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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Un presidente cuchicheando con el Rey

Sánchez debe despachar con el jefe del Estado de manera reglada e informarlo al detalle de sus decisiones importantes, y más cuando tensionan la Constitución

Los monarcas parlamentarios no ostentan potestades ejecutivas. Así que su poder, que sigue existiendo, emana de su rol constitucional y también de lo simbólico, que supone una importantísima fuente de influencia. La figura del rey une a la nación, que le brinda su respeto por el peso de la historia, la tradición y el buen ejemplo. Por eso los malos pasos personales resultan tan nocivos para la institución.

Los setenta años de reinado de Isabel II constituyen uno de los ejemplos más acabados de cómo hacer importante a la monarquía desde el buen ejemplo, la laboriosidad, el respeto a las reglas y la tradición (amén de unas gotas de misterio, que siempre añaden un plus de encanto). Isabel II no iba de guay, no incurría en moderneces chorras, no pretendía inventar la pólvora. Simplemente sabía que su éxito estribaba en cumplir con su deber de una manera sostenida en el tiempo, respetándose a sí misma y haciéndose respetar.

Existe una anécdota estupenda. En 2009, el piloto de F-1 británico Lewis Hamilton, entonces en la cima de su popularidad, es nombrado miembro de la Orden del Imperio Británico. En un almuerzo en Buckingham lo sientan a la izquierda de la soberana y viniéndose arriba intenta monopolizarla con su cháchara. De manera tan suave como concluyente, la Reina le corta el rollo: «No —lo detuvo con la más cortés de las sonrisas—, ahora usted hablará con quien tiene a su izquierda y en el siguiente plato, yo hablaré con usted». Era muy consciente de la importancia del protocolo, del respeto al orden que deben tener las cosas.

Hasta el ocaso de sus días, Isabel II se pateó toda la Gran Bretaña profunda con sus atuendos de colores chillones y sus paraguas transparentes («para ser creída tengo que ser vista»). Su acto político más importante era su despacho semanal con sus primeros ministros, que acudían a verla puntualmente a Palacio. Ni siquiera su condición de enferma terminal interfirió en esa rutina. El 6 de septiembre de 2022, solo dos días antes de morir, recibió en audiencia en Balmoral a la nueva primera ministra, la efímera Liz Truss. Unas jornadas antes había hecho lo propio con Boris Johnson. El castillo escocés de Balmoral está a casi 900 kilómetros de Londres. Pero por supuesto allá se fueron los gobernantes para informar y cumplimentar a la Reina. Nadie entendería ni aceptaría lo contrario.

¿Toleraría Isabel II que su primer ministro, en lugar de informarla en tiempo y forma en las audiencias estipuladas, cuchichease con ella en un acto público, un salón de telefonía, tapándose los labios con las manos como si fuese un actor de moda o un influencer? Por supuesto que no. Buscaría la forma de hacer ver al mandatario que las cosas no se hacen así, que existen unos cauces formales.

¿Ha informado Sánchez al jefe del Estado en un despacho oficial de su decisión de entregar el control de las fronteras a Cataluña, y al dictado del fugitivo Puigdemont, cuando se trata de una competencia constitucional del Estado central? No lo sé. Pero el acuerdo de este enésimo pago a los separatistas para seguir en la Moncloa se conoció en la noche del lunes a través del otro BOE (El País). Y la primera explicación que recibimos los españoles nos llegó a través de un delincuente fugado en Bélgica, que puede ser un fanático, pero que no miente y dejó claro que es otro paso «para nuestro futuro como nación».

Se está creando ante nuestra mirada el Estado asociado de Cataluña (y el del País Vasco). Tendrán hacienda propia y un concierto fiscal privilegiado (el cuponazo catalán). Tienen el control de las fronteras y de la inmigración y una policía del tamaño del ejército de algunos pequeños países. Han prohibido el español de facto en las escuelas y sancionan rotular en castellano. Son privilegiados una y otra vez con concesiones que rompen la igualdad entre españoles… Si tienen todo eso, ¿qué les falta para ser un Estado? Gracias a la imperdonable felonía de Sánchez ya lo son en todo, salvo en el nombre. Solo les falta volver a romper amarras. Y un día lo harán.

En la campaña de 2014, cuando el Reino Unido se jugaba su apellido con el referéndum de Escocia, la Reina se vio obligada a observar su deber constitucional de neutralidad. Pero unos días antes de la votación, a la salida de un oficio religioso cerca de su residencia escocesa de Balmoral, se acercó a un vecino, que le había preguntado desde el público por la consulta, y le soltó: «Tenéis una votación muy importante el jueves. Espero que todo el mundo piense muy cuidadosamente sobre el referéndum». No tuvo que decir más. Solo con eso todo el país entendió que la Reina pedía a su pueblo que votase por la permanencia de Escocia. Y así fue.

Felipe VI es un monarca templado, bien formado y excelente, que se toma su tarea con enorme seriedad, de ahí su prestigio. Pero me voy a atrever a repetir una frase que me decían mis abuelas y mis padres y a la que —erróneamente— nunca hice el debido caso: «Luisiño, en la vida hay que darse a valer».

Con España en el alero, con sus hilvanes aflojándose cada día, existen maneras de ir mandando un recado, que son además perfectamente constitucionales. ¿Hay que callar cuando el aberrante acuerdo, cerrado en el extranjero y de espaldas al Parlamento y al Rey, establece barbaridades del calibre de que un español de otra región recibirá trato de extranjero en Cataluña?