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El conde del Valle de Andrín asturiano, culto y poco ágil, tenía como máxima ilusión en sus esperanzas tener el carnet de conducir. Suspendió seis convocatorias y se apresuró a estudiar con más ahínco el código de la circulación.

Por fin le llegó la notificación del día del examen. Tenía el conde un seiscientos blanco preparado para estrenarlo con su flamante carnet. La familia, que era muy religiosa, se reunió en una pequeña iglesia del oriente asturiano para pedir devotamente a Nuestro Señor que le concediera tranquilidad y seguridad durante su examen práctico, porque había aprobado el teórico milagrosamente.

Barca

El conde fue invitado por el ingeniero examinador a sentarse ante el volante y le temblaban hasta los cotubillos. Por fin arrancó, hizo la maniobra de aparcar correctamente y finalmente salió fuera del recinto de examen porque el ingeniero quería ver cómo se comportaba en una calle transitada.

El conde era bajito, gordo y fumaba puros, pero era muy simpático y tenía una conversación muy agradable. Tan es así, que el ingeniero le adelantó que le daría el aprobado no por su manera de conducir, que era tremenda, sino por su simpatía personal. De vuelta al circuito tuvo que hacer las pruebas del intermitente, llegar a poner la directa y otro tipo de añagazas automovilísticas. A cien metros de la entrada al circuito tenía un stop. Pero como era muy simpático y le hacía gracia al ingeniero examinador, se lo saltó con la mala suerte de contemplar –ya excesivamente tarde– que la colisión con el coche que sí tenía preferencia era inevitable.

El conductor del coche que circulaba correctamente falleció.

No obstante el conde se presentó ante los examinadores para solicitar el carnet y se apoyó en la promesa que le había hecho el ingeniero, que iba en esos momentos en una ambulancia camino del hospital de Llanes. No alcanzó con vida el centro sanitario, sumando una muerte más a su examen de conducir.

–«Lo sentimos profundamente señor conde. Pero con este resultado de dos muertos que usted ha conseguido meritoriamente en el examen, no podemos aprobarle. Además le advertimos que no lo intente de nuevo y que queda suspendido de por vida. Responsabilidades aparte».

El conde reaccionó con violencia exclamando: –«Cáspita», porque estaba muy bien educado y sus padres le dijeron que los niños que dicen tacos no pueden ser condes. Un año y medio después, el conde en su Vespa colisionó con un coche que bajaba por la calle de Ayala de Madrid. Eran cuatro viudas que acudían a Embassy a merendar. Y digo eran porque las cuatro fallecieron del impacto de su coche con un árbol para no atropellar al conde.

Hoy el conde, que tenía unos ahorrillos, es el propietario y director de la mejor autoescuela de Madrid.

Cosas de la vida.