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Al bate y sin guanteZoé Valdés

Entre indolencia y malicia

En Barcelona, la malicia fue palpable; en Madrid, la indolencia resultó casi dolorosa, especialmente por la falta de reconocimiento a quienes han luchado incansablemente por la libertad de Cuba

Ambas palabras, méchanceté y nonchalance, evocan no solo significados inquietantes, sino también sensaciones opuestas: una corta como un látigo, la otra acaricia como una brisa suave. Son de mis palabras predilectas en francés. Pero la traducción al español no las honra: malicia e indolencia. La diferencia entre los eventos de Barcelona y Madrid se refleja en esos matices, mostrando cómo la actitud y la intención pueden marcar la naturaleza de una acción política. En Barcelona, la malicia fue palpable; en Madrid, la indolencia resultó casi dolorosa, especialmente por la falta de reconocimiento a quienes han luchado incansablemente por la libertad de Cuba.

Curiosamente, la malicia de Barcelona, evento de narco presidentes convocados desde el Comité Central del Partido Comunista de Cuba, con la intención de salvar a los tiranos criminales castrocomunistas del «malo» de Donald Trump -cómo no van a desear salvar a quienes les imparten las órdenes, a quienes desestabilizan medio mundo desde hace más de sesenta y siete años- guarda además un paralelismo con esa bienvenida fuera de norma de la valiente líder venezolana.

Pero hay algo incómodo que preguntarse: ¿Ya Trump no sacó a Maduro de Venezuela? Entonces, ¿por qué esta gira de María Corina Machado, cuál es su sentido real? ¿Se trata de lavar la cara a quienes no movieron un dedo por Venezuela cuando más falta hacía, o simplemente es un intento de justificar acciones pasadas con promesas vacías? Esta duda permanece, y es imposible no sentirse decepcionado ante la falta de coherencia y compromiso en ciertos sectores políticos. Y luego, está ese sentimentalismo omnipresente en sus actos que tanto daño provoca a este tipo de causan política. Por cierto, un drama bastante inflado con relación al drama de Cuba y Nicaragua.

Me dirán que sangro por la herida. Sí, no lo niego. La libertad de Cuba iba primero —y de ahí no me saca nadie. Hace rato me cansé de ser solidaria con quien no lo es con mi país.

Ser los últimos en alcanzar la libertad no es motivo de vergüenza, sino de reflexión. Cuba representa la perseverancia iberoamericana, el espíritu de resistencia y la esperanza de que, tarde o temprano, la libertad llegará plenamente. Este proceso nos recuerda que el camino hacia la emancipación no es lineal ni sencillo; cada nación enfrenta sus propios desafíos y tiempos. La historia cubana nos enseña que la libertad verdadera es un ideal por el que vale la pena luchar, sin importar lo tardío que parezca su llegada. Pero sin olvidar lo que nos han hecho esperar y los responsables de esa demora, de semejante indolencia.

A pesar de las expectativas generadas durante su mandato, Donald Trump no priorizó la causa cubana en su agenda internacional, manteniendo una postura vacilante y centrando sus políticas en otros asuntos geopolíticos. Sus acciones respecto a Cuba se limitaron principalmente a reforzar sanciones económicas y restricciones, pero evita hasta ahora un apoyo directo a la reconquista de la libertad en la isla -o sea una invasión militar humanitaria. Esta actitud ha causado frustración entre los cubanos que esperaban una intervención más decidida, ya que parece dudar y dejar a Cuba en un segundo plano frente a otros conflictos globales. Haciendo a su vez que de manera maliciosa se organicen esos lamentables eventos como el de Barcelona cuyo único objetivo es dar respiración artificial al régimen agonizante de la isla.

La complejidad de la política estadounidense hacia Cuba, sumada a intereses estratégicos y el temor a desestabilizar la región, ha hecho que líderes como Trump prefieran adoptar posiciones conservadoras e indolentes -salvo en palabras. Esto contribuye a que los cubanos sigan esperando un respaldo firme por parte de Estados Unidos, mientras la lucha por la libertad continúa siendo una tarea pendiente y prioritaria para el pueblo cubano.

Sin embargo, Estados Unidos y Donald Trump debieran comprender que la cabeza del monstruo islamocomunista se encuentra en Cuba. Esta realidad convierte a la isla en un epicentro estratégico para los movimientos terroristas y totalitarios que buscan expandirse en Iberoamérica y el mundo. Ignorar el papel central de Cuba en esta dinámica solo prolonga la influencia de regímenes opresivos y dificulta la consolidación de la democracia en la región.

Abandonar a Cuba a su suerte no traerá nada positivo para los países de la región, sobre todo para Estados Unidos, que no se recuperará jamás de su deslealtad frente a la mayor de Las Antillas. Esta actitud pasiva de indolencia perpetúa la opresión en la isla, también debilita la credibilidad y la influencia de Estados Unidos en el continente. El destino de Cuba está intrínsecamente ligado al futuro democrático de Iberoamérica, y mirar hacia otro lado equivale a renunciar a la responsabilidad compartida de defender la libertad y los valores democráticos en la región.