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Cosas que pasanAlfonso Ussía

Recuerdo de un poeta

Se inventó su persecución –como Gila, que ni fue fusilado y se «exilió» del franquismo, no en Cuba sino en la férrea dictadura argentina y muy bien reído– y con la libertad recibida con veinte años de retraso voluntario, comenzó a declinar

Maese Pérez, El Pájaro Pinto, Juan Pérez Creus. Del primer paso de Andalucía, La Carolina, púlpito sobre olivares. Vivió como un poeta y murió como un enamorado sin suerte. Combatió en el bando equivocado, y al finalizar la Guerra Civil se pasó huyendo veinte años de Franco, cuando el Generalísimo se ocupaba de levantar viviendas sociales, obras públicas, pantanos y creó la Sanidad pública, en uno de cuyos hospitales, falleció. No como Almodóvar, que se presenta en los hospitales privados si en un ataquito se le cae una quimera china en un pie. Cuando las Cortes aprobaron el cambio de los apellidos de su nieto mayor, y aprobaron el orden de los apellidos, Pérez Creus camuflado en el beatífico seudónimo de Maese Pérez, escribió:

Por la alta bondad de Dios,
que en sus mercedes no es manco,
en vez de un Francisco Franco
nos encontramos con dos.
El uno del otro, en pos
nos lleguen por nuestro bien,
pero ¡Dios nos libre, amén!
De que, doblando la hazaña,
salvada por uno España,
nos salve el otro también.

Paseaba con peluca y nunca fue perseguido. Ya como «Pájaro Pinto» hacía sus pinitos en la crítica teatral, tanto en prosa como en verso. El sabio y melifluo Fernando Lázaro-Carreter, desdeñoso y pelotillero, se negó a recibirle para pedirle una gestión. Y Pérez Creus no fue recibido. Pero en una crítica teatral, en cuatro versos lo destrozó.

Cristo a Lázaro en una hora
le levantó en un instante.
A este Lázaro de ahora
no hay Cristo que lo levante.

Al final de sus días se enamoró de una galleguiña. La edad cuenta, pero a veces se distrae. Y aprendió a hablar y escribir en gallego, y le dedicó a su amor imposible su poemario en gallego As Derradeiras Pombas do Serán (Las últimas Palomas del Atardecer). Hay que ser muy diestro para torear a ese morlaco. Se inventó su persecución –como Gila, que ni fue fusilado y se «exilió» del franquismo, no en Cuba sino en la férrea dictadura argentina y muy bien reído– y con la libertad recibida con veinte años de retraso voluntario, comenzó a declinar. Una escritora de Informaciones le insultó con ferocidad, y nuestro poeta le respondió desde Sábado Gráfico. Los tercetos del soneto son demoledores.

Llamarte «Fresca», pobre sonaría;
llamarte «Zorra,» no daría tu talla,
pues por puta te tienen las personas.

Y llamarte «putísima» sería
como llamarle monte al Himalaya,
como decirle arroyo al Amazonas.

Vivía como un mendigo, humilde y encerrado, en un bajo alquilado de Madrid. Una mañana se extrañó un vecino coincidiendo con Pérez Creus en el descansillo de la quinta planta.

–Don Juan, si usted vive en el bajo, ¿qué hace en el quinto? ¿Gimnasia?

–No, voy a la azotea a suicidarme.

Y en la acera murió el poeta andaluz que escribió en gallego por amor.