Fundado en 1910
Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Soy del siglo XX y confieso que no los aguanto

Nuevas generaciones de españoles se muestran cada vez más yoyoístas, obsesionadas con el bienestar de sus ombligos hipertrofiados y ajenas a los demás

Iba con un poco de prisa y bajé a comer algo cerca del periódico, a una taberna japonesa recomendada por los legendarios Nikis, Ángel y David, los excelentes diseñadores de El Debate, que ajenos al peso de las canas y el glorioso empuje de los bandullos se mantienen fieles a la preceptiva camiseta de los gurús digitales (como aquel hacker pillín de la Telefónica de Pallete, que cobraba como un CEO y vestía como el batería de Pearl Jam).

A mi amigo Ángel lo tengo catalogado como terrorista gastronómico, pues es capaz de proclamar que la hamburguesa Chingona del KFC, todo un homenaje a la colesterolemia, supone un delicado manjar. Pero aun así, y anteponiendo la esperanza a la experiencia, me fui al japo que recomienda. Dado su nombre impronunciable, lo apodamos El Kochinilla, aunque la verdad es que está limpio y se come bien (y a precio no snob).

Como en tantos locales de la hostelería actual, las mesas se encuentran muy pegadas. Incluso si estás cada vez más tapia del oído, como es mi caso, puedes seguir las conversaciones de tus vecinos lo quieras o no. A mi vera compartían mesa –espartana y sin mantel– una chica en la veintena, de acento hispanoamericano y gorra de beisbol bien calada (igual se protegía de la luz de la bombilla) y un hombre español de barba, en el final de la treintena o la primera cuarentena. A tenor de su charla, que era imposible no escuchar, pues zampaban al lado de mi oreja, el tío era una suerte de psicólogo.

Durante media hora larga asistí a una conversación sobre «bienestar» y el «crecimiento personal», esfuerzo por el que el local debería haberme invitado a la comida:

«He llegado a un punto en que priorizo mi crecimiento sobre las urgencias de lo inmediato», decía la chavala muy orgullosa de sí misma, tan seria y solemne como si estuviese redescubriendo la Teoría de la Relatividad.

«Sí, hay que priorizar los cuidados. Yo por ejemplo pospongo muchas veces completar alguna tarea del día para ganar espacios de calidad», refrendaba el barbado psicólogo. «Para mí la clave está en alcanzar el equilibrio y limitar al máximo las ocasiones de estrés», continuaba ella. «Sí, desde luego –concordaba el gurú–, se trata de actuar siempre con una perspectiva donde el crecimiento personal esté por delante de una autoexigencia que nos desgasta y cosifica».

«Vaya par de petardos», me dije para mis adentros. Y me quedé pensando en qué diría mi padre, que soportó los golpes de mar del Gran Sol para sacarnos adelante y progresar en la vida, si asistiese a esa conversación ombliguista, donde el gran yo hipertrofiado se imponía a cualquier otra consideración.

Voy a ser tan carca como políticamente incorrecto: soy del siglo XX y no los aguanto. No puedo con el victimismo egoísta de buena parte de la nueva generación de españoles del XXI, con su énfasis en sus yoes, su desinterés por los demás, su hedonismo escapista de «los viajes» y «las redes», su falta de compromiso para asumir la responsabilidad de construir una familia (la excusa es la vivienda, como si a nuestros abuelos, que vivieron en una España mucho más depauperada, se las regalasen en la tómbola).

No se puede construir un gran país con gente sin ambición de prosperar ni deseo que su descendencia pueda vivir mejor que ellos (y no su gato y su perro). No se puede construir un gran país con personas instaladas en la adolescencia perpetua. No se puede construir un gran país con ciudadanos que no ayudan al que tienen al lado, pero a los que les chifla «cooperar» en África y volver con una buena colección de fotos para alardear en Instagram. No se puede construir un gran país si vamos todo el día de víctimas, si partimos de la base de que en esta vida no podemos hacer nada, porque todas las cartas están ya repartidas y marcadas. No se puede construir un gran país desde la cursilería new age más hueca, desde una charlatanería de manual facilón de autoayuda y con el apartamiento de Dios de nuestras vidas.

La gente está muy sola, aislada tras sus pantallas, con amigos virtuales y bastante desesperanzada. Y el narcisismo del híper YO sólo empeora el problema.