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A vuelta de páginaFrancisco Rosell

'Begoñagate': para jueces, los de la China comunista de Xi Jinping

Sin embargo, a expensas de lo que resuelva la Audiencia de Madrid, el juez Peinado ha evidenciado que los enjuagues de Begoña Gómez, con La Moncloa como centro de operaciones y con el Consejo de Ministros como munificencia, rebasan el ámbito de lo ético

Mientras mariposeaba batiendo con sus alas toda la propaganda de comunista china y asumiendo la reivindicación de su Líder Supremo Xi Jinping de que Occidente renuncie en su favor a cuotas de representación en los organismos internacionales en su afán por alcanzar el liderazgo mundial antes de 2049, centenario de la República Popular, el alfilerazo del juez Peinado ha prendido al presidente Sánchez al tablón judicial de la corrupción familiar. Justo cuando el Tribunal Supremo ventila el primero de muchos agios que conciernen a su partido y a su Gobierno por el pago de coimas por las mascarillas del COVID con España confinada y sus ciudadanos muriendo a cascoporro.

Autoasignándose ambos el lado bueno de la historia, según propia confesión del tirano asiático y su agente político en Europa, a la espera tal vez de ser en el futuro su procurador comercial como el expresidente Zapatero, seguro que Sánchez, al recibir el auto por el que el magistrado acuerda juzgar a su mujer por tráfico de influencias, corrupción, malversación y apropiación indebida, habrá rezongado: «Para jueces, los de China». No en vano, en su nueva tierra de promisión, la corrupción solo se depura como excusa para purgar a algún desleal con Xi Jinping, siguiendo la tradición de Mao. Nada que ver con el «¡Señor, aún hay jueces en Berlín!» que proclamó el humilde molinero al que Federico II de Prusia urdió derruir su molino por afear las vistas de su palacio.

Aquella invocación que universalizó el derecho a una Justicia independiente que proteja a la gente del común del despotismo de los poderosos no se quiere que rija en la España sanchista cuando un magistrado estima que hay acervo probatorio bastante para sentar en el banquillo a la cónyuge del presidente. Así, el ministro de Justicia declara avergonzarse del togado que pone negro sobre blanco como la tetraimputada Begoña Gómez aprovechó su condición de señora del presidente para que la Universidad Complutense le creara una cátedra de la que ella no reunía ni siquiera podría ser alumna a expensas de empresas –algunas participadas por el Gobierno y todas reguladas por él– patrocinadoras o pagadoras del software que intentó apropiarse asistida por una funcionaria de La Moncloa que, más que llevarle la agenda oficial, le gestionaba el negocio a cuenta del erario.

Dicho lo cual, después de escuchar ayer el coro de ministros-grajos que intervino tras el Consejo de Ministros y de cómo salió en bandada contra el instructor del 'Beñogate', cabe preguntarse: ¿Acaso lo que tenían claro con Iñaki Urdangarín y su condena por tráfico de influencias alrededor del Instituto Nóos, fundado por el exmarido de la Infanta Cristina, lo que le valió cinco años y diez meses de prisión, admite dudas con Begoña Gómez?

Ante la vergoña de Begoña, la andanada del titular de la cartera de Justicia, Félix Bolaños, luego de presionar a la presidenta del Consejo General del Poder Judicial, ejemplifica la degradación del Estado de derecho en España. Lejos de reponer el «gobierno de los jueces» para afianzar su independencia, como se comprometió con el PP en presencia de la eurocomisaria de Justicia, persiste en garantizarse «jueces del Gobierno».

Al servicio de Sánchez, al irle en el envite la soldada y los galones, no le importa mentir aseverando que la Audiencia de Madrid ya ha resuelto que no había nada, cuando ha mantenido el caso abierto ratificando la sustancia del tinglado. Salvo en la Hungría del derrotado Orban, sus rabiosas embestidas contra el juez le inhabilitan para el desempeño de su alta encomienda. Todo para subordinar a los jueces al poder absoluto de Sánchez como si estos fueran leones dormidos a sus pies. Alzándose en cuclillas para estar a la altura de las ilegalidades achacadas a Begoña Gómez, el 'Gato' Bolaños ha enseñado sus vergüenzas tratando salvar a «los Kirchner de la Moncloa», esa diarquía de los negocios del poder, esa sociedad de gananciales desde los prostíbulos del suegro y benefactor, Sabiniano Gómez.

Ante tales felonías con el juez de sus improperios, más que un magistrado «peculiar» como algunos le tildan desdeñándole, Juan Carlos Peinado protagoniza una heroicidad por haberse arriesgado a indagar los excesos del poder. Por mor de ello, sufre calumnias y bulos del Ejecutivo y de sus terminales en pos de su muerte civil –como antes Mariano Barbero con la financiación ilegal del felipismo o Mercedes Alaya con los ERE andaluces–, a la par que saboteaban su tarea. Por su cuenta y riesgo, coligen que todo lo que obra un presidente o su familia, por el mero hecho de actuar bajo esa paternidad, no debe ser objeto de escrutinio judicial.

Como hay boda sin la tía Juana, así lo trasladó ayer el ministro de Transportes, Óscar Puente, mientras se enajena de una negligencia que ronda lo criminal como es la catástrofe ferroviaria de Adamuz con sus 46 víctimas relegadas al olvido. En la rueda de prensa del Consejo de Ministros, lo formuló en estos términos: «¿Estas causas judiciales aspiran a eliminar la impunidad o a violentar la acción de los representantes elegidos democráticamente?». Un silogismo en toda regla de quienes anhelan ser impunes e intocables como la nomenklatura de Xi Jin Ping.

Sin embargo, a expensas de lo que resuelva la Audiencia de Madrid, el juez Peinado ha evidenciado que los enjuagues de Begoña Gómez, con La Moncloa como centro de operaciones y con el Consejo de Ministros como munificencia, rebasan el ámbito de lo ético dado como la mujer del César y el César mismo han hecho un colador del Código Penal con conductas que «parecen más propias de regímenes absolutistas (…) ya olvidados en el tiempo» que se remontarían «al reinado de Fernando VII». Es comprensible que este párrafo del juez haya originado un dolor de trigémino, pero la causa de la neuralgia estriba en quienes han operado que, por primera vez en la Historia de España, se procese a la esposa de un presidente por componendas a su sombra.

En este mundo del revés, en el que se pretende culpar al que combate el delito en vez de quien lo perpetra, el energumenismo gubernamental evoca al sujeto que entra veloz en un bar e inquiere a voz en grito que quien ha atado un chihuahua a la puerta del local. Al identificarse su dueña, el tipo la increpa: «¡Su maldito chihuahua está matando a mi rottweiler!» «Eso –le replica– es absurdo. ¿Cómo puede mi perrita liquidar a su perrazo?» «Es que su chihuahua –refuta el bravucón– se le está atragantando a mi rottweiler y se está ahogando». ¿Cómo no entender los ladridos de rottweiler de los ministros contra el juez que ha plantado cara a las trapacerías de la pareja que de buena gana se pasaría otros 55 días en Pekín?