Juntos por la vida
Provocaba admiración y sana envidia ver a aquellas personas en la etapa invernal de sus vidas pudiendo mirar atrás con plena satisfacción
Las bodas se han convertido en «eventos» (detestable palabro que ahora se utiliza hasta para una degustación de chicharrones). Los novios lo dan todo para que la fiesta –el «evento»– sea «lo más». Las reservas en algunas fincas, cigarrales o pazos hay que cerrarlas a un año vista. Hay preboda y postboda, luces, sorpresas, pincha (ahora «diyei») y los novios o algún amigo se vienen arriba y se lanzan a una especie de justa sensiblera por ver quién larga el discurso más cursi. Todo ese esfuerzo se traduce al cabo de un tiempo en que la mitad de los matrimonios que se celebran en España acaban en ruptura. Los divorcios llegan a los 16 años como media.
Y es que el matrimonio es una prueba de esfuerzo, que encaja mal con el carrusel de novedades que ha traído la aceleración digital, con las cosquillas hedonistas y con la paciencia y el respeto, que cada vez se estilan menos y son la base para que el invento funcione.
Sobre el matrimonio se han hecho muchas observaciones irónicas, bien conocidas. El sagaz Samuel Johnson advertía a los aficionados a pasar por la vicaría que «casarse por segunda vez supone el triunfo de la esperanza sobre la experiencia». El genialoide Groucho Marx elogiaba el matrimonio como «una institución maravillosa». Y acto seguido se preguntaba: «¿Pero quién quiere vivir en una institución?». Jacqueline Lee Bouvier, que contaba con la experiencia de dos bodas de postín, con JFK y con Onassis, comentaba en el otoño de sus días, con cierto cinismo realista, que «la primera vez te casas por amor, la segunda por dinero y la tercera, por la compañía».
¿Cuántos seres humanos han vivido hasta hoy? Como hay gente para todo, una institución de Washington, llamada el Population Reference Bureau (PRB), ha intentado ese cálculo. Estima que antes de nosotros han vivido 107.000 millones de personas. Por cada persona viva hay quince muertos detrás. El PRB calcula que en 2050 habrán existido 113.000 millones de seres humanos. ¿De cuántos nos acordamos? ¿Cómo se logra armar una vida tan significativa que sea capaz de derrotar a la muerte? ¿Qué queda de nuestro paso por la Tierra? ¿Tendrá algún sentido y huella nuestra existencia, o solo seremos polvo en el viento del olvido?
Esas preguntas acuciantes acompañan al hombre desde que camina por el mundo. Imagino que la mejor respuesta, y la más ilusionante, es que lo único que nos ofrece un consuelo auténtico y completo es la esperanza en Dios en otra vida, ya plena. Sin embargo, resulta innegable que existen otras dos posibilidades que pueden dar un cierto sentido duradero a nuestras efímeras existencias. Una es dejar una huella en la historia por nuestros logros, pero se trata de algo al alcance de poquísimas personas. La otra es la progenie: prolongarnos en nuestros descendientes, en nuestra familia.
Ahora que los matrimonios duran un poco más que un coche, me ha alegrado disfrutar del privilegio de asistir este fin de semana a la espléndida fiesta en la que dos personas, Teresa e Íñigo, padres de siete hijos, celebraban sus 65 años de matrimonio. Allí volví a constatar lo que ya sabía, que la institución sobre la que bromeaba el viejo Groucho puede ser el mayor de los éxitos cuando sale bien y que le sienta de maravilla al ser humano.
El anfitrión era un elegante caballero, erudito, católico y patriota, que acaba de cumplir unos 92 tacos de esos de «¿dónde hay que firmar?». Tras el banquete pronunció un discurso que me dio sana envidia, pues no debe haber muchas cosas más gratificantes que mirar atrás tras una existencia tan larga y poder concluir que has cumplido, que has llevado una vida plena y útil y que has construido con tu mujer una gran familia.
El orador, aristócrata, historiador, empresario, tenaz cazador de libros cinegéticos, habló de una España que es ayer mismo, pero que ya no recordamos. Una España sin aire acondicionado, en la que viajando hacia el Norte para sus vacaciones en el País Vasco veía en algunas villas meridionales a gente pasando la noche en las aceras para aliviarse del bochorno canicular. Una España donde hablar por teléfono era una aventura, con media hora de espera hasta que la telefonista lograba completar el contacto. Pero también una España de fe, trabajo y esperanza, donde casi todo el mundo hizo lo que pudo, en una obra colectiva de enorme éxito.
Aunque gastaba ese pudor al estilo los gentlemen ingleses a la hora de ocultar los sentimientos, el orador no pudo escamotear una nota de emoción cuando ensalzó su fe, cuando citó a sus siete hijos y cuando manifestó, con un brindis de un señorío a la antigua, su aprecio por la Corona y su amor a su país, España.
Personas así, que han sabido estar siempre en su sitio, ayudan a construir las grandes naciones y les dan una continuidad. Espero que en cinco años celebren los 70 años de matrimonio, que sigan caminando juntos por la vida y que puedan hacerlo en una España políticamente menos enrarecida y más cohesionada. La que tantos queremos.