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Enrique García-Máiquez

Vox y el eco

La amenaza para Santiago Abascal es una victoria de éstas que describe el sonriente Giorgio Almirante. O sea, que sus ideas más atractivas para el electorado terminen siendo adoptadas por sus rivales políticos

Se amontonan los pronósticos lúgubres para el futuro de Vox, algunos con la esperanza puesta, más que en acertar, en convertirse en self-fulfilling prophecies, o sea, en propiciar sus augurios. Otros, análisis honestos, pero acaso apresurados. Y también hay profecías amargas, de quienes querrían lo mejor para Vox, y no lo ven.

Sin embargo, quienes vaticinan batacazos electorales no están teniendo en cuenta la condición de voto estanco que tiene el apoyo a Vox. Los vaivenes de la política internacional han interesado siempre poco al votante español; y el de Vox, que llega a la urna electoral curado de espantos y sorteando anatemas y prejuicios, está más impermeabilizado que ninguno. Generalmente vota –y esto es clave para la amenaza real a Vox de la que hablaré enseguida– porque se le promete atajar un problema que le atañe singularmente: la inseguridad, la precariedad del trabajo industrial, las trabas al campo, el acceso imposible a la propiedad, el abandono de las políticas familiares, la discriminación del hombre ante la ley, la falta de sentido de la nación, etc.

También se augura una tercera vía, aprovechando un espacio que se abre entre un Partido Popular cada vez más escorado hacia una gran coalición con el socialismo, como la que ya tiene en Europa; y un Vox que surfea la gran ola del trumpismo. El espacio está, pero no es hacedero electoralmente. Alguien tan listo como Iván Espinosa de los Monteros lo dice: hay, como mucho, sitio para un think tank liberal-conservador, pero no para un partido, porque los votos no son eternamente divisibles como la carrera de la tortuga de Aquiles.

¿Quiero decir que Vox puede quedarse tan campante, sin que ningún peligro aceche su ascenso? No. El riesgo viene del eco. Giorgio Almirante dijo: «Cuando veas tu verdad florecer en los labios de tu adversario, sonríe; has ganado». Este tipo de triunfo es excelente para un intelectual, pero no para un político. La amenaza para Santiago Abascal es una victoria de éstas que describe el sonriente Almirante. O sea, que sus ideas más atractivas para el electorado terminen siendo adoptadas por sus rivales políticos.

No hago profecías. Ya los socios de Sánchez se han pedido para Cataluña una política de fronteras muchísimo más estricta. Además, las llamadas a una política responsable de defensa en Alemania y en Francia van en serio, y conllevarán inexorablemente menos gastos en demagogias y cierta refundación del patriotismo. La recuperación del tejido industrial y de la producción agrícola ya están sobre la mesa. Cabe que la Agenda 2030 no llegue ni al 2026.

Todas estas medidas estrella de Vox las están abrazando los partidos rivales. Unos párrafos arriba decía que su votante, impermeable a la lluvia ácida de los prejuicios, votaba, más que nada, por las soluciones realistas que sólo Vox propone entre un océano de postureos. Pero si de golpe otros partidos con menos crítica sistemática en contra, se arremangan y arreglan algunos problemas, sí podría haber una cierta desactivación del instinto de supervivencia que lleva al electorado a Vox. Los de Abascal habrían abierto –pico y pala, polvo, sudor y hierro– la ventana de Overton, y ahora, los que se asomarían impolutos a la balaustrada serían otros.

Para prevenir este efecto, el partido verde puede hacer tres cosas, aunque dos de ellas inútiles. La primera, proclamar que ellos lo dijeron antes. Eso no vale para nada, porque la democracia no premia la originalidad, sino la resolución más rápida y cómoda. La segunda, extremar sus propuestas, exagerarlas; y esto puede ser contraproducente, porque también se pierde el contacto con la realidad por el otro extremo. La mejor respuesta es profundizar en la coherencia de un programa en el que de verdad se cree, confiando en la insinceridad de los otros. Al final, el eco no repite sino retazos. Isabel Díaz Ayuso, tan astuta, podría ponerse como ejemplo de esto. Y como ejemplo, también, del peligro electoral que para Vox tiene el eco. Con todo, yo estoy convencido de que la convicción es convincente.