¿Sydney Sweeney o Irene Montero?
Como varón, heterosexual, blanco y omnívoro, asumo mi derrota y me reconozco incapaz de entender los matices del neofeminismo excluyente y excarcelador
Se murió Fernando Esteso y en Televisión Española, para despedirlo, recuperaron parte de su última entrevista en el ente. Allí, hablando de la canción La Ramona, hilarante e hiperbólica, una joven presentadora le decía que esa letra hoy sería body shaming. Para los que no estén muy puestos en esta neolengua, el body shaming consiste en criticar o avergonzar a alguien por su apariencia física. No especifican si esa persona (en este caso La Ramona) tiene que existir o si también está feo hacer chanza con personajes ficticios.
El caso es que esa reflexión volvió a sacudir los cimientos de mi hombría. Yo, que me tenía por un hombre de mi generación, moderno, que pone lavadoras y las tiende, que sabe a cuánto está el kilo de plátanos y que separa el vidrio de los plásticos, me sentí de nuevo en la caverna. Nunca pensé que la canción La Ramona fuese condenable. Siempre me pareció una hipérbole graciosa y, hasta cierto punto, amable. De hecho, el estribillo dice «Ramona, te quiero», no dice «Ramona, haz pesas» o «vete al endocrino».
Así que lo confieso: como varón, heterosexual, blanco y omnívoro, asumo mi derrota y me reconozco incapaz de entender los matices del neofeminismo excluyente y excarcelador. Pido disculpas por ello, pero es que me ocurre con muchas más cosas. No entiendo que Luis Rubiales sea un «peligro» para las mujeres y no Irene Montero, que mejoró la situación procesal de cientos de violadores y pederastas. Tampoco entiendo que llamen «machista» a Santiago Abascal quienes tendieron la mano a Paco Salazar sabiendo lo que hacía. No comprendo, por ejemplo (esta es mi favorita) que el topless de Amaral en un concierto sea empoderamiento femenino y la publicidad de Sydney Sweeney en vaqueros sumisión al patriarcado.
Tampoco llego a entender que el mismo feminismo que asalta capillas en ropa interior –Rita Maestre– nos haya dejado sin azafatas en el Tour de Francia o en las carreras de coches. Esas chicas de la sombrilla, al menos, llevaban camiseta y no le hacían daño a nadie. Empiezo a pensar que el problema no es de feminismo, sino de envidia.
Por cosas como estas, resulta igualmente incomprensible que el Ministerio de Igualdad defienda el uso del velo islámico en los colegios. Pocas expresiones de desigualdad más grandes que tapar el pelo a las niñas en edad de estudiar. Luego llegará la Navidad y harán «huelga de juguetes» contra el sexismo, y te dirán que le compres una Nancy a tu sobrino para no «cronificar roles de género». Y llegará la selectividad y pondrán el grito en el cielo porque Enfermería se llena de mujeres y no de hombres, que prefieren Ingeniería de Minas. Lo de siempre: tabarra ideológica a los de aquí. Pero con Mahoma no hay pelotas.