Mujeres de Teherán, mujeres de Madrid
Escucha ahora a esa cantarina marea regresiva de mujeres libres que ayer proclamaban su «no a la guerra». Lo que es lo mismo: su sí a la masacre, su sí a la esclavitud de las mujeres iraníes. Ser libre es exclusivo privilegio de mujeres europeas
Habrá, pues, de ser él quien hable de ellas: macho (o varón, menos rudo) de piel blanca, cierta edad y excelente memoria. Todavía. No serán, en Madrid, las que se dicen «hermanas» quienes pidan la cabeza de los clérigos que trocaron sus vidas en infierno a lo largo de 47 años. Mujeres de Teherán o de Ispahán. Vuestro dolor no cuenta en esta Europa de damas avenidas a ser ellas las únicas en merecer vida libre; en merecer ellas tan sólo el combate sin el cual no hay condición humana. La paz, la paz, dejadnos en paz, repiten. «¡No a la guerra!» Lo que es lo mismo: dejad en paz al ayatolá. Nadie debe hacer guerra al asesino de vuestra libertad, de vuestros sueños, de tantos cuerpos vuestros que quedaron en la calle, mujeres iraníes. Como despojos de bestias inmundas.
«Día del recuerdo: / os veo, os oigo, os siento». A todas las combatientes, aquellas a las que cantó Anna Ajmatova. Y para las que tejió «este vasto sudario / con las tristes palabras que de ellas oí». Porque resulta que este macho (o este varón, en menos rudo), hablante, blanco y memorioso, fue criatura de otro tiempo, de otro siglo e incluso de otro milenio, si es que uno quiere ponerse en exceso solemne. De otro espíritu y otros sueños: es el modo menos zafio de decirlo. Y vio lo que era este país, lo que era Europa, todavía a mediados del siglo veinte. Las mujeres votaron por primera vez en Francia en la primavera de 1945. En junio del 46, las italianas. Las belgas, en 1948. En 1956, las griegas. La civilizada Suiza contempla sólo el voto federal femenino desde el año 1971. En Portugal fue preciso esperar un quinquenio más. España fue, en eso, privilegiada: voto universal en 1931. E igualitariamente despojada luego: ni mujer ni hombre podían competir con la Gracia de Dios que adornaba al Caudillo y acuñaba sus monedas.
Este macho (o este varón, en menos rudo), meditabundo, blanco y memorioso, tuvo –avatares del tiempo– por coetáneas y amigas a mujeres –igual de jóvenes que él por aquellos años– que hicieron de «feminismo» algo más que una palabra: la certeza de que el concepto «ciudadano» es asexuado. Y que en nada que concierna a ley o espacio público pueden ser distinguidos varón y hembra. La ley construye un paradigma formal. Universalista. No ventajas para individuos ni clanes. Y esa abstracción universal es el escudo que evita los individuales abusos que se ejercen mediante atribución de privilegio estamentario. No hay grupos específicos que puedan concurrir ante la ley en términos desiguales: ni beneficiosos ni lesivos. La ciudadanía es la ficción jurídica de una igualdad formal, sin cuyas reglas sólo existe la barbarie. La barbarie teocrática de los ayatolás iraníes. Por ejemplo.
Este macho (o este varón, en menos rudo), septuagenario ahora, se juró entonces –y pensó que todos los suyos así se habían juramentado, y se equivocó– que nunca más toleraría el retorno al infierno de antes. Y que si fuere preciso hacer la guerra para conservar la indistinta libertad de todos, esa guerra habría valido la pena de ser dada. Aquí, en España. En Europa. También, en el último confín del airado planeta. Escucha ahora a esa cantarina marea regresiva de mujeres libres que ayer proclamaban su «no a la guerra». Lo que es lo mismo: su sí a la masacre, su sí a la esclavitud de las mujeres iraníes. Ser libre es exclusivo privilegio de mujeres europeas.
No es este ya mi mundo, se dice. Y eso lo desasosiega. También le alegra el día.