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16 de junio de 2024

El astrolabioBieito Rubido

A Sánchez lo castigará su arrogancia

Sánchez sufre lo que los clásicos griegos llamaban hibris: la desmesura del orgullo y de la arrogancia. Que tenga cuidado, los vientos del pueblo soplan en muchas direcciones, no solo en la suya

Actualizada 01:30

Si Sánchez hubiese querido irse, ya lo hubiese hecho el miércoles pasado. Lo escribió Borges con su perspicacia habitual, «él que dice que se va, ya se fue». No es el caso del ocupante de la Moncloa, quien a pesar de haber perdido las elecciones retorció el tapete del juego político y nos trajo hasta el desorden que padecemos. Ojalá que me equivoque –porque España saldría ganando– pero mucho me temo que se quedará y no será para nada bueno. Lo que no sabe, o no quiere saber, es que su ya accidentado mandato puede acabar todavía mucho peor. Si Pedro Sánchez se queda, le auguro un final dramático. No precisamente el que él esperaba para pasar a la historia.

Sánchez sufre lo que los clásicos griegos llamaban hibris: la desmesura del orgullo y de la arrogancia. Dejaron escritos los sabios de hace más de cinco mil años que «aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco». Es algo que se ha dado con mucha frecuencia en la historia: la vida coloca a los mortales en su sitio y Sánchez es un mortal lleno de carencias, la mayor de las cuales es su pésima relación con la realidad. Su catálogo de limitaciones es enorme y el lector informado las conoce con detalle. Permítanme, sin embargo, poner el acento en una de ellas: como buen narcisista, cree que la culpa siempre es de los demás, nunca de él. Lo de su mujer es censurable desde todo punto de vista e impropio de una democracia avanzada y de calidad. Él nunca lo reconocerá.

¿En qué puede consistir su caída en los infiernos de la hibris?: escuchar todos los cantos de sirena que desde el jueves le han sonado, incluidas las más groseras adulaciones y las más antidemocráticas proposiciones, y abordar desde el Gobierno un plan para maniatar a jueces y periodistas y cargarse, por tanto, lo poco que queda de democracia y libertad en España. Ese será el peor de sus días, ya que detrás de ese desvarío vendrá su fulminante final por los rayos de la ciudadanía, los tribunales, los medios y el concierto internacional que está comprometido con la democracia.

Que tenga cuidado Sánchez, los vientos del pueblo soplan en muchas direcciones, no solo en la suya, a pesar de las raquíticas manifestaciones de ayer y de anteayer. Su final puede ser digno, si se va hoy, o dramático, si se va, «o lo van», más adelante.

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