La tristeza que edifica
La tristeza es el precio de nuestra conciencia y una forma de fidelidad al origen, a lo real, a lo que fue y no pudo ser de otro modo. No es una enfermedad del alma, sino una señal de que el alma sigue viva y puede amar más y mejor
«Cuando me viene al recuerdo la funesta imagen de aquella noche, en la que transcurrieron mis últimos momentos en Roma, cuando recuerdo la noche en la que abandoné a tantos seres queridos, todavía ahora se me escurren las lágrimas de los ojos». Así comienza Ovidio la tercera elegía de sus Tristia, desde el desgarro del exilio.
Hace unos días, el testimonio de una alumna en clase sobre su enfermedad, nos estremeció hasta el llanto, ese que irrumpe sin permiso cuando lo verdadero nos atraviesa. Entonces recordé una frase que escuché una vez: «en las mujeres, el llanto es un argumento más». Es muy posible que haya algo de verdad, pero también de burla, lo que revela cierta incapacidad contemporánea para comprender la esencia misma de la tristeza. Seguro que tanto hombres como mujeres hemos llorado sin pretender por ello convencer a nadie. La pena nos desarma, nos quiebra por dentro al tiempo que, misteriosamente, nos construye.
Vivimos en una época donde no cabe la tristeza. Solo parece tolerable en privado, como si fuera una falta de educación pública. Incluso a solas incomoda: se patologiza, se silencia o se corrige con prisa, porque la tristeza no encaja en una cultura que exhibe perfección. Se vende felicidad a raudales: éxito autoimpuesto, bienestar edulcorado. Todo brillo ha de relucir, pero es volátil, vaporoso. Hasta nuestros sentimientos, livianos y huidizos en esta tierra de «charanga y pandereta» que describía Machado. Sin embargo, nada nos puede arrebatar el hondo pesar del corazón ante la tragedia, la muerte o el drama del mal. Asistimos al espectáculo de un mundo cuyos cimientos tiemblan bajo nuestros pies, entre tanto ruido, por las muchas mentiras dichas en voz alta para no escuchar el silencio, el grito o el dolor.
Con todo, la tristeza, nos devuelve a la verdad de lo que somos. Nos recuerda de qué pasta estamos hechos. Quien no ha llorado nunca no ha descendido al inframundo ni para rescatar a Perséfone ni para rescatarse a sí mismo. No ha atravesado la noche. Solo quien se ha hundido en el barro conoce la altura. «Del lodo nacen las flores, más altas, más altas», canta Xoel López.
La tristeza es el nervio secreto por el que en nuestra vida se cuela el misterio. Y el misterio da vértigo. No porque sea oscuro, sino porque nos priva de control. Hay en la tristeza un abandono que no depende de nuestra voluntad, una rendición que no es de este mundo, ni queriéndola ni resistiéndola. Hay también una ternura tan frágil que nos asusta, porque da valor infinito a lo pequeño e insignificante. Ilumina lo nimio, aquello en lo que casi nadie repara. Nos recuerda que en nuestra fragilidad resuena un eco, un amor mayor, un canto lejano, una promesa de gozo que el mal intenta ensombrecer sin conseguirlo. La tristeza, de hecho, lo destapa, le quita poder, porque expresa la resistencia a privarnos de la verdad, el bien y la belleza. Es reacción al vacío, a la mentira de que nada importa, a la tentación de la indiferencia. Llorar es decir que algo merece ser amado hasta el infinito, porque es valioso.
La tristeza canta la eternidad. No es casual que las Tristia de Ovidio se convirtieran en canon, palabra nacida del exilio, escritura como forma de supervivencia, memoria de un mundo en ruinas que, sin embargo, sigue siendo amado. Hoy resulta difícil añorar lo perdido, pues todo está a nuestro alcance y, sin embargo, nos falta lo esencial, ese amor hondo y doliente que solo puede nombrarse con lágrimas: el sufrimiento por un hijo, la memoria del padre ausente, la enfermedad que nos visita, la juventud perdida, el amor truncado… Pero no toda tristeza nace del amor. Hay una que guarda memoria de lo amado y abre a la compasión; la otra, cerrada sobre el propio yo, tórnase estéril, derivando en acedía. Es la primera la que puede convivir con la verdadera alegría –del latín laetitia, que significa gozo, fecundidad, dicha–, pues la conciencia del dolor no impide que el alma se abra a su horizonte luminoso.
Nostalgia y tristeza caminan juntas: el mar que un día fue más azul, la ingenuidad de amar a quien no lo merecía, los primeros tomates del huerto, la paella del domingo, la risa de los niños… La tristeza es la conciencia del tiempo que se agota, pero también de su peso en el cielo, que resuena a modo de pregunta: ¿habremos amado lo suficiente? Esa es la única pregunta que debemos a la tristeza. Y eso nos aterra.
La tristeza es el precio de nuestra conciencia y una forma de fidelidad al origen, a lo real, a lo que fue y no pudo ser de otro modo. No es una enfermedad del alma, sino una señal de que el alma sigue viva y puede amar más y mejor.
Jesús habría llorado en Belén cuando niño. Lloró por su amigo Lázaro (Juan 11:35). Lloró por Jerusalén, al ver la dureza de su corazón rechazando su amor infinito (Lc 19, 41-48). Pero fue en Getsemaní donde su tristeza alcanzó su horizonte más intenso: «Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz» (Mt 26:39). Conocía su misión. La había aceptado. ¿Por qué lloró, entonces? (Lc 22:44). Su angustia nombra la ansiedad y el miedo ante el dolor físico y espiritual que estaba por venir. Es un miedo profundamente humano, pero su sufrimiento no es huida, sino expresión de la tensión extrema entre el deseo de vivir y la aceptación libre de la muerte. Su llanto es testimonio de compasión –del latín cum-passio, que significa «sufrir con»–, inaugurando un horizonte nuevo: llora amando y llorando ama.
Permitámonos, pues, estar tristes, porque ocultar o maquillar la tristeza ante lo que sucede es una forma de morir por dentro. Y no hemos sido creados para morir sino para vivir, aunque duela –porque duele–. Es parte del viaje que hace posible abrir el corazón al amor y, con él, a la vereda secreta de la alegría.
- Feliciana Merino Escalera es profesora adjunta del Departamento de Humanidades UCH-CEU Elche