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en primera líneaJosep Miró i Ardèvol

La viabilidad de la tradición cristiana: una consideración a partir de Torres i Bages

La tradición cristiana en un orden secular solo será viable si rechaza su neutralización vergonzante. No puede imponerse, pero tampoco debe ocultarse. Necesita escuelas que enseñen sin amnesia, comunidades reales que vivan lo que transmiten, símbolos que conserven espesor, una ética pública no vacía...

Desde una perspectiva española, el obispo Josep Torras i Bages necesita, siquiera, una breve presentación. Fue una de las grandes inteligencias católicas de la Cataluña de fin de siglo XIX, obispo de Vic, pensador de la tradición y figura decisiva para comprender un catalanismo anterior al nacionalismo ideológico contemporáneo. Su obra mayor, La tradició catalana (1892), no fue un ejercicio de arqueología sentimental, sino una respuesta de gran ambición intelectual a la crisis abierta por el liberalismo, el positivismo y la disolución de los vínculos orgánicos que habían dado forma a la vida común.

El Debate (asistido por IA)

La cuestión que planteó entonces no ha desaparecido. Al contrario: regresa hoy con una fuerza nueva. ¿Puede sobrevivir la tradición cristiana en un orden secular? ¿Puede seguir siendo principio de cultura, de sentido y de cohesión sin convertirse ni en imposición confesional ni en residuo folclórico?

La intuición central del obispo era de una gran sencillez y, por eso mismo, de una gran profundidad: la tradición no es la conservación inerte de unas costumbres, sino la transmisión viva de una forma de entender al hombre, el bien y la comunidad. No es el culto a las cenizas, sino la preservación del fuego. Por eso, cuando se resume su pensamiento con la idea de que Cataluña sería cristiana o no sería, no formulaba un eslogan de trinchera ni un principio étnico. Enunciaba una tesis histórico-cultural: Cataluña había sido formada en matriz cristiana; su derecho, su lengua, sus costumbres, sus instituciones y hasta su sensibilidad moral nacieron en esa fecundación prolongada entre fe y vida histórica. Arrancarla de ahí equivalía, a su juicio, no a modernizarla, sino a desnaturalizarla.

Su crítica del liberalismo no era una nostalgia del pasado, sino una impugnación antropológica. Veía que el individualismo no emancipaba al hombre, sino que lo aislaba; que el Estado moderno no ordenaba siempre mejor la sociedad, sino que a menudo la transformaba en un artificio; que la secularización, presentada como neutralidad, podía convertirse en amputación espiritual. Frente al individuo autosuficiente, Torras i Bages defendía la comunidad orgánica; frente a la razón autónoma desligada de toda herencia, la tradición viva; frente al centralismo abstracto, el cuerpo social natural, articulado en familia, municipio, región y nación. No absolutizaba la nación: la subordinaba a un orden superior, al bien común y a una ley moral que no nacía del poder.

Ahora bien, precisamente ahí aparece el problema contemporáneo. El mundo en que pensaba Torras i Bages ya no existe. Vivimos en un orden plural, secularizado, jurídicamente no confesional y culturalmente fragmentado. Su modelo fuerte de unidad religiosa y cultural resulta hoy políticamente inviable. Pero de ello no se sigue que su diagnóstico haya envejecido. Más bien sucede lo contrario: muchas de las patologías que él entrevió han alcanzado una madurez inquietante. La atomización social, la soledad, la pérdida de continuidad histórica, la fragilidad de los vínculos y la reducción de la identidad a consumo o preferencia subjetiva, todo ello confirma que la cuestión de la tradición es una cuestión de supervivencia civilizatoria.

Por eso, la viabilidad actual de su pensamiento exige una traducción, que no una repetición. Hoy no puede proponerse una confesionalidad política en sentido fuerte, pero sí puede sostenerse algo decisivo: que una sociedad puede y debe reconocer públicamente la matriz cristiana que la ha configurado sin imponer la fe como requisito de pertenencia. Esta es la distinción crucial. Una cosa es la confesionalidad del Estado; otra, la conciencia histórica de una cultura. El cristianismo puede seguir actuando como fuente ética, simbólica y antropológica de la vida común, aunque la ciudadanía sea jurídicamente plural. No como dogma obligatorio, sino como tradición y fuente generadora de sentido.

Aquí se encuentra, sin embargo, el punto más delicado de todo el asunto. ¿Puede mantenerse una antropología cristiana sin metafísica cristiana? ¿Pueden conservarse de forma estable la dignidad incondicional de la persona, la prioridad del débil, los límites morales al poder, la centralidad de la familia y la idea de bien común cuando se debilita la raíz trascendente que los fundaba? Durante un tiempo, sí. Las sociedades viven de un capital moral heredado. Pero a largo plazo ese capital tiende a erosionarse si no existen núcleos vivos que lo regeneren. Entonces la tradición pasa de ser forma de vida a ser cultura heredada; y de cultura heredada, a patrimonio administrado o mercancía turística. El mercado se queda con la estética; el Estado, con la gestión; y lo esencial se vacía sin hacer ruido.

Esa es la gran lección para nuestro tiempo. La tradición cristiana en un orden secular solo será viable si rechaza su neutralización vergonzante. No puede imponerse, pero tampoco debe ocultarse. Necesita escuelas que enseñen sin amnesia, comunidades reales que vivan lo que transmiten, símbolos que conserven espesor, una ética pública no vacía y, sobre todo, minorías creativas capaces de mantener viva y encarnada la fuente, la fe católica. Porque una tradición no sobrevive por decreto ni por decoración: sobrevive cuando sigue produciendo verdad, belleza, comunidad y esperanza.

En este punto, Torras i Bages nos interpela. No porque podamos restaurar su mundo, sino porque él vio algo que el nuestro se resiste a admitir: que una cultura no cae primero por la derrota externa, sino por el agotamiento interior de las razones que la sostenían. La tradición cristiana será viable en el orden secular si vuelve efectivo su potencial de humanizar el centro de la vida común. No basta con conservar una tradición folclórica, sino que debe volver a demostrar otra vez que todavía puede dar casa al hombre.

  • Josep Miró i Ardevòl es presidente de la Corriente Social Cristiana (e-C) La Corriente