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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

La pesadez como arma política

La pesadez fue lo que rompió las familias, los círculos de amigos, las asociaciones de antiguos alumnos, los clubes. Allá donde fueras había un tipo programado para impartir su coñazo de doctrinita, insensible a las evidencias de su error, presto a ofender y a acabar con tu aguante a base de repetir algún mantra

Habrán notado que los socialistas culpan a los adversarios de sus propios defectos, excesos y delitos. Si hubiera algo de ADN compartido entre el PSOE de Sánchez y el de Largo Caballero e Indalecio Prieto, sería esa fea manía, a la que no podemos llamar proyección freudiana pese a la tentación de tirar por lo fácil. En el mago austriaco, gran literato, la proyección es inconsciente. Lo de la banda de Ferraz es perfectamente consciente y constituye una de las formas más irritantes de la demagogia. Poco se examina la pesadez en política.

Las personas normales acabamos desconectando cuando alguien procede como la izquierda y los separatistas: machacando y machacando, bien una idea convertida en consigna, bien la acusación invertida de su infamia. Así como el niño insoportable repite cuanto dice su hermano, las organizaciones tramposas acusan al contrario, por sistema, de sus propias felonías. A veces, de sus felonías próximas: Sánchez ganó una moción de censura haciéndose el honrado. La meditación trascendental es aconsejable cuando gobierna la gente de progreso de todos los partidos. Tenerse por alguien de progreso activa, sabido es, una sensación de superioridad moral que no exige pruebas. Es más, resiste pruebas en contrario. Por eso practican el turismo de pobreza en Cuba, con tours de la miseria que acaban rindiendo homenaje a sus causantes.

Ahora bien. Es la pesadez de los separatistas catalanes, sus argumentos circulares, su repetición mecánica de ridículas trolas, su incapacidad de aprender, su incorregibilidad, lo que te acaba convenciendo de la inutilidad del verbo en ciertos casos. Pese a las noticias sobre el reciente cansancio de sí mismos, no me fío. Sé que sería lo lógico. ¿Cómo han podido aguantarlos en su casa? La pesadez fue lo que rompió las familias, los círculos de amigos, las asociaciones de antiguos alumnos, los clubes. Allá donde fueras había un tipo programado para impartir su coñazo de doctrinita, insensible a las evidencias de su error, presto a ofender y a acabar con tu aguante a base de repetir algún mantra.

Recuerdo un médico poseído que, en todas las visitas, me hablaba de los Länder alemanes. Insistía en su sujeción a la «ordinalidad fiscal», que quedaba asegurada con un límite a la contribución. Exclamaba, en trance, que ese modelo era el que Cataluña merecía. «Dada la injusticia que supone no reconocérnoslo, no nos queda más opción que la independencia». Intenté explicarle que sus informaciones sobre Alemania eran erróneas, pero en cada ocasión choqué con un pedrusco en bata blanca. La apuesta catalana por la pesadez máxima puede haber diezmado al separatismo si las noticias más recientes están en lo cierto y mi desconfianza de gato escaldado es injustificada. Lo roto, roto está, pero ojalá los chavales que suben desquicien a sus maestros sectarios e inmersores. Todo el tiempo. Sin respiro. Ojalá les repitan sus frases como chanza, ojalá les conduzcan al ataque de nervios. Solo los adolescentes pueden ser más pesados que los separatistas catalanes. Sería por una buena causa.

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