Fundado en 1910

Paseando por las ciudades, a algunos nos gusta recorrer lugares que pisaron personajes históricos, o descubrir los secretos de edificios que nos llaman. En Londres me he tomado pintas en el cavernoso 'Ye Olde Cheshire Cheese', un pub de Fleet Street fundado en 1538, donde todavía le guardan mesa al Doctor Johnson, que en el XVIII tenía allí su tertulia clarividente y beoda junto a su biógrafo, el inteligente zángano Boswell. En La Coruña, cuando subo los peldaños pétreos y gastados de la vieja escalera con arco junto al hotel Finisterre me gusta recordar que los pisó el joven emperador Carlos I, cuando el 20 de mayo de 1520 zarpó rumbo a Flandes tras haber celebrado cortes en la ciudad atlántica. En Madrid he buscado el espíritu de nuestro genio de la música, Tomás Luis de Victoria, en el monasterio de las Descalzas Reales, donde puede que esté enterrado (y me quedé decepcionado al percibir el desdén de la guía).

Aunque he vivido tiempo y a gusto en Madrid, hay bastantes cosas de su historia, grande y pequeña, que por desgracia ignoro, o conozco de manera liviana. Muchas veces me había llamado la atención un extenso edificio de ladrillo rojizo, de varias naves y arquitectura neomudéjar, que se levanta en la calle José Abascal, en el barrio de Chamberí, hoy caro y de moda. En su puerta, una pequeña placa reza escueta: Casa San Vicente. «¿Qué hay en este edificio?», pregunté al portero de la garita. «Es la residencia de las monjas de la Caridad». Quise saber algo más. Y esto es lo que me encontré:

En 1904, Nicolasa Alcántara, marquesa de Vallejo, viuda y heredera de mucho dinero, observaba descorazonada las penalidades de la gente humilde que se estaba instalando en Chamberí, por entonces en plena expansión. Así que decidió levantar allí un gran Hospital de Convalecientes. Al frente se pusieron las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl y fue inaugurado en 1909 por la reina María Cristina.

Con la llegada del Frente Popular, el edificio fue incautado y dentro de sus muros se produjeron escalofriantes salvajadas, como la que sufrió el hoy beato José Ibáñez Mayandía, del que jamás oirán hablar en la memoria oficial de aquellos años truculentos.

Ibáñez, fuerte y de apariencia chaparra, con gafitas y un ojo vago que le hacía parecer un poco tuerto, era un misionero paúl aragonés, nacido en 1877 en Puebla de Híjar (Teruel). Había predicado por media España, de Cádiz a Orense, pasando por su tierra natal y por Burgos, amén de dos años destinado en Marruecos. En 1936 ejercía como superior en funciones de la Casa Provincial de la Congregación de las Misiones. En aquel verano del 36, el clero sufría ya una implacable persecución. Los que podían intentaban sobrevivir buscando refugio a salto de mata. Pero el clima social se había deteriorado tanto que muchos se preparaban rezando para un martirio que veían inevitable. Para José Ibáñez, ese castigo comenzó al despuntar el 25 de julio del 36, al día siguiente de que hubiese dispersado a los misioneros que tenía a su cargo para intentar salvar sus vidas.

Vestido de seglar, el cura se presentó a las seis de la mañana en el hospital de las hermanas de la caridad, que había sido ocupado por los milicianos republicanos, con una checa en uno de sus edificios adyacentes. Al entrar, le dieron el alto y le preguntaron a dónde iba. Respondió con la verdad: «A dar Misa a las monjas». Uno de los milicianos le metió una pistola en un bolsillo y acto seguido la extrajo y se la mostró con mofa: «¿Y esto que llevas aquí es para las avemarías?». Ahí comenzó la historia del doble martirio del sacerdote José Ibáñez, de 59 años. Unos adolescentes lo apalearon y luego los milicianos se lo llevaron al Ateneo Libertario, situado en el espacio que habían ocupado las Escuelas Católicas. Lo hicieron desfilar frente a los ventanales, desnudo y con las manos atadas, para que lo viesen los enfermos y algunas monjas supervivientes. De allí lo trasladaron a la Dehesa de la Villa para descerrajarle por la noche unos tiros.

Al día siguiente, el 26 de julio, los milicianos llevaban a otro cura para matarlo en el mismo lugar cuando en el linde de la Dehesa, en la calle Francos Rodríguez, vieron a Ibáñez, que había sobrevivido a los balazos y transitaba herido. Se lo llevaron de nuevo a la checa del Ateneo Libertario y esta vez se cercioraron de la manera más sádica de que todo saliese bien. Un miliciano, carnicero de oficio, lo descuartizó vivo. Ese día fueron asesinados 25 clérigos más en toda España.

Hoy las monjas de la caridad viven de nuevo en el edificio de tan espantosos recuerdos, donde dirigen un colegio que se anuncia en su fachada con un cartel moderno y colorista, con un lema que suena a jerga de este tiempo: «Cuidarnos». Contemplo la fachada sólida de los edificios, la serenidad que envuelve el recinto, el pequeño oasis de su jardín. Y me asombra pensar en las barbaridades que allí, y en tantos lugares de España, se cometieron por fanatismo político y puro odio. Una persecución de cristianos sin parangón en Europa, borrada por una memoria oficial maniquea, sesgada y absurda, impuesta por un gobernante divisivo y amoral.

Me alejo del edificio mudéjar de ladrillo pensando en cómo pudimos caer los españoles en aquella violencia nihilista, sin traba alguna, y casi sin darme cuenta desemboco en Ponzano, ahora una bulliciosa calle de tapeo. La gente bebe alegre en los bares, ajena a las tinieblas de un pasado cuyo recuerdo se ha empezado a perseguir.