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No hay líder europeo que –aunque le critique– se quiera parecer más a Donald Trump que Pedro Sánchez. Hace unas horas no paró de censurarle en la Universidad de Columbia, pero lo cierto es que todas las trolas que contó eran una enmienda a la totalidad al presidente norteamericano, del que quiere erigirse en contrafigura, pero del que no es más que una triste y nefasta copia. Ambos son dos narcisistas de libro, que matarían por tener el Nobel de la Paz, y que se han dedicado, desde sus diferentes ideologías, a desmantelar los contrapesos institucionales con los que sus países contaban para poder campar a sus anchas. Han agrandado a los enemigos externos –Sánchez con el espantajo de la ultraderecha o Netanyahu y Trump con la inmigración– y responden a cualquier intento de investigar sus irregularidades invocando campañas orquestadas de la judicatura y la prensa para acabar con sus Gobiernos. El que no está con ellos, está contra ellos.

Ambos son dos populistas que atizan el enfrentamiento y la polarización como palanca electoral para sumar adeptos. En dirección inversa, los dos presidentes han conseguido sacar partido de la estrategia del divide y vencerás. En el caso de nuestro demagogo made in fraude, es especialista en sembrar discordia entre sus adversarios –PP y Vox– para debilitar sus opciones de sucederle en el poder. Luego, vendimia los votos de sus cepas parlamentarias para poder seguir, aunque sea tambaleante y sin otra sujeción que su tirso, en el machito. Todos los votos valen para el inconfeso: los de los etarras, los de forajidos cobardes huidos tras dar un golpe de Estado o los de representantes de la izquierda afín a las dictaduras comunistas.

La idiosincrasia es parecida, aunque haya diferencias sustanciales en la personalidad de los dos mandatarios. Los ecosistemas y los resultados son diferentes; mientras Trump ha conseguido imponerse electoralmente a pesar de tener en su contra a la mayoría de medios de comunicación, aquí Sánchez pierde en las urnas a pesar de que tiene a sus pies a buena parte del entramado periodístico y goza de una hegemonía comunicadora incontestable. Pero entre las coincidencias es relevante subrayar que en América y aquí, los presidentes han conseguido sobrevivir a imputaciones que, en tiempos pasados, hubieran tumbado a cualquier dirigente en una democracia medianamente sólida. Donald a las suyas y Pedro a las de toda su familia –el maestro Azagra ya va camino del banquillo y su cuñada está en capilla– y sus hombres de confianza.

Uno y otro construyen muros emocionales para fabricar bandos irreconciliables. Sánchez lo verbalizó en su último discurso de investidura y más recientemente en la Asamblea de la ONU, y el presidente americano los levanta en cada mensaje que lanza. También allí y aquí sus equipos fabrican bulos para aniquilar a los adversarios. Uno y otro han acabado con la moral pública: y ya nadie se escandaliza ante las mentiras que se profieren desde el poder. La posverdad ha sustituido a las certezas. Y ministros españoles y asesores de la Casa Blanca se afanan por retorcer el lenguaje para esquivar la verdad. Mienten para exacerbar los sentimientos ciudadanos.

Donald dice una cosa y su contraria sin sonrojarse. Hoy es Putin un aliado y Zelenski carne de humillación ante las cámaras de todo el mundo, y mañana el ruso no es de fiar y el presidente ucranio merece el apoyo del mundo occidental. Qué decir del socialista español; sus mentiras son casi más numerosas que sus palabras y ha convertido en trolas cada una de sus promesas electorales, desde la ley de amnistía, hasta el futuro penal de Puigdemont, el cupo catalán, la negativa a pactar con Podemos o el reiterado desmentido a aliarse con los proetarras. Carmen Calvo dijo que eran cambios de opinión, pero todos sabemos que son los trucos del presidente más marrullero de nuestra democracia.

Curiosamente, aquí y allí ambos han eliminado los consensos básicos sobre los que se construyeron las democracias liberales, han arrasado con las convenciones políticas, la diplomacia del diálogo, la educación en el trato a sus rivales. El republicano sentencia en vivo y en directo a homólogos mundiales y Pedro se ocupó de escenificar en Moncloa la ejecución del presidente de Telefónica para que el Ibex sepa cómo las gasta. Las buenas formas han sido sustituidas por autocracias basadas en el hiperliderazgo de los presidentes, convertidos por sus seguidores en seres mesiánicos a los que todo se les puede permitir porque no hacerlo acercaría a «los otros» al poder: aniquilar así lo que ha sido la sana alternancia en el poder. Acudir en ambos países a las urnas no es ya un ejercicio constructivo para apuntalar a la mejor opción de cada uno. La urna es hoy el método preferido para castigar al discrepante y torpedear su ascenso al Consejo de Ministros.

El gobernante americano y el dirigente español también han ido de la mano en lo de acabar con los partidos que les encaramaron a sus carteles electorales. Al Partido Republicano lo ha sustituido la formación trumpista y del PSOE ya nada queda, convertido en una marca fake del Partido Sanchista. Es verdad que el neoyorquino ha logrado acabar con el pensamiento woke que tanto daño ha hecho a su país, dogma que aquí defiende Sánchez, en la línea de los expresidentes Obama y Biden. Precisamente esa militancia de los antecesores de Trump ha destruido al Partido Demócrata, hoy un batiburrillo de minorías sin dimensión de Estado, víctima de Trump y de la crispación irreconciliable de la sociedad americana. Es de esperar que aquí la derecha española, en sus dos versiones, no se vea arrastrada por ese clima de enfrentamiento que tanto le gusta a Pedro, sobre el que ha edificado su biografía política.