Ahora sí, Mónica Oltra
Ahora vamos a tener constancia de cómo Oltra nos trasladó unas exigencias morales que, una tras otra, vulneró a la chita callando. Incluso fue mucho más allá: la jueza le acusa de prevaricación, malversación, delito contra la integridad moral, omisión del deber de perseguir delitos, encubrimiento y abandono de menores
La devastadora dana, las 230 víctimas que dejó y la campaña orquestada por la izquierda para acabar civilmente con Carlos Mazón –que no se lo puso precisamente difícil con su nefasta gestión en las horas críticas– nos han hecho olvidar que a ese gobierno del PP le precedió otro de la izquierda plagado de irregularidades, políticas sectarias –la primera no acometer por razones ideológicas las obras hidráulicas que hubieran aminorado los efectos de la riada– y, para rematar, casos nauseabundos. Con Ximo Puig –hoy premiado por Pedro con la embajada española ante la OCDE a 130.000 euros la cómoda poltrona- y Mónica Oltra, su «número dos», la política valenciana no pudo caer más bajo.
El expresidente autonómico tiene a su hermano enfangado en negocios pestilentes, pero la que fue su segunda es mi favorita: Mónica Oltra, a la que el juzgado de instrucción número 15 de Valencia acaba de citar, junto a otros doce cargos más de su Consejería, para la apertura de juicio oral, no por un quítame estas comisiones, tampoco por fraude fiscal, ni por un caso de cohecho, sino por el presunto encubrimiento de abusos sexuales a una menor tutelada, cometidos ¿por quién?, pues por el exmarido de la vicepresidenta valenciana en aquellos años 2016 y 2017, cuando era educador en un centro con plazas públicas concertadas.
Después de varios dimes y diretes judiciales y la negativa de la Fiscalía de acusar, esta señora, que nos la vendían como un mirlo blanco en el equipo de Yolanda Díaz, con la otra Mónica (García) de compañera de filas —¿qué podía salir mal con este elenco?— está investigada por un putrefacto asunto. A ella, como a Ximo, las hordas que dictan sentencia y mandan al paredón mediático a los adversarios políticos (Oltra se hizo un máster en ejecuciones civiles contra Rita Barberá), todavía la protegen. Los dos máximos dirigentes que antecedieron a Mazón eran de los que predicaban que venían a regenerar la política de su comunidad, pero nunca como con ellos estuvo tan mugrienta. A ver si empieza a hacerse justicia con ambos. Oltra se sentará pronto en el banquillo.
Es difícil no recordar a esta dirigente de Compromís. Yo coincidía mucho con ella en los platós de televisión durante los años de la crisis económica. La susodicha oreaba el discurso antisistema de los Iglesias y compañía. Cuando tomó confianza con el medio, empezó a ser fija del pinganillo: es decir, no había tema –de Valencia a Irak– que no mereciera la valoración de la entonces diputada de la oposición. Las elecciones autonómicas y municipales de 2015 se acercaban y Oltra era todo un reclamo populista. Desde las Cortes Valencianas, entraba en dúplex para poner pingando a Barberá, Camps o Fabra. Cierto es que la corrupción popular no daba tregua, pero eso tanto le daba a Mónica. Su objetivo era hurgar en la herida de la angustia de España en esa devastadora crisis que Zapatero ahondó. Y así sacar rédito electoral.
Terminó engañando a los valencianos y se dedicó durante su gestión como vicepresidenta a tapar comportamientos nauseabundos de un familiar. Hubo que echarla de la Generalitat valenciana con agua caliente y prometió volver si su expediente quedaba limpio. Sigue sucio, muy sucio, y lo vamos a ver. La feminista torpedeó las denuncias sobre los abusos a una menor tutelada, es decir, cuya protección era su responsabilidad directa.
Mientras machacaba a otra mujer, Rita Barberá, mientras daba lecciones de feminismo y se erigía en el puente que unía a dos líderes planetarios como Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, resulta que tenía comportamientos abominables, que ahora se van a juzgar. Toda su verborrea sobre los servicios públicos, la igualdad de la mujer, la protección a los menores, la tolerancia cero hacia los abusos, las políticas progresistas, era solo chatarra ideológica. Ahora vamos a tener constancia de cómo Oltra nos trasladó unas exigencias morales que, una tras otra, vulneró a la chita callando. Incluso fue mucho más allá: la jueza le acusa de prevaricación, malversación, delito contra la integridad moral, omisión del deber de perseguir delitos, encubrimiento y abandono de menores. Será Oltra contra Oltra.