizada haciendo nuevas prácticas de contorsionismo para descubrir que los siete votos de Puigdemont también hacen constitucional la autodeterminación.

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