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Un mundo felizJaume Vives

Abuelas felices

Cuando seamos abuelos, ¿sabremos cocinar algo delicioso para nuestros nietos? Cuando ya flaqueen nuestras fuerzas, nuestros hijos ¿sabrán prepararnos algo apetitoso o nos servirán una fideuá del supermercado en envase de aluminio?

Me contaba un amigo que le pidió al DJ la lista de canciones que iban a sonar en su boda y se encerró dos días para escucharlas todas antes de la fecha del enlace.

En ese meticuloso estudio de letras y estilos musicales se quedaron cientos de canciones por el camino que, gracias a Dios, no llegaron a sonar en tan señalado día.

El día de la boda, cuando el baile había comenzado, un amigo de los novios se acercó a preguntarles si en algún momento dejarían de sonar los pasodobles. Los recién casados se mantuvieron firmes en su criterio de mantener la música que habían seleccionado y me dijo mi amigo que con el tiempo cada vez está más convencido de que fue la mejor decisión.

Cuando mi amigo se casó, tenía sus dos abuelas vivas, de edad ya muy avanzada, y una de ellas estuvo bailando y disfrutando como una niña. Todo el mundo quería bailar con ella. Probablemente, fue su último baile. Estuvo muy feliz aquel día, gracias al criterio de mi amigo y a mantenerlo a pesar de las súplicas de algunos.

Me pregunto si los de nuestra generación, cuando seamos abuelos, tendremos el oído educado como la abuela de mi amigo o nos bastará con cualquier mierda de música para bailar. Sospecho que buena parte de la elegancia que tenían nuestras abuelas habrá desaparecido.

Y, por supuesto, también hoy existe la buena música y muy bailable, ¡faltaría más! Música diferente a la de antes pero igualmente armoniosa y bella. Pero sobreabundan los sonidos tribales que, lejos de guiar el cuerpo en los muy variados estilos de baile, lo que hacen es descontrolarlo, enajenarlo y conducir al hombre a comportamientos más propios de una sociedad por civilizar, infantil y sexual y eso tanto por lo que atañe a la letra como al ritmo.

Y esa degeneración que se hace evidente en la música ocurre con muchas otras cosas. Nuestras abuelas sabían bailar, pero también vestir, coser, cocinar y sacar adelante una familia extensa. ¿Qué otra cosa es la independencia y el empoderamiento que hoy tanto se pregonan?

En el futuro, avanzaba el otro día el Sr. Roig de Mercadona, las casas no tendrán cocina, la gente ni podrá ni querrá pasar horas entre fogones. Por falta de tiempo y por falta de interés. Es decir, las casas no tendrán ese olor de hogar tan característico. Sustituirán el calor de la cocina por las frías ondas del microondas. El calor de un estofado por el frío de cualquier comida precocinada.

Cuando seamos abuelos, ¿sabremos cocinar algo delicioso para nuestros nietos? Cuando ya flaqueen nuestras fuerzas, nuestros hijos ¿sabrán prepararnos algo apetitoso o nos servirán una fideuá del supermercado en envase de aluminio?

¿Habrá abuelas felices? Si educamos el gusto y el oído como mi amigo, puede que sí, pero si no, me imagino una generación de abuelos tatuados, descongelando comidas precocinadas en el microondas y sin saber coser ni siquiera un botón.

Una generación muy independiente y empoderada, por supuestísimo, pero incapaz de hacer lo más básico.

Conviene educar el oído, saber utilizar la aguja y no abandonar la cocina a la industria si a los noventa años, como la abuela de mi amigo, queremos bailar, conservar la elegancia y sentir el orgullo de haber sacado adelante una familia extensa.