Cien años de Leopoldo Calvo-Sotelo: eficiencia y prosperidad
No fue un político de gestos grandilocuentes ni de búsqueda constante de popularidad. Fue, precisamente por ello, un gestor eficaz
Apenas ocupa espacio en la memoria colectiva, y sin embargo Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo representa uno de los ejemplos más nítidos de lo que debe ser un servidor público: rigor, eficacia, eficiencia y sentido de Estado. Este martes, 14 de abril, se cumplen 100 años de su nacimiento, y la efeméride invita no solo al recuerdo, sino a una necesaria reivindicación.
Calvo-Sotelo ha quedado, en demasiadas ocasiones, relegado a una nota a pie de página en la historia reciente de España, eclipsado por el dramatismo de su llegada al poder tras el intento de golpe de Estado del 23-F y por el peso político de otros protagonistas de la Transición. Pero su paso por la presidencia del Gobierno —apenas un año y medio— constituye un ejemplo de gestión eficiente y eficaz en circunstancias extraordinariamente complejas.
No se trata de un político improvisado. Su sólida formación académica como ingeniero de caminos, doctorado incluido, su dominio de varios idiomas, su cultura y su experiencia profesional previa le dotaron de una mentalidad analítica, orientada a la resolución de problemas, alejada de la retórica vacía. Antes de llegar a la presidencia, desempeñó un papel clave como ministro para las Relaciones con la Comunidad Económica Europea, siendo uno de los principales artífices de la negociación para la adhesión de España al proyecto europeo. Conocía, por tanto, de primera mano, tanto las oportunidades como las dificultades de ese proceso. También su función posterior como vicepresidente para Asuntos Económicos le confirió un papel clave en el desarrollo de la economía española.
Ya como presidente, adoptó decisiones estratégicas que marcarían el futuro del país. La más relevante, sin duda, fue la entrada de España en la OTAN. En un contexto interno y externo complejo, supo comprender que la integración en estructuras de defensa occidentales no solo reforzaba la seguridad del país, sino que contribuía a su prosperidad. La colaboración militar no es únicamente una cuestión de defensa: implica transferencia tecnológica, inversión en innovación y desarrollo de capacidades que, con el tiempo, se trasladan al ámbito civil, impulsando el crecimiento económico.
Su objetivo no era agradar, sino hacer lo correcto, incluso cuando ello implicaba asumir costes políticos
En paralelo, mantuvo una posición firme en las negociaciones para la adhesión a la CEE. España no ingresó durante su mandato, pero no por falta de voluntad, sino por la negativa de Calvo-Sotelo a aceptar unas condiciones inaceptables, especialmente en materia de agricultura y ganadería, impuestas por Francia. Esa decisión, lejos de ser un fracaso, refleja una defensa clara de los intereses nacionales frente a presiones externas, algo que no siempre ha sido habitual, y que puso las bases para la posterior prosperidad económica.
También impulsó la LOAPA (Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico), que era esencial para mantener la eficiencia y el orden en el Estado de las Autonomías, para que no hubiese incoherencias ni reclamaciones que llevasen a situaciones delicadas. Si el Tribunal Constitucional no la hubiese declarado inconstitucional, que no lo era, muchos problemas económicos y políticos posteriores no se habrían dado.
Su presidencia estuvo marcada, además, por la gestión institucional del intento de golpe de Estado del 23-F. Lejos de caer en soluciones excepcionales o en tentaciones autoritarias, su gobierno permitió que el Estado de Derecho actuase con normalidad: se celebraron juicios, tanto en la jurisdicción militar como en la civil, que consolidaron la respuesta democrática. De ese modo, España pudo continuar su trayectoria como monarquía parlamentaria, base de la estabilidad institucional y de la prosperidad económica que el país experimentó en las décadas posteriores.
Calvo-Sotelo no fue un político de gestos grandilocuentes ni de búsqueda constante de popularidad. Fue, precisamente por ello, un gestor eficiente y eficaz. Entendía la política como un ejercicio de responsabilidad, no como un escenario de exhibición. Su objetivo no era agradar, sino hacer lo correcto, incluso cuando ello implicaba asumir costes políticos. Su política basada en el trabajo dotó de seguridad jurídica a la economía e impidió que, en unos momentos críticos, se desmoronase toda la actividad económica. La lucha contra la inflación, contra el desempleo creciente, contra la reconversión tecnológica que se empezaba a dar, se realizó de la mejor manera posible, tratando de mantener una disciplina económica y presupuestaria que mantuviese a flote a la economía española.
Hoy, al cumplirse 100 años de su nacimiento, conviene recordar que la calidad de una democracia se mide también por la calidad de quienes la sirven. Y en ese sentido, España tuvo la fortuna de contar con Leopoldo Calvo-Sotelo. Un presidente muchas veces olvidado, pero cuya contribución fue decisiva en momentos críticos.
Celebrar su legado no es un ejercicio de nostalgia, sino de justicia. Porque, en un tiempo en el que la política a menudo se confunde con el espectáculo, la figura de Calvo-Sotelo recuerda que el verdadero liderazgo reside en la competencia, la integridad y el servicio al país. Y en eso, pocos han estado a su altura.
- José María Rotellar es profesor de Economía y director del Observatorio Económico de la Universidad Francisco de Vitoria