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El 22 de diciembre pasado, los medios de tendencia conservadora acogieron con entusiasmo el resultado de las elecciones celebradas en Extremadura. La histórica victoria de la derecha con un 60 % de votos tenía un valor añadido, se producía en un feudo de trayectoria inquebrantablemente socialista y asomaba a la organización territorial del PSOE a las consecuencias dramáticas del rechazo que suscita la figura de Pedro Sánchez. Esta semana, dos meses y medio después de aquella euforia, Extremadura sigue sin gobierno.

Lo más probable, nos dicen, es que la situación se desatasque después de las elecciones de Castilla y León, pero lo mismo nos sugerían antes de los comicios en Aragón y los extremeños aún siguen esperando. La cuestión no es tanto hacer quinielas para averiguar cuándo se puede producir el deseable acuerdo, sino preguntarse por qué no ha sido posible todavía y lo que ello implica de cara al futuro.

Es difícil seguir el rastro de todas las excusas que Vox ha ido ofreciendo a lo largo de estas semanas para no pactar la investidura de Guardiola. Primero el problema era la extremeña, de la que hay que reconocer que sólo acierta cuando mantiene la boca cerrada, pero luego fueron Mercosur, los pactos en Europa, el documento marco del PP para las negociaciones, las filtraciones de los encuentros, las críticas de Aznar y finalmente, el problema ya no es Guardiola sino Génova y vuelta a empezar.

Cuando se inventan tantas excusas lo que se quiere esconder es la auténtica razón: Vox no quiere pactar con el PP. Probablemente lo acabe haciendo, pero será a regañadientes y arrastrando los pies. No discuto que tengan sus motivos: los hechos han demostrado que les va mucho mejor haciendo oposición a Feijóo que colaborando con él. A Vox le va muy bien, pero a España le va mal.

Durante muchos años hemos denunciado los pactos de la izquierda en ayuntamientos y comunidades autónomas que dejaban fuera del poder a candidatos de la derecha que venían de ganar las elecciones con ventajas abrumadoras. Decíamos entonces que no era democrático impedir que gobernara quien había sacado el 40 % de los votos y era claramente el candidato preferido por los ciudadanos.

Yo sigo pensando lo mismo, por eso critico que Vox haya sumado sus votos a la izquierda para bloquear la investidura de quien ha obtenido el 43 % de votos de los extremeños. Y me parece más absurdo aún que, después de dos meses y medio, nos digan que en cuestión de días votarán a favor de lo que hoy rechazan. Esto no es un castigo a María Guardiola, sino a los extremeños, que se convierten en rehenes de esta sobredosis de tacticismo.

Esta aversión al pacto solo la podemos interpretar como un anticipo de que los hipotéticos gobiernos, si llegan a constituirse, serán tortuosamente inestables. Quien bloquea por intereses tácticos la formación del único gobierno posible en Extremadura puede, por las mismas razones tácticas, tumbar ese gobierno. De hecho, eso es lo que ya ocurrió en el pasado, una orden de arriba acabó con los gobiernos de Aragón y Extremadura, en contra del criterio de los dirigentes de Vox en ambos territorios. Nadie garantiza que ahora no vuelva a repetirse.

Cuando España está arrasada moral, institucional y políticamente por estos años de sanchismo, resulta desmoralizador que los ciudadanos no consigan ver una alternativa sólida e ilusionante a este desastre solo por culpa de la pelea cainita en la derecha. Jamás tantos votos sirvieron para tan poco.