Utrecht sin Cervantes
El bello edificio del Instituto Cervantes en Utrecht –valorado en unos diez millones de euros– ya no es de España. Es de Toyota. Merced a la incompetencia –y, tal vez, a la granujería– de la política española
Era la primavera de 2006. El anciano escritor salía de su reclusión castellana. Y eso era ya un acontecimiento. De Alcazarén a Utrecht hay un trayecto respetable. La Biblioteca del Instituto Cervantes acababa de ser bautizada allí con su nombre. El viaje, además de placentero, era de cortesía obligada. Y sus amigos bromeábamos sobre la violación, que se anunciaba, de su norma más estricta: jamás subirse a aviones.
No hubo tal violación: José Jiménez Lozano consumó el viaje en tren. Con escala en París, más que nada para acercarse al prado en el que estuvo Port-Royal. De allí, a Ámsterdam. Las dos etapas claves en el aprendizaje espiritual y literario –son lo mismo– del último gran clásico de la lengua española. Bajo el cielo brumoso del Valle de La Chevreuse, en donde estuvo el monasterio de aquellos a quienes la Compañía de Jesús denigró como «jansenistas» (ellos, a sí mismos, se referían sólo como «cristianos») primero; en la recóndita intimidad de las dos habitaciones alquiladas por el «óptico Spinoza» a sus modestos arrendatarios después, había venido buscando el escritor castellano los fundamentos de un escribir que él concibiera como acto sagrado. «En realidad» –contó a sus interlocutores en aquella nueva biblioteca que llevaba su nombre–, «todos estos holandeses amigos me han dejado con la boca abierta al entregarme sus palabras, y con los ojos ya transfigurados tras haber mirado por los suyos tanto tiempo».
Sobre su cuaderno de notas apuntará, en nueve versos, el prodigio de haber completado el viaje al lugar que tantas veces inventó en la escritura:
ya no estaban ni Spinoza, ni Erasmo,
ni Rembrandt, ni el Papa Alejandro VI;
pero mis señores jansenistas en el exilio,
preguntando por las casas y el mercado,
–incluso osaron en los talleres de pintura–
dieron con sus pasos,
y me alegró verlos,
naturalmente, a respetuosa distancia.
Yo, que conocía ese Instituto Cervantes de Utrecht por haber hablado allí en días muy negros del año 2004, imaginé el maravillamiento del autor de Los ojos del icono, ante el prodigio con el cual se estrella el paseante apenas sale de ese edificio: el Dom, la catedral de San Martín de Tours, cuya nave central, fulminada en 1674 por una tormenta, ha preservado, tronchada en dos, la rigurosa restauración que impone al que allí entra la doble condición de lo eterno y lo efímero en la cual viven los hombres. Un modelo de respeto historiográfico, que se prolonga en la no reconstrucción de los rostros que, del retablo, fueron arrancados por la Reforma. Hay algo de tan humanamente sobrehumano en esa preservación de incluso lo destruido, en ese amor a la verdad, tanto estética como histórica… No sé… Hijo de un país en donde la historia se reinventa a la medida de quien manda en cada legislatura, esa visión sacral de lo que fue me da muchísima envida.
Hoy, veinte años después de aquel pulcro discurso con el que José Jiménez Lozano inauguraba en Utrecht la Biblioteca que lleva su nombre, topo, nada más abrir en el ordenador la prensa, con la noticia: un tribunal holandés dicta el embargo del Instituto Cervantes de Utrecht para pagar la deuda que el Gobierno español ha contraído con una de las empresas a las que estafó con la patraña de las renovables. Que esa expropiación coincida con el aniversario del apagón total en el que las malditas renovables hicieron naufragar a la nación en 2025, sólo añade a la humillación amargura.
El bello edificio del Instituto Cervantes en Utrecht –valorado en unos diez millones de euros– ya no es de España. Es de Toyota. Merced a la incompetencia –y, tal vez, a la granujería– de la política española. La biblioteca que rendía homenaje al Jiménez Lozano que se nos fue con los primeros vientos de la pandemia, no existirá. Es la metáfora amarga del valor que han otorgado siempre los poderosos en este pobre país nuestro a cuanto tenga que ver con la literatura.
Yo me consuelo ahora de ese borrado, retornando sobre lo que nadie –ni el más indecentemente poderoso– logrará tachar: la inteligencia. José Jiménez Lozano en Utrecht. Mayo de 2006: «En un soberbio cuento de Luigi Pirandello, se cuenta la historia del autor que vuelve a la casa paterna, cuando ya es un escritor famoso, abre puertas y ventanas tanto tiempo cerradas, y un naranjo ha crecido tanto que irrumpe por una de esas ventanas en cuanto que se abren las cristaleras; y, a poco, también se presentiza allí la figura de su madre muerta que departe dulcemente, y le pide a su hijo que tenga en cuenta los ojos de los muertos y mire por ellos; y en realidad esto es lo que es la asimilación de la cultura que se nos transmite. Todos recibimos todo, para ver mejor, saber, y ser más. Pero sobre todo quien escribe».
Tal es el honor y la grandeza de escribir. También, la miseria de que tu nombre esté al albur de los sinvergüenzas que disponen a su capricho de dinero y vidas. Y de lo que ellos llaman «memoria». Esos mismos que, en un acto de incompetencia, pueden, si así se les antoja, «cancelar» –o dejar que otros, por delegación, cancelen– en Utrecht el nombre de Cervantes. Y el de José Jiménez Lozano. Naturalmente.