De comienzo en comienzoElena Murillo

Se hacen llamar 'therians'

Si quedaba alguien que no hubiera oído hablar de ellos, no andaré muy descaminada si afirmo que este fin de semana ya ha tenido la oportunidad de ponerse al día. Medios de comunicación escritos, auditivos y visuales se han hecho eco de un fenómeno que está causando sensación. Los «therians» son tendencia. Literal, que dirían nuestros jóvenes. Pese a ser un hecho que remonta sus orígenes a los años 80 en los Estados Unidos, ahora ha tomado fuerza y se ha extendido como la pólvora por todos los rincones del universo. Convocatorias fallidas en distintas provincias de nuestro país, incluida nuestra querida Córdoba, han supuesto una llamada de atención en cierto modo y han generado una enorme curiosidad a la par que preocupación en diversos sectores.

La palabra con la que se hacen llamar proviene del inglés, «therianthropy» (teriantropía), un término formado por las voces griegas «therion» (animal salvaje, bestia) y ánthropos (humano). Este conjunto de personas se siente identificado con un animal concreto, se pone una máscara y actúa como tal. Utilizando términos literarios, se hablaría de una expresión metafórica o, más bien, de una alegoría, puesto que los «therians» construyen una imagen bastante compleja.

Voces autorizadas del ámbito psicológico no piensan que estos sufran trastorno alguno. Parece ser que llevan una vida común y solamente se podría decir que es puntual su «actuación». Sería como tener dos identidades o tener un doble comportamiento: humano y animal.

No me puedo imaginar tener en una clase, junto a los alumnos habituales que se mantienen erguidos sentados en una silla y caminan sosteniéndose sobre los dos miembros inferiores, a unos que anden saltando como una rana, a otros que repten por el suelo como una serpiente y a unos cuantos más que vayan andando a cuatro patas cual perro, gato o cualquier otro animal que se desplace de ese modo. No quiero pensar tampoco en la diversidad de espacios de aseo, si es que alguno de ellos los utiliza, o de esparcimiento, que habría que tener a su disposición: terrarios, areneros, charcas…

Es evidente que esto forma parte de mi imaginación. Lo que considero ciertamente preocupante es que ya se hayan dado casos en un ámbito que no es distante a nuestro entorno más próximo. Pongo el ejemplo de algún comedor escolar en el que ha habido niños y otros que ya no lo son tanto, que se han dispuesto a comer con la lengua directamente sobre el plato e incluso que han lamido la mesa porque se sienten como animales que actúan de forma semejante a la hora de alimentarse. Más allá de sentimientos que hay que respetar, y lo digo con tono irónico, hay que sentirse en la obligación de ser conscientes de que acciones de este tipo pueden acarrear otros problemas como podrían ser la transmisión de enfermedades. Aunque habrá quien piense, como Nietzsche, que «lo que no te mata, te hace más fuerte».

Visto lo visto, a los psicólogos y psiquiatras no les va a faltar trabajo en los años venideros.

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