Diputados socialistas muestran retratos de víctimas de la Guerra Civil durante el pleno del Parlament balear que ha derogado este martes la Ley de Memoria Democrática, este martes en Palma.
El Parlament se mudó a la grada de Son Moix en un día de derrota
Entre memorialistas de trinchera y 'hooligans' de peluquería, la institución se despojó de su toga y se entregó entre insultos y exabruptos, al sainete del forofismo
Días animados, santo cielo, los que están viviendo los profesionales de la pancarta y flotilleras asociadas. Primero fue el domingo morado que tuvo el aditamento del «No a la guerra», y ayer la derogación de la Ley de Memoria Histórica. «Vente, me dijo la jefa, porque tenemos manifestación frente al parlamento». Llegado al lugar de los hechos, la concentración de damas y caballeros memorialistas no me pareció gran cosa. Profusión de aparatos electrónicos, pañuelos rojos -menos mal que en esa ocasión olvidaron la kefiya en casa- y la acostumbrada prédica de la señora Oliver, admirable en su tenacidad. A la entrada del supuesto templo de la democracia balear había más controles que de costumbre. Al principio no me dejaban ni entrar. «Por ser el día que es», me dijo una señorita muy poco amable.
-Por ser el día que es es por lo que vengo. ¿Acaso piensa que a mi edad estoy como para echar todas las mañanas de los martes aquí?
Al final me colocaron en el salón de los pasos perdidos, frente a una pantalla. El amplio recinto, en el que pasé tantas y tantas horas en los buenos tiempos, se llenó pronto de hooligans de uno y otro bando. «Yo he venido porque soy de Vox, para defender a los míos», contaba una señora que, a todas luces, había pasado por la peluquería antes de aprestarse a la defensa. También vi algunas camisetas verdes, eso de mezclar el trigémino con el introito tan propio de la izquierda. Pero los más ruidosos -se pudo comprobar nada más iniciarse el debate- eran los memorialistas, que no memoriosos. Pronto me apercibí de que Oliver había abandonado su trinchera callejera para hacerse presente en carne mortal en sede parlamentaria para organizar la «resistencia».
-Un acto que podemos hacer es que cuando entren «esos» les damos la espalda.
Hete aquí al sufrido periodista emparedado entre un mozalbete de Vox -correcto, todo hay que decirlo- y una señora muy exaltada que comentaba las «jugadas» a voz en grito. Pronto el salón se asemejó a una grada del estadio Son Moix en día de derrota, que son muchos. Las huestes contrarias a la derogación aplaudían a sus ídolos de la izquierda, principalmente a Negueruela, que salió enervado. Se apreciaba una notable mayoría de los memorialistas frente a las huestes de Vox, que no alteraban para nada el orden. «Revocar esta ley no era una cuestión urgente. Sí que debería haber sido reformada a través de un consenso para extirparle su componente sectario y hacerla extensiva a todas las víctimas». Quién eso me decía era un pepero que se encuentra en la reserva pasiva, que me recordó una de mis frases preferidas: «La centralidad política se ha convertido en un promontorio marino muy angosto rodeado de tiburones en el que a duras penas puedes sostenerte en pie».
Apenas pude seguir el debate por culpa de los gritos y exabruptos. La tensión iba subiendo de tono. Algún que otro disidente se movía entre las sillas, nervioso y agitado, como si la «tanda de penaltis» le sacara de sus casillas.
De nuevo en la calle estallaron los insultos contra los de Lessenne y Abascal. Creo que les llamaron porcs, pero no pude escucharlo con esas orejas que se han de comer los gusanos. Me acordé de un texto reciente de Julian Barnes: «Lo que consideramos un recuerdo es algo que hemos ido recordando frecuente o infrecuentemente, a lo largo de nuestra vida, y que ha ido mutando un poco hasta concretarse en una versión que nos convencemos de que es la verdadera».
Pero ayer casi nadie estaba para literatura.