Ábalos, Monedero, Errejón y otros chicos del montón
Los mismos que legislan contra todos se guardan el comodín del prostíbulo y el manoseo y miran para otro lado
Más de 1.400 delincuentes sexuales de verdad se han beneficiado de la «Ley Montero», que es a la defensa de las mujeres lo que la «Ley Begoña» a la ejemplaridad: un engendro infame destinado a promocionar o proteger a sus patrocinadores, nacido de ese populismo tan sanchista que busca prosperar generando enfrentamientos artificiales y sobrevivir concediéndose inviolabilidad.
Pero Luis Rubiales ha sido condenado tras una feroz campaña destinada a desviar la atención de los efectos deplorables de una ley impulsada por Podemos y tolerada por el PSOE, que castiga a horteras y auxiliar violadores con la misma impudicia que impulsa a Sánchez a legislar contra jueces y periodistas cuando pillan con el carrito de los helados a su esposa, a su hermano y a sus colaboradores más estrechos.
De igual modo que el actual presidente justificó en la necesidad de regenerar la política su asalto primigenio al poder, para luego desde él dedicarse a legalizar la impunidad de sus socios; Podemos invirtió su capacidad de chantaje al Gobierno en transformar en ley su delirante visión de la guerra de sexos, presidida por el concepto de que todo hombre lleva dentro un violador y toda mujer es una víctima de ese inevitable impulso masculino,
Y de idéntica manera a la que Sánchez ha desplegado para, u na vez amortizado el cántico regenerador, amnistiarse a sí mismo; Irene Montero y su coro rociero de hiperventiladas feminoides se han dedicado a esconder su propia ley cuando tenían la ocasión de activarla en su entorno más cercano, con Iñigo Errejòn o Juan Carlos Monedero impunes durante meses, pese al conocimiento interno de sus comportamientos, con seguridad reprobables y ya veremos si punibles.
A la izquierda vigente, que de progresista tiene lo mismo que de decente, nunca le importa el «qué» y siempre se queda en el «quién». Todo rival será homófobo, racista, machista o violento si no pertenece a la cabaña propia: pedir a una diputada de Más Madrid que no ponga morritos en un debate parlamentario es anatema, pero calificar al novio de Ayuso de «testaferro con derecho a roce» es una genialidad del renacentista Óscar Puente.
Se puede y debe tapar al corrupto, al abusón, al agresor o al faltón si es de la familia propia. Y se puede y se debe abandonar a la víctima o elegirla en un catálogo, como si fueran muebles de Ikea o conservas del Club del Gourmet .
Y se puede ser putero, chorizo o matón si actúas en nombre del talibanismo oficial o votas lo correcto, que ya utilizaremos al gañán de Rubiales para desviar la atención de nuestros estropicios y tapar nuestras infinitas vergüenzas.
Las andanzas de Ábalos, de Monedero, de Tito Berni, de Errejón o de los socialistas andaluces tienen al menos la virtud de acabar con el mayúsculo engaño de una caterva de hipócritas que dicen preocuparse de los pobres, de las mujeres y de los ciudadanos y luego celebran sus «avances sociales» con los gayumbos en la cabeza: por la mañana legislan contra la prostitución y el consentimiento y por la noche, a escondidas y con la complicidad de sus compañeros del metal, lo celebran en bares de lucecitas, marisquerías y paraísos fiscales.