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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Patti Smith, fuera del tiempo

La octogenaria que acaba de recibir el Premio Princesa de Asturias ha bailado estoicamente en la raya del abismo. No demasiados poetas, en el siglo veinte, podrán proclamar eso

1996. La eternidad pasó. Y en el recuerdo de aquella noche, Patti Smith era todavía la deidad salvaje que nos fuera revelada en Horses. Con el cabello bastante más canoso. Con un puñado de años de invisibilidad doméstica a las espaldas. Con un hijo y viuda. Pero siempre aquella misma que aullaba a los caballos desbocados o convertía en danza ritual el Because the night de Springsteen. Silencioso ya el Madrid de madrugada, yo retornaba a casa, cuando me vino el recuerdo de las líneas de Conrad que evocan la fascinación por las «orillas misteriosas», las «tierras de oscuras naciones», las «aguas inmóviles», los nocturnos desiertos en los cuales «acecha una Némesis furtiva…»

Y esa sombra y esos desiertos habían retornado para mí en la irrupción salvaje de la que, en el Hotel Chelsea de los años setenta, se empeñaba en hallar los crujidos disonantes del borracho barco que anuncia zozobra en los versos de Rimbaud. Con Robert Mapplethorpe como único compañero. Ambos jugaron, en aquella cochambrosa habitación de hotel a inventar todos los excesos. Y, de su laberinto, hubo ella de inventarse una salida. Sola ya. En mis arañados vinilos de ese tiempo, Patti Smith es una telaraña de alaridos que bucean en la noche. Acabará por ser mucho más que eso. Y lo constatará tras su personal travesía del desierto: «Fui una estrella del rock and roll. Era un juego de niños. Estuvo bien». Después, fue hora de levar anclas. De reinventar la vida. Y, del rock and roll, hacer camino real hacia la poesía. Rimbaud la deslumbraba. Rindió una última reverencia a aquel Barco ebrio en Gone Again Su primer disco tras ocho años de silencio. Los ocho años que vieron morir a su hermano Todd, su marido Fred «Sonic» Smith, a su alter ego Robert Mapplethorpe.

Pero «un artista» –escribiría ella en su Early Work– «exhibe su trabajo, no sus heridas». Y de ser fiel a esa regla nacerá lo más conmocionante de aquel disco de retorno, desesperado y lúcido, en el que, dice, haber buscado dar como «como un vislumbre de las penas de mi generación». Pero un vislumbre sirve para comprender, o bien no sirve para nada: «En el arte y en el sueño puedes dejarte llevar por el arrebato. En la vida debes proceder con equilibrio y cautela».

Discípula intratable de Rimbaud, demasiado bien sabía Patti Smith hasta qué punto el «inmenso desajuste de todos los sentidos», sólo se consuma en una estricta perseverancia de control. Súcubo neoyorquino de los años setenta, viajera de ida y vuelta a los infiernos, no se engaña al afrontar su supervivencia: «Siempre he creído en el sentido del equilibrio y de la cautela». Es, con exactitud, lo que Rimbaud llamaba: un immense et raisonné dérèglement de tous les sens, «un inmenso y razonado desajuste de todos los sentidos». Porque el desajuste perfecto sólo una aritmética de las palabras puede consumarlo. Smith: «Aprendí un montón de Arthur Rimbaud. La gente habla demasiado de lo mucho que les gustaría ser un vidente y aplicar eso del desajuste de los sentidos. Pero lo que olvidan es que él también defendió, con testarudez y austeridad, que uno ha de ser capaz de superar todo eso y luego volver a articularlo. Hacer sólo el viaje de ida y destruirse, hasta la muerte incluso, es un despilfarro».

Ese despilfarro no era, para la Smith más madura, perdonable. Era el malbaratar propio de una infancia que se niega a salir del cascarón, en el cual un espíritu no puede acabar más que por pudrirse. «Éramos tan inocentes y peligrosos como niños cruzando un campo de minas». Fue una generación de aprendices de brujo que dejó el legado –sin continuidad, como un monstruoso paréntesis– de una obra sin maestros y sin discípulos. Y que pagó también por ello un precio a la medida. En una aceleración vertiginosa. Al cabo de una década, todo estaba hecho y la mayor parte de los que lo hicieron estaban muertos. Las «rebeliones lógicas», evocadas por Arthur Rimbaud un siglo antes, habían sido una vez más masacradas. Nada muy nuevo. Lo de siempre.

Toda la vida literaria y musical de Patti Smith ha estado marcada por esa deliberada reduplicación de la imagen del Rimbaud adolescente. Empezando por el odio hacia la triste casta de los vencedores: «sifilíticos, reyes, marionetas, ventrílocuos». Era ella uno más entre los golfos seductores que soñaban ser Rimbaud, huyendo por lóbregas habitaciones de alquiler impagado, reclamando al propietario del Hotel Chelsea, Stanley Bard, el derecho al asilo que como artistas les era debido: «Hola, me llamo Patti Smith y tengo ahí fuera a Robert Mapplethorpe. Usted no nos conoce, pero le aseguro que un día seremos estrellas, aunque ahora no tenemos ni un centavo… Robert está enfermo». Mapplethorpe y Smith… Como extraños gemelos incestuosos, como Verlaine y Rimbaud en el 8 de Great College Street en Londres antes de que todo se fuese al garete, en años de contumaces esplendores, cuando –escribe Cernuda– «hasta la negra prostituta tenía derecho de insultarles». «Estaba tratando de dar una patada en el culo a la poesía», escribe ella. «La gente pensaba que estaba pisoteando sobre tierra sagrada, haciendo irreverencias, pero no me importaba, porque la gente que te apoyaba era muy relajada, y qué puede importarte que el ochenta por ciento de los poetas de América estén contra ti, si tienes a William Burroughs de tu lado».

La octogenaria que acaba de recibir el Premio Princesa de Asturias ha bailado estoicamente en la raya del abismo. No demasiados poetas, en el siglo veinte, podrán proclamar eso. Yo tomo de mi biblioteca su bello volumen Patti Smith Complete. En una librería del Village, mi amiga Betsy la convenció de firmármelo a modo de felicitación de cumpleaños. Yo cumplía 49. Es decir, que ella pasaba ya del medio siglo. Una liturgia privada me lleva a abrirlo cada año al llegar esa fecha. Me digo que envejecer tampoco es tan malo. No es que acabe de creérmelo. Pero lo digo.