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Cuando Pedro Sánchez dice «la democracia no puede darse por sentada» hay que tomárselo como una amenaza. No es Kennedy en Berlín desafiando a la Unión Soviética en 1963, sino Largo Caballero en 1932 exponiendo una de sus teorías: «El Partido socialista no es reformista, cuando ha habido necesidad de romper con la legalidad, sin ningún reparo y sin escrúpulo».

La frase de Sánchez, aplaudida por sus palmeros habituales como si fuera Pericles teorizando sobre la democracia ateniense, es idéntica a la de todos los aspirantes a sátrapa que, en su épica pelea contra un mal mayor, consideran imprescindible saltarse las reglas del juego para salvar un bien mayor, por supuesto representado por ellos.

Al actual presidente no le juzga lo que dice, sino lo que hace y con quién lo hace. Y lo que ha hecho, sin necesidad de presagiar lo que aún está dispuesto a hacer, no supera los controles de calidad democrática más esenciales: gobierna sin ganar, sin una mayoría parlamentaria estable, sin presentar presupuestos en toda una legislatura, gracias a los escaños prestados por un terrorista, un prófugo y un golpista, en coalición con comunistas y aliado y homenajeado por Irán, China, Hezbolá, Hamás, el chavismo y toda la extrema izquierda indigenista.

Todo junto suena mal, claro, pero son hechos incontrovertibles que ni los más fanáticos sanchistas pueden negar: pueden considerar que Puigdemont es una víctima o que la nueva Batasuna no es como la vieja, en un alarde creativo perpetrado por los mismos que sí ven herencia entre el PP o Vox y el fascismo; pero no podrán negar las evidencias objetivas sobre el origen y los sostenes del sanchismo. Y eso mismo es una confesión de sus planes: si todo ha valido para llegar aquí; todo valdrá para continuar y salvar a España y al mundo de la amenaza reaccionaria.

A la incesante apelación a ese peligro, preparando el escenario para la adopción de que cualquier medida de salvamento democrático, se le añade el desprestigio ya endémico de los contrapoderes del Estado, presentado como parte de una conspiración, las intentonas legislativas para anularlos, la ocupación del mayor número de instituciones y organismos posibles con adeptos obedientes y la consolidación de un ecosistema de propaganda destinado a preparar el espacio para poder defender cualquier resultado electoral o medida desesperada con el mensaje «ya lo habíamos dicho» calentado con el CIS y defender con uñas y dientes la justificación posterior, con RTVE al frente.

Así que si un presidente ajeno ya a las normas democráticas, rodeado por lo peor en España y el mundo, dispuesto a revocar la independencia de los poderes, enfrentado a buena parte de la sociedad, indiferente a los mensajes de las urnas y convencido de que la democracia está vinculada a su impunidad afirma en público que nuestro sistema no es eterno, no está haciendo un análisis preocupado de la situación, sino lanzando un aviso de cuáles son sus planes inmediatos.

Que son los mismos que ha tenido siempre, llevados hasta el final: si anda, vuela y grazna como un pato, probablemente sea un pato.