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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Cave: solo rock and roll

Sí, es sólo rock and roll, ¿qué pasa? Rock and roll. Demente o desesperado a veces. Rock and roll. Nada más. Esta vez, sobre la excesiva escena de un teatro vacío: Alexandra Palace, Londres. Nada más que eso… 'But I like it'. Pero me gusta. Uno que es así de raro

«Es solo rock and roll… Pero me gusta». A mi edad, es de decencia elemental sospechar que uno se haya equivocado en todo. O casi. Vivir es eso: equivocarse. A cada paso. O quedarse quieto: no ser. En esto, al menos, me digo estar seguro —casi— de que no erré: «era sólo rock and roll, pero me gustaba». Me gusta. ¡Son tan pocas, al cabo, las alhajas de las que el tiempo no acaba por despojarte!

No, no es añoranza de lo que hubo. No me tienta lo de recuperar tiempos perdidos: el gran Proust no está en el altar de mis deidades. Tiene menos de seis años —o sea, nada— la grabación que está sonando ahora, mientras escribo. Me ha dado últimamente por mantenerla en bucle, a riesgo de ser asesinado por mis vecinos. Perdón. Pero es que los auriculares me arruinan el placer de percibir de verdad el golpe traicionero que rebota en las paredes y en los libros. Que rebotaba en los muros y contra las butacas de un teatro vacío: 23 de julio. 2020. Nick Cave y un majestuoso piano Fazioli de cola. Nada más. En el Alexandra Palace de Londres. Sin uno solo de sus diez mil asientos vendidos. Eran tiempos de pandemia.

¿Alguien se hace a la idea de lo que es dar un concierto de rock and roll en un teatro vacío? Hay que echarle más valor que el que mis amigos taurinos atribuyen a sus héroes sobre el ruedo. En el rock and roll cuenta tanto –por lo menos– el ruido de la sala cuanto el que el músico se afana en desencadenar sobre la escena. Igual de bordes en su empeño, intérprete y espectadores. Quedarse con todo el borderío de un lado sólo del escenario es lo más parecido a un suicidio en directo que se me ocurre. Escuchar a Cave largar, hacia el minuto treinta y dos de esa liturgia de espectros, el atávico grito de guerra punk, I’m not afraid to die, «no tengo miedo a morir», es lo más escalofriante que he oído en un concierto, desde aquella vez en la que vi a Johnny Thunders zombi tambalearse al borde de un escenario madrileño a orillas del Manzanares. Pero eso fue hace mucho. Tal vez lo haya soñado. O haya soñado que, no mucho después de aquello, a Thunders se lo llevó, en Nueva Orleans, la última dosis. He leído luego a Cave confesar y confesarse que no, que nadie puede soltar esa barbaridad de pasar de la muerte sin saber que está mintiendo. Y quien, como él, ha atravesado el desierto de ver diluirse en la noche a dos hijos, claro que tiene miedo a morir. Un miedo espantoso.

Pero el disco fantasmal sigue sonando. En bucle. No, no es uno de los inapelables relojes suizos, cuya exactitud tanto amo en los dionisíacos Stones, tanto amé en los apolíneos Beatles. Ambos son la perfección. Pueden gustarte o no. Pero no fallan jamás en una milésima de segundo. Lo de Cave es un sonido y son unos textos en los que manda la desesperación. Y de esa desesperación se ríe él, espectralmente, en las dos o tres ocasiones en las que sus dedos, sobre el teclado del bello Fazioli, fallan una nota. Pero, ¿qué quieren que les diga…? Jagger lo escupía a la perfección, hace un par de eternidades: sí, es solo rock and roll, ¿qué pasa? Rock and roll. Demente o desesperado a veces. Rock and roll. Nada más. Esta vez, sobre la excesiva escena de un teatro vacío: Alexandra Palace, Londres. Nada más que eso… But I like it. Pero me gusta. Uno que es así de raro. ¿Y cómo evitarlo? ¿Y para qué, sobre todo? Puede que me haya equivocado en todo, pienso ahora. Vivir es eso: equivocarse. En casi todo. Habrá quien diga que en todo; allá él. En esto, no. Estoy seguro: aunque decir tal cosa sé que es paradoja. ¿Y qué tropel de mitos no lo sería?