Límites de la política
Conviene no confundir con políticos a los asesinos, o a los ladrones, o a los delincuentes de toda laya que endulzan la infamia con alguna causa. Conviene no confundir con analistas a los reproductores de argumentarios, más parecidos a altavoces Marshall que a humanos
No es fácil hacerse una idea de lo que las mentes guardan bajo la etiqueta de «política». ¡Qué confuso montón de prejuicios, citas apócrifas, conceptos desconocidos y esgrimidos con autoridad! Nada en claro se sacaría nunca si la ordenación de la sociedad y la gestión de la cosa pública no fueran tan naturales para el colectivo humano como el carácter bípedo erguido. Del juego entre azar y necesidad sale todo. En ese todo está la política, una parte del mundo menos importante de lo que creen los generadores del imaginario. Su sobrevaloración es multicausal. Mira la memoria familiar, por ejemplo: puro sentimiento transmitido, con bases que puede ser del todo falsas, y aun así creídas a pies juntillas. Incluso por quien vivió los hechos originales.
Está la plaga del «todo es política» o «todo es político». Es curioso, el ejemplo más devastador de esa plaga que puedo identificar como vivido –no como imaginado ni sugerido– no tiene que ver con la izquierda sino con el nacionalismo catalán cuando se quitó la máscara y exhibió descarnadamente su secesionismo. Soy muy consciente de que el nacionalismo más atroz que ha conocido España es el de la ETA, un grupo de extrema izquierda. Vivir entre asesinos, cómplices y delatores, saberte objetivo de los terroristas si se te ocurre describir la realidad en sus términos, son experiencias tan traumáticas que, cuando se superan, producen ese tipo de personas de una pieza en las que siempre se puede depositar la confianza: un Juaristi, un Abascal, un Mayor Oreja. Ya me entienden.
Mi desdichada especialidad es menos traumática, aunque quizá no inferior en el grado de tortura mental que se inflige a quien no participa de la impudicia ambiente o es inmune a la epidemia de engreída idiocia. El separatismo catalán ha alumbrado a los tipos más pesados. Fue una combinación de azar, ignorancia y soberbia. Las dos últimas fomentadas por el hampa. Para sus zombies todo era político. El universo. Todo lo pensable, todo lo existente y lo que pudo haber existido guardaba inesperadas relaciones con su trola fundacional: la opresión de Cataluña por parte de España. Ya se ve, de entrada, que las categorías no se sostienen: lo de la parte y el todo, y tal.
Me cuentan que aquel arrebato ha pasado. Igual se avergüenzan como los del final de la novela El perfume, que se despiertan corridos tras la orgía y la desmesura, resueltos a no mencionar jamás lo ocurrido. La política como concepto manejable y civilizado, como espacio constructivo y de ordenación, dirigido al incremento paulatino de la libertad, la prosperidad y la seguridad, es en realidad completamente ajena a muchos de los que creen dedicarse a ella o a analizar sus avatares. Conviene no confundir con políticos a los asesinos, o a los ladrones, o a los delincuentes de toda laya que endulzan la infamia con alguna causa. Conviene no confundir con analistas a los reproductores de argumentarios, más parecidos a altavoces Marshall que a humanos.