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Todo el mundo ha podido ver con sus propios ojos y escuchar con sus oídos propios la escena protagonizada por Vito Quiles y Sarah Santaolalla. El periodista, que no debería arrimarse en ese tono a nadie como tampoco otros que lo hacían y en su caso les daban Premios Ondas, le hace preguntas y comentarios impertinentes a la activista, invitada por el PSOE a un acto en el Senado.

Y ella, que le saluda con un desprecio a su aspecto físico apelando a supuestas infiltraciones de bótox, no responde a nada, con lógica, cruzan una serie de improperios tan cercanos al periodismo y la política como el canibalismo a la gastronomía, y se retira escoltada por un enjambre de personas. En un momento dado, Santaolalla dice a voz en grito que ha sido agredida, aunque la imagen desmiente esa acusación: Quiles nunca llega a acercarse y, en todo caso, al que le reprenden agresivamente es a él, con placajes dignos de ese noble deporte que es el rugby.

A partir de esa escena, vimos dos consecuencias: la de ella anunciando una denuncia, compareciendo brazo en cabestrillo en todas las televisiones de confianza y asegurando que los daños recibidos le impedirían trabajar durante un tiempo según un parte médico no exhibido.

Y la del Gobierno, todos los partidos de izquierdas, la totalidad del ecosistema sanchista y TVE mostrando su solidaridad y convirtiendo este episodio, y esto es lo importante, en la prueba de que todo el discurso de Sánchez sobre los peligros de la ultraderecha violenta era necesario y de que por eso hay que levantar un muro, poner pie en pared y evitar a toda costa la alternancia: Sarah y Quiles solo eran un medio y una excusa, una de manera consciente y el otro involuntaria, para justificar el ataque sistemático de todo un presidente a eso que llama «fachosfera» y, en realidad, es un Poder Judicial independiente, una prensa libre y crítica, una alternativa política legítima y una sociedad mayoritariamente contraria a él.

Lo que todos vimos también lo vieron el médico forense y el juez correspondiente, que acaban de frenar en seco el espectáculo: no procede orden de alejamiento alguna ni mucho menos detención y no existen lesiones de ningún tipo compatibles con las descritas por la denunciante. No solo es una denuncia falsa, pues también es una campaña explotada con un objetivo político que criminaliza a toda disidencia a Sánchez y hace una caricatura peligrosa y violenta de ella.

Me da pena Sarah, que fuera de los focos es divertida y encantadora, y me cuesta escribir estas líneas por razones de afecto personal pese a la abismal distancia política, profesional y generacional que nos separa. Pero la gravedad de los hechos y la utilización política de los mismos para sustentar una estrategia de acoso y derribo de los contrapoderes democráticos desde un Gobierno sin frenos y capaz de cargarse el Estado de derecho, al precio que sea, para salvarse de los escándalos que lo acorralan y dificultar la alternancia, obligan a ser rotundos e implacables.

Con el conocimiento de la aludida o simplemente con su frívola complicidad, lo que hemos visto es un obsceno montaje teledirigido o explotado por un poder político ya fraudulento, que opera al margen de la Constitución, desprecia al Parlamento, carece de mayoría en las urnas y en el Congreso, es sospechoso de las peores tropelías corruptas en el entorno más cercano a Sánchez, convierte en enemigos a los rivales, trata a media España con maneras guerracivilistas, destroza la imagen internacional del país por los cálculos electorales de un cacique y persigue a jueces, periodistas y guardias civiles para cerrarles la boca.

Todo ello con bulos, amplificados por medios públicos convertidos en formidables aparatos de propaganda, y estrategias de muerte civil y daño penal ensayadas con inocentes como Vito Quiles, cuya falta de modales no le convierte en ningún sicario violento y es consecuencia de la negativa del Gobierno a rendir cuentas, de manera rutinaria y obligatoria, ante la opinión pública y las instituciones de representación de la soberanía popular, a la que se le quiere hurtar con mentiras y acosos a todo aquello que le recuerde a Sánchez quién es, para qué está, qué precio tienen sus excesos y, en fin, en qué consiste una democracia en cabestrillo. Ella sí, y con daños severos que costará mucho curar.

Posdata. Sarah, cariño, no te dejes usar así. Si lo sigues haciendo, ya no es ingenuidad, es premeditación y no tiene nada de inocente. Una cosa es protestar por la irreverencia muy molesta de un reportero o los insultos de zopencos en las redes y otra inventarse una agresión para meter a un chaval en la cárcel y ayudarle a Sánchez en su relato falaz y peligroso de la ultraderecha, que ya para esta calamidad lo es todo. Y Vito, majo, bravo por tu arrojo para preguntar lo que otros no quieren y el poder no permite, pero no se sigue a nadie a ningún lado ni se dice una palabra más alta que otra: cuanto más se grita, menos se escucha.