Se van los últimos de otro mundo
Con toda nuestra cacharrería, en realidad estamos a un paso de una aldea ancestral que todavía tenía uno de sus pies hundidos en el Medievo
El tren ha salido de Atocha con 45 minutos de retraso. Casi «normal» en la era del incompetente bravucón Óscar Puente. Pero una vez que ha cogido carrerilla, no puedes dejar de maravillarte con cómo han cambiado y mejorado las cosas.
Hoy en tres o cuatro horas se atraviesa media España. Y recuerdo, no sin una nota de saudade, mis días de estudiante en la Universidad de Navarra, cuando tardábamos 16 horas de ferrocarril en ir de La Coruña a Pamplona. Viajábamos en litera, con seis personas en cada compartimento. Aquello no se acababa nunca y con frecuencia algunos pasajeros se pillaban unas papas folclóricas y monumentales durante la larga madrugada. La mezcla social era total. Allí compartíamos espacio y charleta emigrantes rumbo a Francia, estudiantes universitarios, curas y monjas en tránsito, viajantes de comercio, manguis y policías…
Debido a que mi padre era armador, teníamos la fortuna de que en La Coruña llegaba a casa el mejor pescado y marisco imaginable. En una ocasión, mi madre coció unas cigalas enormes, las embaló en unas bolsas del supermercado Claudio y nos dijo a mis hermanos y a mi: «Llevároslas para Pamplona, que no todo va a ser chistorra».
En aquella ocasión, el tren cascó llegando ya a Alsasua. El reloj corría, pero aquella antigualla no arrancaba. A las doce de la mañana, aburridos de la espera, optamos por abrir la bolsa del tesoro y nos lanzamos a zampar las cigalas tipo langosta, para pasmo de los otros viajeros, que nos miraban con rictus de no entiendo nada.
Ahora repaso el vagón en que viajo hoy. Ya no hay ni un periódico, ni apenas libros. No hay boinas ni pañoletas, hay viseras de béisbol y auriculares tochos. Los zapatos no existen, todo el mundo calza deportivas. La gente trabaja y se entretiene con sus ordenadores, o curiosea el móvil, que alberga el universo en la palma de la mano. La IA estará haciendo tareas para algunas de estas personas absortas tras sus pantallas.
Es un mundo nuevo, y sin embargo, estamos pegados a un pasado que consideramos remoto. Siguen todavía vivos, aunque en tiempo de descuento, los últimos españoles que conocieron la aldea ancestral, que en ciertos aspectos conservaba medio pie en el Medievo.
Mis abuelos maternos eran de Daneiro, una aldea umbría y fértil del municipio coruñés de Zas, a unos 26 kilómetros de la costa. Mi abuela contaba que de adolescente, volviendo con sus mayores de madrugada de una romería, habían visto pasar a la mismísima Santa Compaña «escondidos tras unas silvas», unas zarzas. Lo exponía como un hecho empírico, irrefutable. Y por supuesto ni se nos ocurría cuestionarlo. Aquello era así.
Mi abuelo, Manuel Castiñeira Antelo, era todavía más novelero. Liando uno de sus pitillos de picadura que envolvía en papel Zigzag, relataba que en una ocasión, en una noche de orvallo y niebla, volvía a casa a caballo cuando oyó un ruido extraño. «Alto, ¿quién va?», preguntó inquieto y esgrimiendo su pistola. No hubo respuesta. Pero aquí empezaba lo mejor de su historia. Súbitamente apareció subido a un peñasco un espléndido carnero. Mi abuelo sopesó hacerse con él y comenzó a acercarse, «pero de repente empezó a reírse a carcajadas y se convirtió en el diablo», «o demo», como lo llamaba él en gallego.
Luego llegó la luz eléctrica y en el rural se acabaron la Compaña y los carneros demoníacos.
Mi prima María, también de aquellos pagos, debe andar frisando los 94. Como goza del privilegio de una memoria de acero inoxidable, hace un par de años charlé con ella y con mi madre sobre ese mundo de ayer y las grabé subrepticiamente con el móvil. Cuando muera su generación perderemos los relatos orales sobre cómo era la España de donde venimos, mucho más cercana al siglo XIX que al XXI.
En la aldea gallega, como en tantas de toda España, la única fuente de ocio -y la mejor- era acurrucarse a la caída de la tarde alrededor de la lareira y contar cuentos, o comadreos vecinales, o jugar un poco a la baraja. La vida era comunal. La luz, de carburo. Las bestias de la cuadra del bajo caldeaban con su aliento los cuartos del primero, a donde solo se iba a dormir.
La pobreza era tremenda. «Pasaba por delante de casa mucha gente pidiendo y a veces tu bisabuela ordenaba hornear una bolla para darles», contaba mi prima. Los bailes de las fiestas patronales constituían el hito del año para las chicas y mi bisabuela, que era la que mandaba en el clan, vendía el trigo de alguna leira, o algún ternero, para «cortarles unos vestidos a las nenas con una modista buenísima que había en Bayo».
El trabajo era físico. La comida repetitiva (casi siempre caldo). El porquiño, el cocho, era el animal totémico, el cochón de supervivencia. Las jóvenes peixeiras que venían de Laxe ofreciendo pescado fresco recorrían más de 20 kilómetros con las cestas en equilibrio sobre sus cabezas. El maestro y el cura eran venerados como auténticos sabios y el cacique del pazo… pues era caciquil y temido. Los más valientes emigraban a Buenos Aires y Caracas, «reclamados» por algún familiar. Los días eran siempre iguales. Los ríos, transparente y trucheros. Todos eran un poco panteístas y los muertos dialogaban con los vivos con absoluta naturalidad, como en las novelas de Ramón Loureiro y Xosé Carlos Caneiro.
Con la única excepción de mi madre, que salió raramente urbanita, no conozco a uno solo de mis parientes de aquel mundo que una vez que emigraron a la ciudad no añorasen la aldea como su paraíso perdido. Nadie estaba solo y nunca faltaba una conversación. La naturaleza no se buscaba, simplemente formabas parte de ella. La vida era lenta y proclive al asombro.
Los trenes van más rápido. Pero las vidas, también, quizá ya demasiado. Por la senda del progreso se han quedado jirones de alma y soplos de humanidad. Y disculpen que me haya puesto morriñento y hasta ñoñi-lírico…