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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

La mala idea de los pellizcos al Rey

Una pena ciertas invectivas desde la derecha, pues pese a sus limitaciones no deja de ser el último dique, como bien saben la extrema izquierda y el separatismo

Felipe VI, de 57 años, llegó al trono el 19 de junio de 2014, después de que su padre decidiese abdicar. Juan Carlos I tenía tras sí una importante hoja de servicios, digna de agradecimiento. Pero estaba tocado por sus mermas de salud y, sobre todo, por su culto a la concupiscencia y al becerro de oro, muy amplificado por una izquierda política y mediática que en realidad es antimonárquica.

La primera misión del nuevo monarca era abrillantar la institución, con un ejercicio de sobriedad y cartas boca arriba que reparase las abolladuras que había provocado en la moldura de la Corona el vitalismo lúdico de su padre. Para ello optó por la transparencia y la austeridad. Aunque tal vez nos hemos pasado de frenada, pues parte del encanto de la Monarquía radica en su enraizamiento en el corazón de la historia y en su boato protocolario, y aquí parece que queremos unos soberanos low cost. Si Sánchez continúa al mando, Felipe y Letizia acabarán en chándal, chancletas y patinete.

Con su carácter templado —más de su madre que de su padre-, su acusado sentido del deber y su extensa preparación, Felipe VI cuajó prontó y enseguida alcanzó altos niveles de aprobación popular, muy superiores a los del político más valorado. Pero en 2018 su labor se complicó, pues apareció un cisne negro, algo para lo que el armazón constitucional y la Corona no estaban preparados: Sánchez. Nadie contaba con que un día la España democrática quedaría en manos de un dirigente sin ningún tipo de escrúpulos, alérgico a la verdad y carente de palabra, dispuesto a saltarse las reglas, tanto las escritas -mediante el asalto al Tribunal Constitucional- como aquellas no escritas que formaban parte de un acuerdo tácito (por ejemplo: dejar gobernar al partido más votado, o no encamarse con ETA).

Ser el Rey de España con Sánchez es algo así como intentar ejercer de César con Bruto a tu vera. Por motivos psicológicos asociados a su yo hipertrofiado y su carácter resentido, Mi Persona no puede soportar que exista un mandatario que es su superior jerárquico. Así que sin llegar a romper con él, ha castigado al Rey con un trato displicente. Ese desdén incluye gestos chuletas, burlas al protocolo, dejarlo tirado cuando debería haberlo defendido -los ataques de los separatistas, la huida de Paiporta- y serias embestidas contra la Constitución, con unos indultos y una amnistía que suponen una enmienda a la totalidad al discurso más importante del reinado de Felipe VI, aquel que en 2017 sirvió para frenar el envite golpista en Cataluña.

A la mayoría de los españoles, e imagino que al que más al propio Rey, nos provocó un rechinar de dientes ver cómo el Monarca era forzado a rubricar una amnistía inconstitucional a todas luces, salvo en el Planeta Pumpido. Al parecer, su deber de imparcialidad no le dejaba otra salida. Pero muchos -yo también- echamos de menos entonces algún guiño que trasluciese que no le parecía una gran idea que el Gobierno hubiese acabado aceptando todo el argumentario de los golpistas catalanes, incluida una supuesta «guerra sucia» de los jueces. También añoramos algún posicionamiento ante la insólita situación de que se estuviese decidiendo el futuro de los españoles en una mesa de negocación en el extranjero y con un fugitivo como interlocutor.

Felipe VI hizo, y hace, acertadas y reiteradas llamadas a respetar el orden constitucional y las bases de nuestra democracia. Pero es cierto que guardó silencio ante dos auténticos escándalos políticos. Para bien y para mal, no es su padre. Donde Don Juan Carlos habría borboneado, él guardó un cauto silencio. ¿Las razones? La evidente es que no veía un cauce constitucional para hacer otra cosa. La segunda, y esta me la imagino, es que es muy consciente de que si pierde el apoyo del PSOE, la Corona quedará gravemente herida. Sánchez es muy capaz de lanzar esa última cortina de humo y no hay que facilitarle argumentos. Así que mejor hacer de tripas corazón e intentar navegar, lo cual va haciendo con paciencia infinita y alguna discreta y elegante finta al ególatra amoral que okupa el poder sin ganar las elecciones.

Todo lo relatado ha dado lugar a que una (pequeña) parte de la derecha más fogosa haya comenzado a lanzar pellizcos al Rey. Es un error y un favor a los que quieren liquidar España. Dos simples preguntas reflejan el disparate que supone que la derecha se ponga a zumbarle a Felipe VI: ¿Quiénes detestan al Rey y trabajan para acabar con la Monarquía y lo que representa? Pues los separatistas y los partidos de extrema izquierda (entre los que figuran las juventudes del PSOE, abiertamente republicanas). ¿Y por qué van contra él? Pues porque con todas sus limitaciones y humanos aciertos y errores simboliza la unidad de España y el orden constitucional, y además goza de un alto aprecio en todo el país que lo convierte en un nexo de unión frente a la corrosiva «diversidad» de la «nación de naciones». Por eso no lo tragan.

Sumarse en plan polvorilla populista al coro de críticos radicales de Felipe VI supone una cagada notable si de verdad te interesa tener una España unida de ciudadanos libres. Imagínense la III República de la Nación Plural y Diversa con Carmen Calvo de presidenta, u otro «progresista» de solera, tipo Baltasar Garzón… para exiliarse en Laponia.