El otoño no es para tontos
Foxá consternado baja la cabeza y transcurren tres o cuatro minutos de silencio en los que recuerda el coche de la Reina paseando por el Retiro con los neumáticos forrados de hojas de acacias.
Hay un síntoma en mi opinión que lleva a la confusión permanente. Se considera agradable, divertido, casi siempre agotador el verano. Los árboles firmes y seguros. Y, en cambio, se desprecia la estación más portentosa del año, que es la estación de la desnudez de los árboles. De los bosques detenidos, de la melancolía suprema.
Creo que la pesadumbre que acompaña a muchos seres humanos en otoño y durante su otoño hace justicia a lo que los vascos pusieron el nombre del «bosque quieto».
Toda la música, la poesía, la literatura y la pintura que refleja esa melancolía del otoño lleva de la mano la situación vital de los seres humanos.
Sin haber cumplido los sesenta, con una cirrosis hepática galopante, con el corazón deshecho de arrebatos de belleza y amor por la palabra, Agustín de Foxá escribe sus mejores poemas: «Melancolía del desaparecer». Y es llamado al Palacio de Santa Cruz por el ministro de Asuntos Exteriores, que era además un gran amigo suyo, con cita primordial con el ministro: «Agustín, te mandamos a Manila».
Foxá consternado, baja la cabeza y transcurren tres o cuatro minutos de silencio en los que recuerda el coche de la Reina paseando por el Retiro con los neumáticos forrados de hojas de acacias. Recuerda los versos de su padre y de su madre y definitivamente alza la cabeza y le contesta al ministro «Me queréis matar porque sobro, porque soy un peligro para el equilibrio de vuestras simplezas, pero volveré muy pronto y tú vendrás a recogerme al aeropuerto de Barajas».
El tiempo en Manila le va minando la vida a uno de los más geniales escritores del siglo XX. Escribe entregado a la melancolía y vuelve a España en un avión medicalizado y se encuentra en sus paisajes azules de la Castilla invernal. Ya en marcha, el conductor de la ambulancia cierra su ventanilla y Foxá le suplica: «No, por favor, quiero respirar por última vez el aire azul de Guadarrama».
Unos meses más tarde fallece.
La tristeza y la melancolía es para los hombres y mujeres que sienten y la alegría en exceso es una ordinariez.
El otoño no es para tontos.