Soñando extremas derechas
Se sigue, en inapelable lógica, que «extrema derecha española» son, por igual, para el señor Albares, Núñez Feijóo y Felipe González. Un prodigio de precisión conceptual. ¿De verdad, son esas las finezas lógicas que se enseñan en la Escuela Diplomática a los futuros ministros?
Aunque parezca broma, don José Manuel Albares es ministro. Que le lleva los «Asuntos Exteriores» al Doctor Sánchez. A la medida neuronal de su jefe, por supuesto. Y, faltaría más, milimétricamente clonado en su talante moral. Las fidelidades están para ser exhibidas. Así, el diluvio de gracias que vienen del clonado honrará con su fértil lluvia la gacha testuz del siervo. En mutuo y placentero beneficio. A Sánchez, seguro, le hubiera encantado insultar personalmente a María Corina Machado. Pero, incluso para uno como él, resultaba excesivo que la afrenta saliera directamente de la Presidencia española. Para esas cosas, siempre hay un Albares. Dicho y hecho.
Venezuela ha malvivido bajo una larga dictadura que aún no acaba del todo. Chávez y Maduro lograron lo que parecía imposible: en tres decenios de populismo despótico, Venezuela pasó de la prosperidad a la miseria. Y el chavismo mutó en brazo político de un narcotráfico que, junto al cambalache ilegal de oro, acabó por ser la única fuente financiera del Estado.
Del naufragio venezolano hubo beneficiarios, claro está: siempre los hay cuando un país rico es destruido. Los gerifaltes chavistas, los primeros. Naturalmente. Tras ellos, los altos mandos del Ejército que operaban como punta de lanza del narco. Después, por supuesto, los «amigos cubanos», cuya aportación a la policía política local ha sido –y es– imprescindible. Y un poquito detrás, los «amigos europeos». Divididos en dos grupos. Por abajo, los pequeños parásitos de patio de colegio, a los que el dinero venezolano transfiguró en locos partidos políticos. Por arriba, lo serio: los «grandes hombres de Estado» socialistas, que empezaron a hacer negocios faraónicos desde el momento mismo de la instalación de Chávez. Hasta hoy. Y cuyo espécimen más sórdido –pero, de ningún modo el único– fue aquel extrañísimo presidente por accidente llamado José Luis Rodríguez Zapatero.
María Corina Machado visitó Madrid. Se reunió en la Puerta del Sol con decenas de miles de sus compatriotas aquí exiliados. Y conversó con Alberto Núñez Feijóo y Felipe González Márquez. De un tal Pedro Sánchez Pérez-Castejón no quiso ni oír hablar. Sus motivos tenía. Y esperamos todos que, cuando un día sea Machado la presidente constitucional de Venezuela, los papeles que dan fe de esos motivos se hagan públicos. Y que los nombres de facilitadores y beneficiarios españoles en el saqueo venezolano, queden a la disposición de la Audiencia Nacional. A la espera de eso, entiendo que Sánchez y Zapatero no disimulen siquiera su antipatía hacia la premio Nobel. También ellos, sus motivos tienen.
Para las cosas que empuercan, está el servicio doméstico. Para el insulto diplomático a María Corina Machado, está el pasmoso «ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación de España» (¡todo eso!), José Manuel Albares. En el nombre superior siempre del Doctor Sánchez Pérez-Castejón. Anatema de Albares contra la señora Machado: «Lo que constato es que ella ha escogido actuar como una líder ideológica y por eso ha decidido reunirse sólo con una parte del espectro político español, con la extrema derecha española».
Ha escrito más de una vez el gran Jorge Luis Borges que la historia de la literatura es la historia de un puñado de metáforas. La historia de la política moderna lo es de una sola. Con algún que otro adorno adjetivo. Desde la malhadada votación del 28 de agosto de 1789, en la que a un presidente de la Asamblea Francesa un tanto perezoso se le ocurrió pedir que los partidarios del derecho de veto real se colocaran a su derecha y los contrarios a su izquierda para ir más rápido, la trivial metáfora «izquierda/derecha» se erigió en maldición del discurso político: van ya más de dos siglos. Como era lógico, allá donde no había concepto alguno, acabó imponiéndose la clave de insulto. Hasta llegar al actual ridículo, en el que basta hacer uso del dichoso abracadabra para ensalzar o descalificar a alguien.
María Corina Machado se reunió sólo «con la extrema derecha española», en diplomática fórmula del jefe máximo –¡hay que echarle…!– de la diplomacia española. De donde se sigue, en inapelable lógica, que «extrema derecha española» son, por igual, para el señor Albares, Núñez Feijóo y Felipe González. Un prodigio de precisión conceptual. ¿De verdad, son esas las finezas lógicas que se enseñan en la Escuela Diplomática a los futuros ministros?
Imagino la carcajada de la señora Machado cuando alguien le haya contado la ocurrente salida del canciller español. Puede que ni a Zapatero ni a Sánchez les haga tanta gracia ver un día publicados los papeles que dormitan en los archivos de Caracas. Pero no pasará nada. Invocarán el antídoto: eso son tan sólo infamias de la «extrema derecha». Y hasta habrá quien se lo crea.