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Larga cambiadaJavier Fernández-Mardomingo

Silvia, Marisol y Susan

María Soledad Iparraguirre, que primero fue Marisol y luego Anboto, está desde hace unos días poteando por su pueblo rodeada de amigos y viendo a los niños jugar en la calle. Donde jugaba Silvia cuando un coche bomba le estalló al lado hace veinticuatro años

Imagine una tarde de agosto. Imagine el mar. Imagine el verano de la costa alicantina cuando los días todavía son largos y las noches cortas y claras. Resulta sencillo marcharse allí por un momento, ¿verdad? Cerrar los ojos y oler el salitre. Notar la arena incluso en las plantas de los pies ahora que ha empezado la primavera y todos sentimos ese olor, ese sabor y ese tacto un poquito más cerca.

Imagine todo eso y ahora imagine que se desmorona en un segundo. Imagine a Silvia. Una niña de seis años jugando en aquel Santa Pola de 2002 en el que los niños en verano todavía jugaban en la calle. Imagine el estruendo y la metralla. Imagine el coche bomba. Imagine el silencio.

Lo llamaban ‘campaña de verano’, uno de los términos más vomitivos que se recuerdan en España. Como el del impuesto revolucionario. Que ni era impuesto ni era para la revolución. Una manera de extorsión que terminó con cientos de miles de personas fuera del País Vasco por miedo, hartazgo o cansancio de tener que cambiar de coche cada cierto tiempo. De tener que cambiar de ruta. De tener que mirar debajo y por el retrovisor cada vez que montaban y sentir que el corazón se detenía cuando giraban la llave.

De las dos cosas fue responsable Marisol. De las llamadas campañas de verano como máxima responsable militar de la banda terrorista y de lo que llamaban los comandos legales. Tipos no fichados. No identificados. Tipos y tipas que sabían a qué dirección enviar la carta en la que de manera muy educada te venían a decir que o pagabas y mirabas hacia otro lado o te pegaban un tiro en la nuca una mañana. O dos. Como a Estanislao Galíndez, que era cartero en Amurrio y dejó viuda y siete hijos en casa en junio del 85. Marisol también andaba por allí, aunque se cambió el nombre para aparecer como Anboto en los carteles y sumarse a una lista de pseudónimos que nos ha acompañado durante años como una de las listas más despreciables que hemos tenido que leer a lo largo de décadas en los periódicos.

Anboto, como Txeroki, Antza, Kantauri o Ternera, hoy viven acompañados y bien rodeados. Reciben homenajes y parabienes de sus gudaris en semilibertad mientras esta misma semana ha comenzado en Madrid un ciclo de charlas por colegios en los que participan los chavales de Ego Non. Son nietos de asesinados por estos verdugos para contar lo que pasó de verdad después de ir por institutos enseñando fotografías de Gregorio Ordóñez, Ortega Lara o Miguel Ángel Blanco y comprobar que nadie sabía quiénes eran ninguno de los tres.

María Soledad Iparraguirre, que primero fue Marisol y luego Anboto, está desde hace unos días poteando por su pueblo rodeada de amigos y viendo a los niños jugar en la calle. Donde jugaba Silvia cuando un coche bomba le estalló al lado hace veinticuatro años. Donde repartía Estanislao el correo en bicicleta cuando le llenaron la cabeza de plomo. Fue condenada por el segundo asesinato y se le va a interrogar de nuevo por el primero, una niña de solo seis años. Lo digo porque, como le preocupaba mucho en los últimos premios Goya a Susan Sarandon la situación de los presos vascos, igual alguien se lo puede contar.

Que le cuente que Anboto está en las tabernas rodeada de los suyos. Que le cuente que ni a ella ni al resto de liberados les falta trabajo ni sustento. Que le cuente que vuelve a ser Marisol y tiene una vida normal. No como Silvia, Estanislao y otras más de ochocientas personas que hoy ven desde alguna parte como los malos brindan con txakolí por una semilibertad que no debió llegar nunca.

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