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en el recuerdoAlfonso Ussía

Don Plácido

Esta gente tan golfa que arremete contra Plácido por unos hechos nebulosos que dicen se produjeron hace más de treinta años, no han podido con él. Curiosamente, una de las vociferantes, la ministra de Igualdad, se sometió al poder machista para trepar como una buganvilla en las tapias de Podemos

Para medir ocho minutos de ovación unánime es indispensable compararlos con los minutos de silencio previos a los partidos de fútbol, que son interminables. Un minuto de placer pasa en un suspiro y un minuto de dolor parece no tener fin. Uno de los genios universales de España, Plácido Domingo, fue linchado por una denuncia falsa y a destiempo de una cantante con más conchas que voz. El gran tenor no ha sido juzgado ni condenado. Y después de verse despreciado y ninguneado en los grandes teatros del mundo, el Auditorio de Madrid le aclamó como jamás lo había hecho con otro artista. No obstante, las tontas se han sentido molestas, especialmente Irene Montero y Mónica García.

No se ha probado nada de nada, y Plácido es un genio libre que ha sabido emerger del hundimiento social al que fue sometido por estas locas de las historietas con carácter retroactivo. Y además de un genio libre, en mi memoria histórica sobresale por su señorío y generosidad.

A finales de los ochenta, los miembros del Jurado del Premio Formentor al Humor y la Tolerancia, concedimos el premio a Plácido Domingo. El presidente del Jurado era José María Stampa, ilustre penalista y musicólogo. El vicepresidente, Miguel Buadas. Y vocales, Antonio Mingote –el primer ganador del Premio que le entregó Don Juan De Borbón–, Camilo José Cela, José María de Areilza, Antonio de Senillosa, y el que escribe este texto. El Premio Formentor consistía en un pino de plata y una carretilla con 500.000 pesetas en monedas de cinco duros.

La fecha, finales de julio. Plácido fletó un avión y llegó a Formentor con su mujer. Dos días más tarde cantaba en Salzburgo. Durante la cena, cantó Plácido, cantó Mingote, canté yo y cantó Isabel Mingote, con una voz magnífica y una gran desorientación en las notas. Cuando Plácido cantó Noche Plateada, centenares de turistas alemanes, asombrados, se asomaron a la gran terraza del Hotel Formentor y asistieron al concierto inesperado. Plácido se quedó con el pino de plata y donó las 500.000 pesetas a un colegio de huérfanos de trabajadores de la mar de Pollensa.

Y tuvimos que acompañarlo hasta las 3 de la mañana. El aeropuerto de Salzburgo cerraba por las noches y el vuelo de retorno se programó a las 5 de la mañana. En aquellas horas nos contó anécdotas divertidísimas. Se habló de celos profesionales, reafirmó que Luziano Pavarotti era insuperable, como Alfredo Kraus en el Bel Canto, y que una soprano austriaca muy conocida, obesa y aerofágica, se tiraba unos cuescos mientras cantaba, tronantes y espeluznantes. A principios de agosto intervendría en un homenaje a su madre en San Sebastián, gran cantante nacida en Igueldo. Plácido era madrileño y vasco, una estupenda combinación. Voy a traicionar mi modestia. Le canté la más bella canción de cuna en vascuence, el Aurtxoa Seaskan, y Plácido la apuntó en una libreta. No la conocía. Y el día del homenaje a su madre en el Victoria Eugenia de San Sebastián cantó a su madre el Aurtxoa Seaskan, maravillosamente, como es de suponer.

Esta gente tan golfa que arremete contra Plácido por unos hechos nebulosos que dicen se produjeron hace más de treinta años, no han podido con él. Curiosamente, una de las vociferantes, la ministra de Igualdad, se sometió al poder machista para trepar como una buganvilla morada en las tapias de Podemos. Plácido Domingo fue aclamado por el público de Madrid, y se emocionó. Las inquisidoras están que trinan. Que trinen. Que mujan. Que barriten.

El genio ha vencido.

  • Publicado en la web de Alfonso Ussía el 15 de junio de 2021