Fundado en 1910
Cosas que pasanAlfonso Ussía

Navidad azul

Luisito estaba de un lado contento y del otro triste, porque su coche azul, del Paraíso de los Niños, permanecía en el escaparate. Se sentó en un banco y asumió toda la alegría y tristeza que se resume en cada Navidad. Y cuál sería su sorpresa cuando vio al niño pobre tirando de una cuerda el coche azul de sus ilusiones

Desde que tengo memoria no recuerdo durante mi infancia ninguna Navidad azul. Madrid era una ciudad con neblinas, existían los bulevares y el frío se soportaba con las ilusiones. Quizá fue la última vez que vi a la pastora de pavos subir y bajar al mando de su vara con una veintena de pavos para la Navidad. Madrid a veces adquiría el color marrón de las sotanas de los carmelitas, siempre con el Padre Joaquín Guasch a la cabeza. Los coches en su mayoría eran importados, hasta que el milagro industrial convirtió a España en una gran empresa automovilística. La SEAT: Sociedad Española de Automóviles de Turismo.

El color azul se mete aquí de rondón por una escena que nada tiene que ver con el frío y las melancolías.

Luis no pudo apurar durante más tiempo su conocimiento de que existían los Reyes Magos. Pero tenía una ilusión. Un coche de pedales que se exhibía en el escaparate del 'Paraíso de los Niños' en la calle de Serrano. La confusión la disipó su padre cuando le dijo: «Luisito, somos padres, pero no tontos. Coge el dinero que cuesta el coche azul –su Navidad azul–, y baja a comprarlo a la tienda». Y Luisito, en lugar de argumentar a favor de los Reyes, se vio obligado a reconocer que llevaba más de tres años conociendo el misterio. Bajó por la calle de Ayala hasta Serrano. En nada se parecían los comercios de aquel tiempo a los de ahora. Y en apenas dos manzanas, se podía optar a diversas pastelerías, como la invencible Mallorca, Neguri –con el más malhumorado y antipático de los dependientes de cualquier local–, El Riojano, Mónico, y toda suerte de bares y tabernas de las cuales aún se mantienen algunas y a los que hay que acudir con el respeto que merece cualquier panteón egipcio o castellano de los años gloriosos. Al llegar a la esquina de Ayala con Serrano, se encontró con un niño que estaba pidiendo limosnas y aguinaldos. Luisito era muy bueno, aunque no creyera en los Reyes, y la bondad venció a la ilusión. «Mientras yo me voy a gastar el dinero en un regalo que no sé si merezco, este niño lo que está es pidiendo dinero para poder cenar en Navidad un poquito mejor que el resto de los días».

Y le dio el dinero.

Luisito estaba de un lado contento y del otro triste, porque su coche azul, del 'Paraíso de los Niños', permanecía en el escaparate. Se sentó en un banco y asumió toda la alegría y tristeza que se resume en cada Navidad. Y cuál sería su sorpresa cuando vio al niño pobre tirando de una cuerda el coche azul de sus ilusiones.

Porque no está medido el baremo de frustración o de generosidad de los niños. Al fin y al cabo, aquel niño se llevaba el único regalo que había recibido en su vida. Y a él le sobraba todo.

Llegó a su casa sin el coche azul, sin su Navidad azul. Y sus padres, conmovidos, le dieron el dinero que costaba el coche a pedales de sus ilusiones. Pero al llegar al 'Paraíso de los Niños', el coche lo había comprado, un niño sucio y aterido de frío y no había repuesto.

Quizá ese fue el único golpe de brillo, de luz y de color en aquella Navidad, donde las paveras subían Ayala arriba hacia los bulevares de Velázquez, vendiendo a voz en grito, uno a uno, sus pavos. Pero fue una Navidad con luz propia.