Franco y la alternativa
La otra opción para España en los años 30 era una dictadura comunista, la quiebra territorial y la entrada en la II Guerra Mundial bajo la férula soviética
Es una osadía que un gacetillero de clase media como yo se lance a hacer un balance de la figura de Franco, porque es la tarea de los historiadores, y en España los hay excelentes. Pero dado el interesado barullo guerracivilista que ha montado el Gobierno con el 50 aniversario de su muerte, tal vez tenga algún interés la visión de un español de a pie de la quinta del 64.
La Segunda República fue un experimento fallido, boicoteada desde dentro por sus propios promotores –el PSOE en la revolución del 34–, por los separatistas –declaración de la República catalana de Companys– e incapaz siquiera de garantizar su propia legalidad. Sus últimos días resultaron una calamidad, con crímenes como el asesinato de uno de los líderes de la oposición, el diputado monárquico Calvo Sotelo, tiroteado a bocajarro por un militante socialista con apoyo de la Guardia de Asalto. El Frente Popular auspició además una atroz persecución religiosa, que degeneraría en la espeluznante matanza de unos siete mil mártires católicos.
La crisis española de los años treinta hay que entenderla, además en su contexto, el del gran combate de las ideologías totalitarias y autoritarias de derecha e izquierda que fermentaron con el malestar social que siguió a la crisis del 29. En realidad, la España de los años treinta es como una suerte de laboratorio del choque ideológico que llevó a la Segunda Guerra Mundial.
Y aquí aparece Franco. Un militar ferrolano de carácter frío, desconfiado y más bien lacónico, que traía fama de valiente de las guerras africanas, que había alcanzado el generalato a edad tempranísima y que durante la fase media de la II República no se había significado políticamente (de hecho, había contribuido a frenar la Revolución de Asturias dirigiendo a las tropas allí desplegadas). Católico y monárquico –aunque con él mismo como rey durante 40 años–, Franco reacciona contra el descontrol absoluto de la República. En realidad aquello ya no era una democracia, pues ni siquiera se respetaba el dictamen de las urnas y la integridad física del adversario. España aceleraba hacia una tiranía comunista del Frente Popular bajo la férula soviética. La moderación, por desgracia, se había convertido en una utopía. Cuentan que cuando a Churchill le preguntaban por qué no había posicionado a los aliados contra Franco, respondía así: «Porque, si yo fuese español, a mí aquellos comunistas me habrían matado».
La Guerra Civil fue una escabechina, donde entre el desconcierto y estruendo de las acciones bélicas brotaron muchas veces los más bajos y violentos instintos humanos (también hubo algunas acciones de bondad y heroísmo maravillosas). Los dos frentes reprimieron con dureza inflexible a sus enemigos y se cometieron miles y miles de crímenes contra civiles inocentes. Con el pretexto ideológico, muchos vecinos aprovecharon la guerra para ventilar a tiros viejas rencillas y envidias locales.
Tras ganar la Guerra Civil, Franco inicia un durísimo ajuste de cuentas (no mayor que el que habría llevado a cabo el otro bando de haberse impuesto).
España evita convertirse en una dictadura comunista, siempre más lesiva que una de derechas, porque en el socialismo a la mutilación de las libertades políticas se le suma la liquidación de las económicas. Franco tiene la escurridiza habilidad de ahorrarle a una España destrozada el pasar por la batidora de la II Guerra Mundial. Su Gobierno es en una primera fase autárquico, estatista y proteccionista. Su Fuero del Trabajo del 38, leído hoy, nos sorprende con algún párrafo tan protector del obrero que no desluciría en un programa de Podemos.
Con el país machacado y una guerra planetaria en curso, España sufre durante sus comatosos años cuarenta. Pero a finales de los cincuenta se produce un giro. Estados Unidos da luz verde al régimen, hasta entonces un paria internacional. Se deja atrás la férrea fórmula autárquica y antiliberal y con los ministros tecnócratas se va a abriendo la economía. Los sesenta son un éxito. Se forja una clase media, se acometen importantes obras públicas, que se suman a los programas de vivienda estatal que ya caracterizaban al régimen.
Llegado el inicio de los años setenta, España es en realidad un país de dos caras, con una libertad en la calle que no concuerda con su todavía dictatorial modelo político de «caudillo providencial». Creo que el franquismo tendría mejor consideración si la Transición se hubiese acometido ya en los sesenta. A Franco le sobraron al menos quince años.
La gran contribución de Franco, un nacionalista español, fue que desactivó por completo durante cuarenta años el problema que más le quitaba el sueño, la amenaza separatista, que era –y es– el auténtico virus endémico de España.
Franco tiene muchas sombras –me apena que mis padres no hubiesen disfrutado en su juventud de las libertades políticas y de expresión que para mí han sido ya algo natural–, y tiene sus luces, la principal es que la alternativa que se presentaba era terrible: España convertida en un país satélite del estalinismo, algo que evitó.
Pero de todo esto no se puede hablar mínimamente en serio hoy en España, ni en los foros públicos ni en las mesas familiares y amicales, porque un Gobierno de coalición de socialistas y comunistas sostenido por los separatistas ha impuesto una lectura única y maniquea de la historia (lo cual constituye, por supuesto, un comportamiento dictatorial).
Por último, me gustaría que hoy, en vez de estar celebrando la muerte de una persona, se estuviese festejando que tras su fallecimiento los españoles se dieron la mano para abrir una etapa de gran éxito y cierta concordia (por cierto, el dictador murió en la cama, por eso la izquierda quiere derrotarlo ahora, 50 años después de muerto). La democracia de Juan Carlos I supuso una época de ilusión, en la que el país avanzó de manera extraordinaria, aun teniendo que soportar el dolor de un terrorismo separatista salvaje y tenaz, que hoy, en sarcástica y cruel pirueta de la historia, tiene a sus herederos como socios preferentes del Gobierno del PSOE (el partido repetidamente felón que en su hora intentó acabar con la II República y que ahora la glorifica con un cinismo desacomplejado).
En resumen, la vida discurre en escala de grises, los hechos tienen su contexto y no se puede imponer a capón una lectura resentida y doctrinaria del pasado, que ha envenenado innecesariamente nuestra sociedad.